Miedo y soledad

10532943_821319317934515_5401141750600001189_nVincent Giarrano – On the couch

Despertar dormida, activar la desgana, tranquila y sin furia.

Abrir la puerta, cerrarla. Sentir la briza cálida en la frente. Mirar a la vereda. Jugar a que un paso es más largo que el anterior. No encontrar ni una moneda.

Cruzar la calle. Chequear la cartera. Sacar todo. Encontrar el celular, volver a acomodar. Cruzar una plaza. Recibir un mini folleto de futuras vacaciones en el cielo mormón. Asentir y dejar que Dios haga su trabajo. Las campanas de una iglesia que suenan en otro pueblo , las palomas que se espantan en éste pueblo. El paso número ochenta y cinco. La baldosa que tropieza. La huella del can. Las colas de gente multiplicadas en distintas puertas de doble hoja, de metal o de madera, altas y gruesas. Una cola en el banco, otra en el súper, una cola y media en la entidad financiera. El reloj que no apura. Puertas cerradas. Gente que espera, gente que apremia mientras largan humos de colores y contagian humores.

El diariero que grita obscenidades de la actualidad real. Las aceras que abrazan y el asfalto comienza a dirigir el tránsito.

Bostezos.

Pensar si cerró la puerta de su casa. Intentar recordar. Si no la cerró alguien ya pudo haber entrado. Si no la cerró su perro pudo haber escapado o el viento pudo haber violado la puerta y dejarla de par en par. Miedo a que quede la puerta abierta, miedo a que entre el viento y algo más. Miedo a que las colas sean recurrentes.

Las llaves. Tal vez se las olvidó. Abre la cartera. Saca todo. Encuentra otras llaves. Sacude y escucha. Las encuentra. Vuelve a amontonar todo en la cartera.

Abre su lugar de trabajo. Cede el blindex y sale el aire viciado de ayer, como si fuera una bocanada de aire calefaccionado en pleno invierno.

Ilumina, barre, saluda, atiende, acomoda. Miedo al silencio. Miedo a pensar demasiado.

La gente hace cola en otro lado. Se sienta, se mece. Escucha unos acordes. Lo recuerda.

Miedo a que no vuelva más. Miedo a olvidarlo. Miedo a que mañana sea igual que hoy y hoy igual que ayer.

Miedo a cerrar la puerta y perder las llaves. Miedo a dejarla abierta. Cierra al fin y desanda sus pasos. Saca todo de la cartera. Chequea que miedo y soledad sigan allí. Los guarda en la cartera. Llega y la puerta estaba cerrada.

El no ha vuelto y ella nunca olvidará.

Anuncios

El resto sos vos

0001Stanko Abadžić Photography

Tardo en llegar. El verano pasó muy rápido, luego el otoño fulminante y un invierno que me sorprendió, sin más, a cielo descubierto, sentada en una silla blanca bajo un árbol desnudo, en el patio de un hotel.

Meto mi nariz dentro de mi abrigo y recuerdo otros inviernos junto a vos, sentada en el mismo lugar, con estas mismas sillas blancas, cantares de otros gorriones y mi carcajada interrumpiéndolo todo.

Tus labios sobre el borde de la taza blanca de café, tus labios sobre mi frente, tu boca sobre mi boca, tus manos que exploran acariciando mi mirada, tu abrazo sosteniendo mi alma.

Y luego, la despedida muda, silenciosa y blanca, desértica como un paisaje polar.

Nos observo: solos y protagonistas, rodeados por una decena de sillas blancas y vacías; besándonos sin pedir permiso, con el aliento contenido y el tiempo jugando en contra, robando apenas unos días más a una existencia vacía de nosotros.

El recuerdo de tu aroma se mezcla con este aire frío y me despeja las fosas nasales. Me estremezco. Son las cinco de la tarde de otro invierno. Cuántos inviernos más tardaré en aprender a vivir sin vos?

Una muchacha se acerca y balbucea algo, le respondo distraída y breve. Vuelve con un café y esa gracia insolente de la juventud que desconoce y que se atreve. Esa juventud de la que te enamoraste cuando yo la llevaba como si fuera un vestido rojo y despampanante, con actitud y gracia; con inocencia y vitalidad.

Hoy somos dos. Mi alma y tu soledad. La dejaste dentro del último libro que estabas leyendo. Esta que me oprime el corazón y lo estruja hasta ahogar mi garganta con una correntada de río tibio.

Tomo una lapicera y escribo una breve nota en la última hoja. Sé que este gesto te hubiera gustado. Me desprendo de éste, de la tarde y de lo que queda del invierno.

El resto, sos vos.

Está bien que lo diga?

0002

Richard Tuschman

Te extraño.

Está bien que lo diga?

Es la verdad.

Te extraño,

Como extraño esas aldeas

Con calles empedradas,

Con sus pequeños bodegones acogedores

A los pies de las sierras

Que aún no visito.

Sin vos

Soy como una tarde eterna que carece

Del sol desmayándose sobre el horizonte,

De naranjas y ocres muriendo sobre el verde mar,

De penumbras y del aire frío sobre mis hombros,

Del murmullo de los grillos y el croar de las ranas,

Y del sonido de las pisadas de los transeúntes

Que vuelven del trabajo a sus hogares.

Sin vos

Mi casa es un lugar

Con una cocina atrincherada,

Sin utensilios ni olores o delantales atados a mi cintura.

Mi cuerpo es un desierto sediento

Que clama por tu presencia,

Como si en realidad fueras un dios pagano

Listo para abolir cualquier mandamiento.

Extraño tu voz,

Lejana a mis oídos

Y dulce para mis recuerdos prefabricados.

Extraño nuestras cosas por hacer y amar,

Tus gestos más repetidos,

Mis posibles miradas esquivas,

Un beso tuyo justo en un lunar de mi cuello.

Extraño que vuelvas una y otra noche,

A cobijarme mientras sueño

Que una mañana despierto

Junto a vos.

Monocorde

10371488_739410256096841_1562647136781256806_n

John Lavery, Atardecer de octubre, 1887

Un baúl vacío

Un escritorio desierto,

Sobre éste la máquina de escribir,

Y las teclas que saltan dejando espacios amarillentos.

Mis manos entumecidas,

Y el frío polar que sale de adentro.

Ayer las hojas arrugadas volaron

Quedando a mil kilómetros del mar,

Y este amor

Que cobijaba como una manta sobre los hombros

Se disuelve ante mi mirada,

Como la nieve cuando acaricia la acera

Bañada por el sol de la tarde temprana.

El vacío clama ausencias

De penas y poemas.

Nos apresuramos a evitar

El roce de la piel

Y los lugares comunes.

La distancia, esta nueva amiga,

Ardua e insistentemente

Pugna por ser y delimitar.

El río seco,

Tu ojo izquierdo opaco,

La agonía en la comisura de mis labios,

El exilio de la pasión,

El pulso monocorde y hastiado,

Tu actitud cobarde,

La noche eternamente larga,

Y yo que me niego

A seguir aquí un segundo más.