Dolce vaniglia

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SHUSHU

Es de mañana en algún lugar del universo. El sol entra por el alto ventanal dividido en  varios rectángulos de cristal. El efecto de la luz en la cocina descubre una cantidad infinita de microorganismos que flotan en el aire.

Las cacerolas y sartenes de cobre dispersan la luz reinante hacia los rincones antes oscuros. Las puertas de las alacenas danzan un vaivén abiertas y liberadas, mientras los alimentos espían desde adentro un nuevo día.

La pesada mesa de roble inunda el centro del piso damero y sobre ésta comulgan restos de ingredientes que han sido usados: varios botellones de leche, chauchas de vainilla, azúcar.

El lugar huele sutilmente a vainilla y se siente en la piel la tibieza que emana de la olla donde es acariciado el brebaje con una larga cuchara de madera.

Mientras el dulce de leche se espesa y oscurece integrando esencias, la vida fluye tranquila, despacio y en calma.

Una mujer asegura el lazo del delantal en la parte de atrás en la cintura. Sus anchas caderas se contonean al compás de la cuchara. Arrima su nariz, y luego levanta la cabeza extasiada.

Afuera, jazmines y glicinas cuentan otra historia: se dejan picotear por las abejas  mientras más lejos, los frutos maduros se desprenden y los que están a punto se dejan recoger y guardar en una cesta.

Ella mira por la ventana el horizonte y sin detenerse más de lo necesario vuelve a sus tareas, apaga el fuego contenedor, apoya el recipiente con el dulce en la mesada y abandona la estancia con la certeza de que hay dulce para rato.

P.D.: Se pusieron a pensar a qué huele la vida? Para mí huele a vainilla.

 

Listas? Ya!

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Benoit Courti

Hablemos de las listas.

No de las listas del mercado o de pedidos a proveedores. Sino de esas listas que algunos descocados hacemos  a fin de año, principio de enero o para el cumpleaños.

Listas de propósitos, de deseos, de objetivos, de cosas por hacer este año, cosas por hacer antes de morir, pendientes.

En fin, la cantidad de nombres que le podemos poner son tan ilimitados como las listas mismas y sus correspondientes ítems.

Desde mi simple modo de ver las cosas existen dos listas: una de deseos y otra de propósitos.

Digamos que la de propósitos contiene cosas como bajar de peso, ir a yoga, ahorrar, leer un libro por mes, rendir determinadas materias, recibirse de algo, etc. Creo que los propósitos son meramente cuestiones que dependen de uno y de nadie más.

Yo amo a los propósitos, en cambio a los deseos les tengo muy poca paciencia.  Tengo poca paciencia con cualquier cosa que no esté bajo mi entera responsabilidad.

Una lista de deseos estaría conformada por cosas del tipo encontrar pareja,  ganar la lotería –nunca pondría semejante cosa en mi lista de deseos-, viajar el exterior, ser feliz, ser famoso,  y otras cuestiones que si bien no son imposibles no dependen 100% de un esfuerzo concreto.

Soy muy afortunada con las listas de propósitos. Digamos en criollo que soy exigente y le meto mucha garra.

La lista de propósitos que redacté en enero ya está completa en un noventa por ciento. Tal es así que elaboré otra incluyendo los ítems que aún están pendientes.  Es mucho? Bueno he movilizado varios dedos para lograrlos, de otra manera aún estarían al 2% o lo que es peor: la lista hubiera fallecido en un cajón olvidada. También es importante establecer plazos de tiempo objetivos. Por ejemplo si recién comenzamos a entrenar corriendo, ponerse una meta de correr un maratón (42 km) a los pocos meses es un disparate. Lo mismo que pretender bajar siete kilos en un mes, lo cual también es un riesgo.

