Pena de muerte

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Francine Van Hove

No estoy llorando

Sólo lagrimeando

Gotas saladas

Sobre el mar. . .

Duro. El suelo se ve agrietado y seco. Está agrietado y seco. La sequía, la aridez y el gris del fracaso corroen el alma desde lo más profundo. Mi alma. A estas alturas ya no me importa el alma de más nadie. Somos mi ego y yo. O mi yo inundado por el ego.

Tengo una o dos  ambivalencias, o miles: hasta aquí sólo he fracasado, pero si la muerte me viene a buscar ya he vivido.

Ni siquiera me defendería en un juicio para que me den otra oportunidad. No quiero apelar, ni cámaras especiales ni fueros extraordinarios. Ya no quiero más nada. Estoy más vencida que los desertores, más cansada que los desahuciados y los cuentos de nunca acabar al fin terminaron.

Se marchitaron las cartas de amor, una tras otra fueron quemadas junto a las hojas caídas del otoño en el que no nos amamos.  He vivido soledades y destierros. Abandonos intermitentes, usurpaciones, desmanes y otras tormentas. Miro las cosas a medio terminar, y a medio empezar. Un gran pasillo obscuro que espera ser recorrido, no enciendo la luz, no tengo ganas. Menos tengo ganas de escapar.  Sigo parada a mitad de la vida, esperando que la marea me arrastre, pero mis pies están arraigados y ni siquiera se mecen con el roce suave de las olas.

Huir es para los que están antes de la mitad de camino. Esos que aún cuentan con la esperanza de que huyendo los demonios se domestican, la vocecita deja de hablar y de confabularse con las fuerzas del no puedo. Pura porquería. Uno huye y se lleva a uno consigo. La sombra nunca perdona ni nunca se despega, es la peor de las pesadillas: arrastrar la mochila recorriendo los cuatro puntos cardinales, cansado, agotado y ampollado, sólo para darse cuenta de que es lo mismo, aquí o allá. La sensación de victoria y de no cobardía se desvanecen a los cinco kilómetros. Tarde o temprano el velo se cae, se devela la vida y se ve el verdadero color detrás del verde del océano.

Todo era un espejismo y el agua era blanca, y la arena gris.

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Desertores

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Noell S. Oszvald

El mundo no es para cualquiera, “vió”.

Y si no mire la cantidad de desertores que hay a diario. Las bajas de humanos que ya no soportan lo que ven y lo que viven, es como una epidemia húmeda y silenciosa. Pocos hablan de ellos, de los desertores, de los no ungidos por Dios en el último sacramento. Las noticias los esquivan, sabiendo que éstas son la mecha que enciende la pólvora esparcida por el camino.

Pocos pueden soportar este mundo y sus avatares, lo sé en primera persona. Yo que quise desertar varias veces, y mi cobardía me ató a la cama eternos y confusos domingos de guardar, en un cuarto oscuro y lleno de fantasmas, apretando los dientes y la almohada. No hay héroes ni vencedores, sólo vencidos.

No hay un diploma al final de este lado del camino que premie la llegada luego de semejante carrera de obstáculos.  Lo que pase del otro lado sólo podemos conjeturarlo. Mejor tener fe.

Surgen preguntas, desaparecen las respuestas. El latigazo de la realidad no perdona, algunos astutos juegan a esquivarlo con poco éxito en medio de la obscuridad. Depresión es obscuridad, confusión es obscuridad. Las horas pasan narcotizadas, mientras aspiramos drogas informáticas y otras yerbas provenientes de redes intangibles. Pedimos que nos saquen del dolor, pedimos ayuda en lugares equivocados.  No nos atrevemos a mirar, congelados en una situación agobiante ni siquiera podemos movernos, y los que dan dos pasos caen al abismo.

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Noell S. Oszvald

El mundo no es para cualquiera, porque pocos pueden soportar las leyes de la mortalidad, de lo vencido, del amor y del desamor, de las guerras, las dudas, las deudas y del hambre maldito, de la violencia incontenida, del oportunismo.

