La cajita

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Pier Toffoletti

 

 

Tengo un amor

Guardado en una mesita de luz,

Y dentro de ésta en una cajita,

Rectangular, roja y perfumada.

Tengo un amor

Que tiñe con tinta china

Y dibuja letras

Con hermosas curvas caligráficas,

Mientras deja mis dedos manchados.

Tengo un amor

Que se escapa de mi habitación

Cada mañana de luna nueva,

Y regresa cuando quiere,

En un mes cualquiera,

Siempre que sea noche de luna llena.

Tengo un amor

Fragmentado en mil imágenes dispersas,

Que cuando las reúno

En un collage con chinches

Suelta amarras y vuela.

Tengo un amor

Que hincha mi esternón

Con aire lleno de burbujas

Que bajan,

Hacen cosquillas en mi panza

Y me invitan a volar.

Porque ese amor,

Tan cierto e incierto,

Tan breve y eterno,

Besa mis pupilas

Cuando me duele el alma,

Y me prepara un tecito de margaritas

Cuando la realidad se vuelve

Hostil y amarga.

Ese amor que vive,

Guardado en mi mesita de luz,

Dentro de una cajita

Rectangular, roja y perfumada.

 

 

Seis minutos

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Vincent Giarrano

Me levanto. Dejo el sueño en la almohada y sigo el ritual mañanero. Elijo caminar para ir al trabajo. Veinte minutos mágicos en una mañana ventosa. Todo el mundo se vuela menos yo. Voy suspendida entre la música y mi sonrisa.

Son las ocho y cuarto. Una señora con un chaleco rojo inflado, se sienta en el banco del parque lateral al municipio. Mira el piso. Intento adivinar su vida. No me mira. Imposible.

En la calle principal los comercios van despertando a medida que paso por ellos. Es magia o sincronicidad. Hago unos pasos y las persianas van subiendo. Es como si me esperaran.

En la tercera cuadra hay una convención de empleadas de tiendas de indumentaria. Se sientan en la misma vidriera todas las mañanas, algunas fuman, otras gesticulan.

Llego a mi tienda y me pierdo entre menesteres sin importancia. Dejo la escritura para después. La magia se diluye en la rutina como si fuera una cucharada de azúcar en el café.

Preparo un té verde y dejo que se enfríe. Dentro de las tres millones de cosas que dicen los chinos, está la que afirma que no se debe dejar pasar un día sin tomar té. En eso estamos.

Es mi último viernes aquí, en este salón de ventas. De ahí en más, cuando en mis relatos te vea dar vuelta la esquina, deberé situarte en otra calle. Somos los mismos, es la ciudad la que se transforma junto con la gente que hace cola en los supermercados con compras de último momento.

Llamo a mi amiga y está en esa cola en un súper de otra ciudad. Él le mandó un poema de Benedetti, ella lo lee y se emociona. Es amor. Prometemos vernos un año de estos mientras deletreamos las últimas novedades.

Hay laberintos que conducen a una misma boca, un mismo beso o al mismo sueño. El destino empecinado y nosotros que volvemos.

Me preparo otro té. Voy llenando la mitad de la taza cuando la puerta del frente se abre y una voz masculina dice “Feliz Navidad, eh?”, no alcanzo a contestar. Cuando llego al frente del salón, veo una silueta cargada de expedientes que camina por la vereda rumbo al estudio.

Extrañaré algunas charlas y cosecharé otras, mientras vos permanecés congelado en una foto amarillenta escondida en algún lado. Y ese libro, que aprisionó la flor roja ya deshidratada, está hoy sin poder absorber más aromas ni besos.

Ella es adolescente y cree que el amor dura seis minutos. Quiero ir a ese lugar y decirle que seis minutos es una eternidad que se transforma, o que el amor no se mide con el tiempo terrenal, que los besos guardados no se marchitan.

Dejo la máquina de escribir y guardo una copia de mi caligrafía adolescente dentro de mi diario.

Sonrío porque de tan testaruda que soy, sigo construyendo casas blancas en la playa sobre papel cuadriculado mientras una mariposa se posa sobre los versos imperfectos escritos en una playa.

En pie de paz – Divagaciones

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KONSTANTIN STERKHOV

4 de septiembre de …, no perdón, 4 de diciembre. Ni siquiera es 4, hoy es 3 de diciembre. Me estoy volviendo atemporal pero no tanto como para no identificar que estamos en crisis. No sabemos si llegaremos a juntar el dinero del alquiler para el 15, o si pagaremos la cooperativa eléctrica antes de que llegue el aviso de corte. Llegar sin deudas a fin de año es una utopía. Es más fácil llegar sin ganas, pero sin deudas?

Nos quedarán deudas: monetarias, afectivas. Deudas con nosotros mismos, porque tal vez no hemos cumplido ni el diez por ciento de las promesas que nos hicimos al comenzar este año. Ni hablar si tenemos promesas acumuladas de por vida. Esas son las favoritas de los acopiadores compulsivos.

Romper promesas, rearmar promesas; pintar de blanco, luego de rosa, al final de amarillo. Dejar la pintura en la lata mal tapada y que se seque. Dejar la mesa puesta y los platos en la pileta. Dejar la cama desarmada para el otro día. El pasto que crece. Dejar de hablar con fulano de tal. Los malentendidos que se suman. No hablar, dar a entender. Hablás y te meten en la licuadora. Crisis existencial y deudas de todo tipo. Traigan un albañil que levante un muro por favor, entre este año y el otro, así traspaso más o menos limpia hacia el año que vendrá, como esos chicos que sueñan que están libres de pecado luego de comulgar.

En tal caso, sin muro, con la casa en orden y las boletas a pagar bien acomodadas, me libero a mí misma –mediante este acto solemne- de prometer y por decantación me libero de cumplir. Luego me libero de interactuar con quien pretenda que le debo algo. Acaso no es eso una forma de esclavitud? Es que he pagado ya suficiente cantidad de intereses, o al menos así me parece. Últimamente los intereses multiplican al capital con creces.

Mientras los habitantes de este mundo odian y poseen, deben y desforestan, erguidos en dos patas, o en mil patas, yo me despojo y alzo mi bandera blanca: vivo en pie de paz.