Sábado de guardar

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Anny Maddock

Sábado.

El sol despunta el vicio de seguir iluminando.

Luego de un viernes lluvioso, el día parece algo así como un nirvana.

Erróneamente me despierto pensando en todo lo que quiero hacer y no puedo. También en lo que no tengo ganas de hacer y debo. Error, error, error.

Mis pies languidecen sobre el piso del pasillo y me dirijo automatizada hacia el sector cocina-pava-fuego-café.

Enciendo la maquinaria, apago los sueños. Los minutos se van restando y debo apurar el paso. Imagino a un cliente “matinal-sabadoreño” crispado por mi tardanza mientras espera que abra la puerta de la tienda. Es que acaso el sábado no era el día de guardar?

También me veo huyendo de mi media jornada laboral, corriendo, saltando cordones de veredas mientras escucho mi respiración alterada con cada salto. No es que vuele, aunque siento que lo haga, y no es por la velocidad –escasa digamos- ni por mi peso. Es por la libertad que sienten mis brazos y piernas. Mis pensamientos se toman un recreo y dejan a mi cabeza ventilándose, con las ventanas abiertas a los cuatro vientos.

Llego a mi lugar de trabajo. Pienso a cada minuto en huir. Me siento un perro enjaulado que mira a los otros perros jugar y correr a los ciclistas.

Amo a mi trabajo. Pero algo en mí pide distanciamiento para volver el lunes más agraciada y concentrada, más agradecida y devota, y más generosa -por qué no?-.

Miro la hora y busco estrategias para no escaparme. Tecleo la Lettera, me distraigo en el marrón del café, charlo con el cliente que viene a buscar jengibre para el té. Miro la hora y calculo cuánto tiempo ganaría para si me fuera ahora. Y cuánto restaría? Quién habita a la vuelta de la esquina dispuesto a retarme por mi acto de rebeldía? Casi que espero que una voz del más allá me señale con el dedo y me rete por no cumplir con mis obligaciones.

Huir o morir. Cambiar o morir. Decidir o morir. Otra vez el tema de las pequeñas muertes cotidianas.

Censurarse. Discutir internamente sobre el deber, el placer, el poder, la libertad, la exigencia. Son pequeños juegos mentales que nos encadenan o nos liberan, de acuerdo a lo que el valor nos haya permitido decidir.

Si fuera, si dejara, si empezara, si me animara. “If I” -en inglés-.

A cada segundo tomamos decisiones vitales. Permanecer también es una decisión que pasa factura a los treinta días y muy abultada la mayoría de las veces.

Qué pierdo –además de unos pesos-, si me fuera ahora mismo? Cuál es el valor que tiene el sol sobre mi piel, acariciándome más suavemente que un elixir de rosas? De qué otra forma buscaré aquí adentro, la tibieza que veo alrededor de los gorriones que revolotean entre las ramas teñidas de otoño?

Me hablo a mí misma como si fuera mi mejor amiga. Me llamo, me pregunto y me aliento: “Qué te parece si …?”

Entonces hago lo mejor que sé hacer: dar ánimos. Quiero dejar de teclear mientras mi propio autobombo se expresa. Quiero cerrar la puerta y volar.

Y lo hago.

P.D.: los sábados –algunos- son terroríficos en mi existencia laboral. Me niego a trabajar todo el día, aunque a mi bolsillo y mis cuentas le vendrían muy bien que lo hiciera. Este sábado en particular, tenía una actividad laboral programada para la tarde, y eso hizo que fuera a trabajar con mucha retranca por la mañana. Digamos que lo escrito fue una charla que tuve desde las 9:30 hasta las 11:30, hora en la que abandoné el barco y me subí al avión.

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La vuelta al mundo en treinta minutos y tres segundos de felicidad.

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La maja desnuda – D. Francisco de Goya y Lucientes – Museo del Prado

Acabo de mirar fotos de una librería por la red. Queda en Madrid. Podría quedar en Bali o en Japón. Desde mi perspectiva queda tan lejos como la Luna.