Si nos parásemos en medio del mapa de la vida, ahí, justo donde está ese agujero negro, y viésemos todo, absolutamente todo, con los ojos bien abiertos y los oídos gentiles, descubriríamos que la yerba buena muere, pero luego llueve y la tierra se reconforta, que a la vida le sigue la muerte y viceversa, que el cauce del río siempre lleva a buen puerto, aunque esté contaminado, que sin lo malo lo bueno sería un suvenir de plástico, que nosotros somos buenos y malos.

Si nos parásemos en ese agujero negro, veríamos que llegamos a mitad del camino un poco caminando y otro poco rengueando, que algunos tramos los hicimos anestesiados, confundidos y adormecidos. Pero que otros despertamos y con un poco de lucidez nos hicimos cargo de lo que pudimos. Vivir despierto requiere de un gran coraje, el mismo coraje que requiere asumir la verdad.

La verdad y este mundo no son para cualquiera.

Sobre la fotógrafa:

Fuente: Página de Facebook de la Escuela de fotografía Motivarte

Noell S. Oszvald es una joven fotógrafa de 22 años proveniente de Hungría. Inició sus trabajos en el año 2012. Trabaja principalmente con autorretratos en donde construye espacios en lo cuales se sumerge. Generalmente se presenta sin mostrar el rostro. Sus imágenes transmiten soledad, calma, misterio y belleza sin pretensiones. Trabaja con fotografías en blanco y negro, utilizando composiciones bien estudiadas y una manipulación sutil de la imagen. Maneja un uso neutral de los colores en cuanto a la vestimenta para que las formas sean las protagonistas. Sus imágenes muestran una interacción con el espacio construido pero sin dejar de lado la sensación de soledad, de aislamiento. Cargadas de poesía, sus fotografías denotan el deseo de la autora de expresar la naturaleza de su cuerpo utilizando elementos tomados de la naturaleza misma.

Ridículas suposiciones

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Richard Alan Schmid

Me encuentro con un mensaje,  en un principio ilegible, como quien encuentra un billete  en el piso y tiene que desdoblarlo para saber si es de cinco o de veinte.   Voy a buscar mis anteojos –que a estas alturas se corresponden a mis ojos verdaderos- para tratar de desenmarañar las letras que se mezclan aún más cuando intento acercarme a la pantalla.

“No me queda mucho tiempo.”

Eso y nada más. Hora: 1:04 a.m. Visto: 7:29 a.m.

Me pregunto en primera instancia si ese poco tiempo ya transcurrió a la madrugada y se esfumó. De ser así estoy al horno. De cualquier manera estoy al horno. No sé qué significa ese mensaje. ¿Un error tal vez? ¿Se habrá equivocado de destinatario?  Le sucede casi a todo el mundo.

No sé qué contestar. No sé realmente qué preguntar. Tampoco estoy segura de si deseo alguna respuesta. Mi océano está atestado por tantas dudas e incertidumbres que ni Greenpeace puede salvarlo.

Me imagino ese tiempo como una cinta dorada que se extiende desde aquí hasta donde está él, y que el tiempo que sobra es el que tardamos en enrollarla. De ser así apenas nos veríamos unos minutos, mientras se juntan los extremos de la cinta, luego desapareceríamos, de la misma manera que lo hacen mis sueños cuando me despierto.

Puede que se le esté terminando el tiempo para no verme, lo cual hace que vuelva mi vista hacia la esquina y me lo imagine dando la vuelta por ésta: caminando con la vista alta que muestra sus ojos de miel, su sonrisa a media asta y  su andar tranquilo. En cambio por la otra cuadra se asoman adolescentes bulliciosas con largas melenas alisadas, riendo, descaradas, engañando mi fantasía y rompiendo los cristales del tiempo.  Traidoras!  Si tan sólo la vereda hubiera quedado vacía no hubiera sentido semejante usurpación en la pajarera que tengo en la cabeza.