En la otra punta mi lista de deseos ahí va: varias cosas se han cumplido, otras las he tachado y otras muchas siguen vigentes. Seguramente mi convicción en el poder del universo o supremo es bastante pobre. O tal vez no seguí el procedimiento que dice que hay que repetir tres veces el deseo en cuestión, de la misma manera que se agradece por tres, y todo eso se convierte en un mantra de repetición que me da fiaca hacer. Recalco a diario a mis clientes que deben tomar tal o cual cosa tres veces por día mínimo para obtener resultados satisfactorios. Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago.

Atención que las listas son muy sensibles a la oscuridad. Hay que sacarlas de donde estén, leerlas a menudo, en voz alta mejor, recalcularlas –no es malo arrepentirse y cambiar de dirección- tachar, agregar.

Las listas de propósitos son para emprendedores y amantes de la constancia. Las de deseos son para soñadores. Y mi persona –gran soñadora profesional-, se queda corta con los deseos.

Me confieso: no me gusta pedir. Conozco gente que pide a diario: al vecino, a Dios, al estado, a sus padres, a sus jefes, al sindicato, al universo, al prójimo en general, a las estrellas. Pedir es un deporte nacional y mundial que me cuesta mucho practicar.

Y vos en que lista andás?

Por cierto, antes de irme aclaro que este post no tiene ningún objetivo educacional y es de opiniones muy personales. Para más detalles googlear “Taller de listas”, “Taller de sueños” y otros similares.

 

 

De sueños durmientes

ALEXANDER NIKITIN

ALEXANDER NIKITIN

Luego de varios intentos vacíos por plasmar el sueño en palabras,  me di por vencida.

No hablo de un sueño como quien se refiere a un deseo. Sino de un sueño, esos que ocurren cuando uno duerme y ronca.

Tuve uno tan bello que al segundo de haberme despertado  quise congelarlo, aspirarlo, frezarlo, reflejarlo con palabras para que quedara en algún lugar físico donde pudiera volver a éste de vez en cuando.

Fantaseé con ser pintora, música y escritora. Todo a la vez. Y poder hacer una gran obra maestra con mi sueño repetitivo. Pero las cosas no son tan sencillas. Ni yo soy tan eficaz o talentosa.

El tema es que el lunes por la mañana me levanté extasiada. Había vuelto a soñar mi sueño recurrente -les aseguro que es mío y de nadie más-, el “top ten” de los sueños recurrentes.

Ese que nos hace querer volver a cerrar los ojos de inmediato en  un esfuerzo pelotudo por volver a dormirse y retomarlo. El mismo que se repite no tan seguido, digamos una vez cada trescientos días; pero no tan espaciado como para olvidarlo.

Hay pastillas para todo en esta vida, y no inventaron aún píldoras para poner “replay” en los sueños?

A  la siguiente noche, intentar soñar lo mismo no tuvo ningún tipo de consecuencias  positivas. Todo lo contrario. Esa  noche volví a soñar pero no eras vos. Había un impostor burlándose de mi testarudez por volver a encontrarte.

El lunes . . . sí el lunes fue un día olvidable, al igual que el martes.  De esas jornadas que hay que guardar en algún cajón  bajo siete llaves para que su esencia no pueda contaminar más días de semana. Dos días infructuosos en los que intenté cazar mariposas con una red y pegarlas en la pared con chinches. A cada minuto que intentaba acariciar siquiera el teclado, una tarea me sacaba de ese lugar, de mis ideas, y de cualquier cosa constructiva que pudiera parecerse a un relato.

Lo intenté. Así fue como quedaron varias hojas mecanografiadas e inconclusas desparramadas por varios sectores, mezcladas con facturas,  pedidos y manchadas con cúrcuma.

El primer intento de escritura fue empalagoso, debo admitirlo. El segundo fue algo así como un relato en tiempo presencial del tipo: “Me despierto”, “Te sueño”. Aburrido y deplorable.