Pero este pequeño detalle momentáneo y circunstancial, no me quita el sueño ni la sonrisa. Y me hace recordar otras épocas.

La primera vez que me senté en una computadora conectada a Internet –hace varios millones de años-, fue luego de haber sido beneficiada con un concurso radial, en el cual me hice poseedora de media hora de navegación gratis en una reluciente compañía de internet local.

Tengo que aclarar que navegar por internet no era moneda corriente, casi nadie tenía el servicio en su hogar, y la media hora –por no decir varios minutos- salía petro dólares.

Recuerdan la película “You’ve Got Mail” con Tom Hanks y Meg Ryan? La historia de dos personas que mantienen contacto por correo electrónico sin conocerse personalmente, digamos  una previa de lo mucho que este tipo de comunicaciones podría afectar las relaciones en el futuro.

Nada del otro mundo. Hasta la llegada de las comunicaciones satelitales, los seres humanos nos hemos comunicado vía epistolar -también muchas veces sin conocernos-, intercambiando historias de vida con gente que vive al otro lado del planeta. Sin entrar mucho en detalles, en mi adolescencia tuve una gran colección de cartas manuscritas con hombres y mujeres “desconocidas” de mi país y alrededores.

El caso es que, en la película, muestran cómo se conectaba en esos tiempos a este medio de transmisión: típico pitido de fax (dial-up) y al final el tan esperado sonido de conexión.

Todo tardaba más, las expectativas eran mayores, las páginas se iban descubriendo desde arriba hacia abajo como un manto de incertidumbre.

Perdíamos tiempo? No lo sé, pero de todas maneras se disfrutaba.

Ese día, el del sorteo, me fui a degustar de mi media hora. Recuerdo haber tenido la impresión bajo la piel de haber recibido un pasaje sin destino para visitar cualquier lugar del mundo, sin pasaporte, ni visados. Me imaginaba dicha tecnología como una cámara abierta que me permitiría “chusmetear” tanto dentro del Museo del Prado como a lo largo de una calle parisina o deambular por las réplicas de mundos encantados en Disney. Y eso es lo que hice. La verdad es que muchos cuadros no pude mirar. La “Maja desnuda” tardó más tiempo en develarse ante la pantalla que Goya en pintarla.

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“Conozco a un hombre y lo amo.”

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Eugene Monks

Las historias de amor deberían de poder narrarse en una sola oración:

“Conozco a un hombre y lo amo.” “Conozco a una mujer y la amo.”

Simple, sencillo, devocional, inspirador, armonioso.

Amo. En esa palabra diminuta de tres sílabas está el secreto de todo. Sí, de la felicidad también. Amar y ser correspondido, desear a diario el bienestar de esa persona.

Según Cyrano de Bergerac “El amor es la pasión por la dicha del otro.”

Si todo fuera tan sencillo, los psicólogos, parapsicólogos, tarotistas, videntes, laboratorios fabricantes de psicotrópicos y aledaños estarían en la lona o al menos con un ochenta por ciento menos de lucro. Estarían cesantes. Exagero?

Es cierto, miles de personas son infelices crónicos, algunos con excelentes expectativas de vida y de curarse, muchos no verán la luz. Se puede reducir un poco tanto cataclismo con amor?

Lo mío es la utopía, lo admito. El amor cuando termina lo hace contaminado con cuestiones terrenales, absurdas. Es como echarle agroquímicos a las verduras de la huerta. Es juntar el cielo con la materia.

Pero la utopía rompe corazones. Los soñadores son los primeros en fallecer de amor. El corazón se quiebra, se derrama, hace implosión y arrasa con la vida tal como la conocemos. Y la oración pasa a ser: “Alguna vez amé a alguien que conocí.”

“Conozco a un hombre, hoy o ayer. Hoy y ayer. Qué más da.