Empiezo a teclear, imaginando de golpe una enfermedad terminal que impida vernos por los siglos de los siglos otra vez en esta vida. ¿Es que nos teníamos que volver a ver? Trato de recordar en qué capítulo inconcluso decía que nos volvíamos a encontrar, y me encuentro con esas promesas que se hacen sólo cuando uno es joven e inocente, y no sabe nada de las oportunidades perdidas.

03:09 p.m. No hay indicio de error, de rectificación, de mayor explicación que aplaque mis dudas. Borro la parte en la que estaba preocupada por un asunto de estado y empiezo a escribir sobre las oportunidades, los lugares, unas veinticuatro horas o unas doce, paseando en una calle de una ciudad cualquiera, recibiendo el tibio sol de junio, sentados en un café, hablando de banalidades como  ¿qué tal los chicos? o ¿qué estás leyendo ahora?,  con pocas expectativas, o con ninguna.

Pienso, me pregunto, me respondo, formulo hipótesis y elucubraciones, una ridiculez más grande que la otra. Es más fácil;  debe ser fácil, simple, sólo hay que dejar de dar vueltas.

Empiezo a teclear nuevamente, más tranquila, franca y directa un “Qué?” cuando aparece:

 “Perdón,  no era para vos.” Hora 03:22 p.m. Visto: 03:24 p.m.

Y tu boca es el cielo

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HAZEL SOAN’S ART

Si tu boca es el cielo,

Mis labios el horizonte,

Los dedos son testigos

Y entre lunares y constelaciones

Armamos nuestro universo.

 

 

Son casi las cinco de la tarde. Mientras corro por el boulevard, mi sangre tibia se va agolpando en los rincones fríos de mi cuerpo. A simple vista el recorrido es el mismo de otras veces, salvando el horario y la tarde de fines de otoño que pugna por retirarse más temprano aún que en días anteriores.

El pasto húmedo por la lluvia caída al mediodía, se extiende como un suave colchón mullido bajo las zapatillas.

Voy en silencio, escuchando sólo mi respiración y el sonido del circuito urbano. Tres kilómetros más adelante, me recibe el parque solitario y semi oscuro. Me sorprendo con el nuevo juego de luces y sombras que diviso alrededor. No estoy del todo preparada para la combinación de colores que me espera.

Como parte de mi recorrido consiste en desandar, al girar y volver sobre mis pasos, me encuentro con el horizonte, el sol furioso y naranja casi recostado sobre éste,  y una sucesión de árboles flacos y añejos que hacen de cortina.

Me emociono. Algo en mí se estremece, es un minuto o un millón de minutos mágicos diseñados para mí.

A la apacible tarde se le suma el manto frío que cae sobre mis hombros, y un sordo silencio salpicado por el canto disperso de algunas aves.

Estoy sensible, lo sé. Y me da gusto. Un hecho que sería rutinario o inexistente en otras circunstancias, cambia, me cambia; se transforma en único, indescriptible e irrepetible.

 

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Cobardía, para empezar.

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CHRISTIAN JEQUEL

Dijo Proust que “A partir de cierta edad hacemos como que no nos importan las cosas que más deseamos.”

Al encontrarme con la frase sentí exactamente una piña en la boca del estómago. Esas piñas que te pegan con el puño cerrado, contundente y demoledora, que te dejan sin aire y sin poder de reacción, doblado en dos, con el corazón más cerca de las rodillas que del cielo.

Pensé que lo tenía controlado, lo del deseo quiero decir.

¿Por qué no habría de estarlo si tengo una vida ordinaria y satisfactoria, sintiendo a menudo que soy más afortunada que otros que tienen frío, sed o soledad?

El deseo interrumpido por la rutina es como un grano insistente y doloroso que se empeña en salir siempre en el mismo lugar y tiene pus. Lo reventamos, esperamos que seque, lo olvidamos y surge de entre las cenizas como el ave Fénix, recordándonos lo que apaciblemente intentamos olvidar.

A partir de cierta edad culminan las revoluciones y se hace lo que puede.  Aferrarse a un deseo puede ser mortal para un alma que no acepta más derrotas ni desilusiones. Bueno, así es como lo pintan algunos que piensan que la tercera edad más que cima,  augura un sostenido descenso.