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Un atlas del mundo difícil – Adrienne Rich

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Always Tomorrow – David Febland

Adrienne Rich.  Un atlas del mundo difícil, XIII (Dedicatorias)

“Sé que estás leyendo este poema
tarde, antes de salir de tu oficina
la del único e intenso foco de luz amarilla y la ventana que se ensombrece
en la lasitud de un edificio que se desvanece en la quietud
mucho después de la hora punta.    Sé que estás leyendo este poema
de pie en una librería lejos del océano
en un día gris de principios de primavera, débiles copos empujados
en torno a ti a través de los inmensos espacios de las llanuras.
Sé que estás leyendo este poema
en una habitación en la que te ha sucedido demasiado para poder soportarlo
en la que espirales de sábanas yacen estancadas en el lecho
y la maleta abierta habla de fuga
pero aún no puedes irte.    Sé que estás leyendo este poema
mientras el metro disminuye la velocidad y antes de subir
corriendo las escaleras
hacia un amor diferente
que la vida nunca te ha concedido.
Sé que estás leyendo este poema a la luz
de la pantalla del televisor donde se deslizan imágenes mudas que sobresaltan
mientras esperas las últimas noticias sobre la intifada.
Sé que estás leyendo este poema en una sala de espera
de ojos que coinciden y no se encuentran, de identidad con extraños.
Sé que estás leyendo este poema bajo una luz fluorescente
en el aburrimiento y la fatiga de los jóvenes excluidos,
que se excluyen, demasiado jóvenes.    Sé
que estás leyendo este poema con la vista que te falla, las gruesas
lentes agrandan estas letras más allá de todo significado y aún así continúas leyendo
porque hasta el alfabeto es valioso.
Sé que estás leyendo este poema yendo y viniendo junto al horno
calentando leche, con un niño que llora en tu hombro, un libro en la mano
porque la vida es corta y también tú tienes sed.
Sé que estás leyendo este poema que no está en tu idioma
te imaginas algunas palabras mientras otras te hacen seguir leyendo
y quiero saber qué palabras son ésas.
Sé que estás leyendo este poema esperando oír algo, rota
entre la amargura y la esperanza
para volver una vez más a la tarea que no puedes rechazar.
Sé que estás leyendo este poema porque no hay más que leer
allí donde has arribado, desnuda como estás.”

Adrienne Rich

De “Un atlas del mundo difícil”

Poemas (1963-2000)
Traducción: Marisol Sánchez-Gómez

Fragmento nota en el diario El País, segmento Cultura.

http://cultura.elpais.com

“Inteligente y provocadora, era una de las poetas de mayor talento de EE UU y del panorama general de la poesía en lengua inglesa. Prestigiada y premiada desde sus inicios (W. H. Auden elogió y prologó su primer libro de poemas en 1951), recorrió sin embargo un largo camino de exploración poética y de autoanálisis existencial, cruciales en el cuestionamiento activo del patriarcado institucional, de la autoridad y la tradición literaria masculinas, convirtiéndose en una de las conciencias críticas más independientes y una de las voces femeninas más importantes de la historia.

Tras décadas de trabajo como escritora y activista comprometida, sus agudas reflexiones personales han articulado, con sorprendente precisión, problemas y cuestiones relativas a la liberación de la mujer reflexionando sobre su identidad y conciencia individuales, y sobre el papel de la escritura dentro de esos planteamientos. Su discurso poético y teórico mantiene un alto grado de atención crítica y lectora, pero es a partir de los años sesenta con Instantáneas de una nuera (1963) cuando se revela profundamente personal, capaz de romper todos los límites impuestos expandiendo el alcance de su obra. Ella misma se coloca en el centro de una irreprochable escritura deudora de una destacada tradición femenina, para crear una identidad y un lenguaje que, con manifiesto vigor e inteligencia, trascienden radicalmente su propia ideología. Rich lleva hasta sus últimas consecuencias ese eslogan surgido en el corazón del feminismo —lo personal es político—, teniendo muy clara la importancia radical que la experiencia personal de las mujeres desempeña como fuente y recurso para construir su futuro. Basta recordar su mítico libro en prosa Nacemos de mujer (1976), que es todavía uno de los mayores clásicos de la literatura femenina.