Escucho su respiración por las noches y rezo por él, para que viva una eternidad respirando al lado mío.

No dejo de olerlo ni de mirarlo. Lo escucho aunque se me va la vida en ello.

Mientras el tiempo transcurre, quedamos congelados en instantáneas Polaroid. Y somos felices.

Nos reproducimos, enseñamos, trabajamos y nos decimos buenas noches con las piernas entrelazadas y cansados.

Tenemos sueños y los escrituramos mientras el polvo del piso es barrido hasta debajo de la cocina. No sé quién o qué muere, pierdo el instante y la noción.

No quedan rastros del arma asesina. Bailamos en la cocina, pido perdón, pago las facturas, redacto el epitafio y me declaro asesina, no sin antes pedir un último baile, mi amor.”

“Dispara, yo ya estoy muerta.”

by Matteo Pantanoby Matteo Pantano

Siete de la mañana. La persiana metálica se levanta al activar la pesada cadena que encalla las manos de Julia. La penumbra de la mañana fría de invierno entra por los vidrios sucios y se reflejan en el pesado mostrador descascarado.

Sobre éste, el diario de hoy, vociferando a los cuatro vientos la realidad circundante en el pueblo. Los primeros clientes del kiosco son albañiles y otros obreros, que llegan en busca de cigarrillos que les permita obtener el humo necesario para arrancar la jornada.

Julia los atiende, inexpresiva, detrás de su pullover gris y estirado. El lugar no es muy amplio, y los rincones están cargados de telas de araña y humedad. Sobre un lateral, una estantería metálica hace de mecedora para juguetes descoloridos y sin vida. Del cielorraso pende un fluorescente incandescente y molesto. La jornada transcurrirá igual que todas las otras anteriores, y que las anteriores de las anteriores.

Ella irá arrastrando las pantuflas por los mosaicos marrones degastados mientras la puerta chirriará cada tanto permitiendo la entrada y salida de clientes automatizados.

La vieja Tonomac pugna por sintonizar una radio de amplitud modulada mientras emite frituras al espacio sideral. En la cocina la pava ya fría, es testigo de un mate lavado y sin azúcar.

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Un minuto antes de morir

by Mortuza Reza

by Mortuza Reza

Courtney comenzó el día de puta madre. Mientras conducía el auto por una carretera paraestatal de Carolina del Norte –creo que esas cosas no existen en mi país – , un audio vomitaba el éxito comercial “Happy” –debo confesar desconocido para mis oídos-.

Y como la felicidad –en menor medida que la desdicha- es contagiosa, la muchacha de 32 años lanzó el virus a través de una “selfie” con comentario incluido,  hacia las redes sociales. Todo esto,  exactamente un minuto antes de morir.

Posiblemente existan otros episodios similares, de los cuales no nos hemos dado por enterados o han tenido consecuencias mínimas para la salud y nulas repercusiones periodísticas.

Al tratarse de un caso ocurrido y documentado en EEUU, éste subió rápidamente al podio de “primera muerte ocasionada por una ‘selfie’ mientras se conduce”. Seamos honestos: los chicos del norte son pioneros en casi todo, sin más recordemos que las invasiones extraterrestres les tocan siempre a ellos.

Bajando hacia mi país –exactamente al final del continente y un poco más abajo donde ya casi no es América-, las noticias son de absoluto tenor violento y lacrimógeno. La violencia está instalada por igual en los hechos y en las palabras que las describen. A los muertos –que no son los mismos de siempre, aunque algunos todavía figuren en el padrón electoral-, se les suman los descoloridos apuntes sobre economía y política.

Hay días en que siento que le gano la batalla a la realidad quedándome estrictamente recluida en mi limbo personal. Entiéndase “limbo” como un espacio en la memoria, la teoría de un supuesto mundo entre los vivos y los muertos se la dejo a los estudiosos en teología.

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