Si bien algunos sueños los tengo aletargados, en stand by, congelados, frezados, anotados en la lista amarilla que guardo al fondo en la caja con las notas de amor de la adolescencia, escondidos tras el brillo de mis pupilas, vivitos y coleando en mis sueños recurrentes; convivo con ellos como se convive con un pariente que sólo insiste hablar de los buenos tiempos pasados.

Mis sueños más escondidos están en este momento haciendo un nudo en mi garganta e impidiendo que el oxígeno llegue adecuadamente a donde debería de. Era cierto, estaban allí. Dos por tres, los cables se tocan y hacen una breve chispa, parece que el motorcito va a arrancar nuevamente, pero no. O sí.

Luego de tantas frases inconclusas, de listas, de proyectos, de poemas y cartas por escribir, reconozco mi cobardía.

 

“Cobardía para empezar

A escribir en tus ojos

Lo que piensan los míos.

Bajo la mirada

Sonrío apenas y sigo.

El frío y el silencio caen,

El amor se esconde

A la vuelta de la esquina.

Mañana, el amanecer

Lo convertirá en escarcha.”

Patricia Lohin

 

Besos escondidos

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‘El beso’ (1930-1936). ANTONI ARISSA (ARCHIVO COLECCIÓN TELEFÓNICA)

Llegas temprano y me sorprendes.

Los detalles. Las sombras.

El beso,  

escondidos detrás de la ropa blanca recién tendida.

La azotea invitando a mirar el mundo.

El mundo mirándonos.

El horizonte muy lejos pero más cerca.

El amor. Nuestro amor.

Bailemos detrás de las sábanas que recién he colgado,

Blancas, de algodón suave como pompas,

Un pedacito de nube reflejado en nuestra cama,

Que por las  noches se arruga como papel mojado.

Bailemos detrás de las sábanas blancas,

Y déjame sentir el aroma de tu cuello,

 Enredar mis dedos con tu pelo oscuro y semilargo,

Que se ondula violentamente en las puntas.

Sientes el viento?

La tela hace piruetas alrededor de nuestras siluetas,

Y las luces grises del final del otoño ayudan a enmarcar nuestra danza.  

Sujetas mi cintura mientras me haces girar alrededor de la luna,

Y la mariposa blanca que no vuela nunca tan alto, nos viene a visitar.

Nunca pedí nada más y aquí me tienes,

 Girando  alrededor de tu sonrisa. 

Antoni Arissa (Sant Andreu 1900 – Barcelona 1980) fue probablemente el fotógrafo que aplicó de un modo más interesante los principios de la Nueva Visión en España. Diseñadores gráficos, tipógrafos e impresores -junto a los fotógrafos publicitarios- fueron en ese momento los primeros en utilizar los recursos promovidos por las vanguardias. La paulatina implantación de los principios de latypophoto, promovidos por Laszlo Moholy-Nagy, propició el nacimiento de un nuevo lenguaje visual en el que la fotografía se convirtió en la sustituta del dibujo, renovando el diseño de carteles, libros, revistas y periódicos. Arissa, impresor de oficio, se inserta plenamente en esta tendencia.

Al fin la Guerra Civil, muchas de las plataformas de difusión de la modernidad desaparecieron. El trabajo de Arissa, como el de muchos otros creadores de su generación, se redujo notablemente hasta que, poco a poco, cayó en el olvido. A principios de la década de 1990 se inició un tímido proceso de recuperación de la figura de Arissa, posicionándose definitivamente como fotógrafo de referencia con esta exposición.

Fuente: Espacio.fundaciontelefonica.com

Orejas de conejo jugando en el árbol.

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Lala Aufsberg  Homework (with slate pencil), 1939 Facie Populi

Encuentro una foto mía. Foto “vintage”, como suelo decirle a los peques para que eviten la palabra “viejo” o “vieja” en del vocabulario.