Una escritura siempre en primera persona, que relaciona conciencia y pensamiento. Prosa y poesía se muestran como el haz y el envés de un pensamiento donde la reflexión profunda del ensayo sostiene la realización explícita del poema. Esa coherente integridad entre pensamiento y acción se expresa en la corporeidad de un lenguaje ejemplo de compromiso incorruptible con el progreso y la conciencia de ser mujer. Su obra estudia y analiza las divisiones y dualidades instauradas en razón del sexo y la sexualidad, la raza o las creencias, poniendo en primer plano sus directas conexiones con el racismo, los prejuicios y la ceguera de clase o el antisemitismo. Aboga por equiparar el movimiento de los derechos civiles al de liberación de la mujer, y en uno de sus más famosos ensayos, Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana, estudia la historia y la identidad lesbianas como elemento de ruptura de la cultura y la política heterosexuales, elaborando una perspectiva capaz de tener en cuenta todas las diferencias entre mujeres, hombres, lugares, épocas, culturas, condiciones, clases y movimientos a la hora de reconocer la experiencia individual en la esfera política. Vida y obra se hicieron inseparables en quien sabía que “una mujer que piensa duerme con monstruos”. Cuando le otorgaron en 1974 el Premio Nacional del Libro, y en desacuerdo con la política de Bill Clinton, lo rechazó en forma individual para recibirlo en nombre de todas las mujeres, junto con las nominadas poetas negras Alice Walker y Audre Lorde. Uno de los muchos ejemplos de honestidad y compromiso de quien demostró que la literatura todavía puede reclamarnos responsabilidades.”

El alma no llora

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Takahiro Hara – Lucía tumbada

 

 

Ella murió mientras pasábamos una tarde apacible recorriendo los alrededores del río, las chacras y los canales en un auto modelo 76. No hay más recuerdos de tardes gratificantes con mis padres.

Estábamos en paz y los demonios de mi madre habían sido encarcelados momentáneamente a fuerza de tomar pastillas. Seguramente yo estaría llenando los grandes espacios de silencios con palabras al por mayor.

El clima era óptimo, aunque no creo haberme bajado del auto. Los árboles estaban estáticos y era época escolar, lo sé por lo que sucedió en los días siguientes, en los que me esperaban algunas frases del momento y rostros compungidos.

Pudo haber sido otoño o primavera tal vez. No lo sé con exactitud. Los obituarios de esa época no quedaron registrados en los medios actuales, tampoco quedó registro del accidente ni de las otras siete almas que se fueron.

Fue un día soleado, y con doce años ya había aprendido que a un hecho feliz le sigue uno doloroso. Ni siquiera es un karma. Es un hecho consolidado y confirmado fehacientemente por mi experiencia. Un paso bueno, otro malo. Uno para atrás, otro para adelante. Llegar al fondo, comenzar a subir. Un año bueno, uno malo. Una hermosa tarde con mi amiga de la cuadra jugando a que teníamos una nave espacial y a la vuelta mi casa era un caos.

Nunca hubo fallas en este sistema.

Esa tarde marcó mi primera gran pérdida en la vida.

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Primeros auxilios

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David Febland

Corría el año 2007, septiembre para ser más precisos, y casi prendo fuego mi comercio. No es que recuerde la fecha con exactitud, tuve que ir a buscar el registro de “acontecimientos importantes”. El recuerdo vino a mi mente porque el departamento de Seguridad e Higiene de la comuna está realizando inspecciones y talleres sobre seguridad en los comercios de la ciudad.

Aparentemente ya han recorrido una buena parte de éstos, aunque aún no han llegado a mi tienda.

Será porque ya cuentan con mis antecedentes incendiarios?