Estoy en un patio despoblado con un tacho en los brazos. Sonrío, tengo el pelo atado en dos colitas a los costados y un pedazo de cielo hermoso sobre mi cabeza. El horizonte del patio está delimitado por tierra y un paredón. Y sobre el paredón otro horizonte y al fin el cielo.

El cielo que está en todas partes, a todas horas. Qué sería de nosotros sin cielo?  A veces creo que no me alcanzará toda la vida para mirarlo lo suficiente, con esa gama inconmensurable de tonos y colores; con esas ganas de conquistarlo, de “volarlo” y lograr tocarlo, como si fuese algo tangible.  Lo mismo pensarán seguramente los oradores cuando rezando hacia el este, levantan sus manos y sus cabezas hacia arriba, adorando a la divinidad que habita en la eternidad del celeste.

Bajo a tierra, colgándome de las pequeñas nubes que hay en la foto, y veo que tengo un jardinero de corderoy que hace juego con mi pelo rubio-amarronado. Vuelvo a revisar mi sonrisa. Esta me parece a la distancia tan descolocada como si en la imagen hubiera un plato volador o un plasma o un teléfono celular. Algo que no encaja entre mis recuerdos y lo que veo. Como si mi sonrisa hubiera nacido después de los noventa.

Me miro y hago un esfuerzo para contener las lágrimas. Quiero hablarme y abrazarme a mí misma a través del papel amarillento.

Tengo una amiga que no puede mirar fotos. Sería algo así como una fobia o una resistencia. Pero es feliz.  Es feliz como se es feliz hoy: no quiere matarse, sonríe, es amable, solidaria, ama a su familia que al día de hoy está completa y unida. Pero aún así no puede mirarlas, se le oprime el pecho cuando lo hace y la angustia la desborda.

No puedo decir lo mismo sobre mí. Aunque en el caso particular de mis fotos de niña, una oleada de amor y compasión ahogan la zona de mi cuello, me estrangulan y sacan alguna lágrima por mis ojos. Siento que la niña de la foto no soy yo, me veo como a una huérfana a la que hay que rescatar, prevenir y ayudar a escapar. Quiero hablarme a mí misma para decirme que sobreviviré.

La pequeña me sonríe, como si pudiera leer mis pensamientos, como si fuera todo a la inversa y ella quisiera tranquilizarme y decirme que lo sabe todo, que lo acepta, que está bien.

Sé que las fotos sonríen y que los malos momentos no salen en éstas. Y lo sé de primera mano, porque hace un tiempo estuve de visita en el cajón de fotos y vi lo felices que fuimos.  Una tras otra me pregunté por qué no llegamos hasta que nos separe la muerte o algún rayo fugaz o el mismísimo cielo.

Hoy por la mañana, como un anticipo de lo que me sucedería en estos instantes en los que escribo y cierro el ciclo de pensamientos y hechos coincidentes, recordé un episodio de esos caratulados como “primeros recuerdos”.

Era pequeña e iba al jardín de infantes. No puedo recordar si era feliz, ni con quién iba, ni quién era mi “señorita”. Sí recuerdo que no sabía atarme los cordones. Y mi madre por lo visto no era de las personas que hacen moños, porque yo iba al jardín con las zapatillas anudadas. Y como para esa época de infante no hay palabras mayores que las de un progenitor, el día que se desanudaron y alguien quiso atarlos haciendo un moño me largué a llorar desconsoladamente. Vinieron varias personas, todas a hacer moño, y yo decía que “así no era” entre un mar de hipos mezclados con lágrimas. Sólo me tranquilicé cuando al mediodía ella llegó y anudó mis zapatillas.

Hay una cosa que me hace temblar en este mismo instante: y es creer tener la certeza de que la vida nunca volverá a ser así de fácil, aunque me puedo equivocar. Seguramente sólo esté viendo el nudo y aún no conozca el moño y menos la rima del conejito.

“Orejas de conejo, orejas de conejo, jugando en el árbol. Enlaza el árbol, intentando alcanzarme. Orejas de conejo, salta al agujero, salta por el otro lado bonito y audaz.”