De ser así, tendrían que haber venido en primer lugar para asegurarse de que cuento con las medidas mínimas de seguridad laboral  y para otorgarme algún certificado que acredite que no soy un peligro para la sociedad.  Con diez minutos de charla se darán cuenta de que soy inofensiva y el accidente que tuve fue en realidad un atentado contra mi vida de ese entonces.

Me comentaron algunos colegas  que piden matafuegos, dan un “vueltín” por el local y ofrecen un cursillo de primeros auxilios que dura aproximadamente hora y media.

Mientras escuchaba los pormenores del curso -instrucciones sobre cómo  hacer una reanimación cardiopulmonar, por ejemplo-, recordé aquel olvidable episodio ocurrido hace siete años, cuando mi subconsciente –en un acto de total inconsciencia de mi parte- intentó prender fuego el único medio de subsistencia laboral con el que contaba.

Confieso alguna vez haber dicho que iba a prender fuego el lugar, como quien dice que va a irse y comenzar una nueva vida de hippie en El Bolsón, vivir en una casa de barro en Traslasierra o debajo de un puente con su nuevo amor.

La primavera nunca fue lo mío, septiembre siempre me encuentra despeinada por el temporal de Santa Rosa. Mi humor convulsionado de ese entonces colaboró con mi distracción: no apagar la mecha de una vela de noche que tiré descuidadamente dentro de una caja de cartón ubicada debajo del mostrador.

 Tal vez eran las dos de la tarde, estaba sola, la persiana enrejada de la puerta delantera estaba baja y el cartel “De Turno, toque timbre” era la señal de que había vida humana dentro del local y era lícito “molestar”.

No fue inmediato, pasaron unos segundos tras los cuales escuché ruido a leños crujiendo.

Nunca olvidaré que no supe cómo accionar un matafuego.

En este mismo momento, mientras escribo, estoy sentada con el matafuego a mi derecha y alcanzo a leer las instrucciones para accionarlo. Son pequeños ítems que acompañados con imágenes puede interpretar cualquier niño pequeño en edad escolar.

Luego de dos baldes de agua que parecieron avivar el fuego y  un pedido de auxilio en la avenida –este detalle es deplorable-, accioné el dispositivo por enésima vez y con pura fuerza bruta logré destrabarlo, descargando miles de micropartículas blancas por todo el salón, de carambola también en el foco de incendio.

Vinieron amigos, empleados y auxilios; y tras muchas horas de baldes y trapos, el lugar siguió con su curso laboral. No así mi vida,  que tomó irremediablemente otros carriles.

Será que en la vida tampoco leemos las instrucciones ni escuchamos atentamente los pormenores de los cursos de supervivencia? Existen cursos de este tipo? O solo vamos improvisando sobre la marcha?

Qué pasa con las contingencias del alma?  Y cuando se prende fuego la memoria?  Qué hacer con aquellos accidentes cotidianos que hacen que terminemos abandonados u olvidados? Qué hacer  si estamos hastiados, cansados o derrotados? Qué sucede con el corazón?  Cómo resucitarlo? Cómo revivir? Cómo sobrevivir?

Sólo sé una sola regla: si duele mucho . . .  hay que respirar.

Ah!  Si los avatares de la vida se pudieran alivianar con un matafuego,  una bandita  o una aspirineta . . .

Jacarandá

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Ted Blackall – North Sydney Jacarandá

Sabían que el jacarandá florece dos veces por año, en primavera y otoño?

Yo me enteré cuando lo incluí en la poesía, alentada por el recuerdo de sus flores que van desde el azul al violáceo.
Obvio que una planta tan hermosa tiene una leyenda más bella aún:

“De acuerdo a la leyenda del Amazonas, un hermoso pájaro llamado Mitu se posó sobre un jacarandá, trayendo con él a una hermosa mujer. La mujer, quien era una sacerdotisa de la luna, descendió del árbol y vivió entre los aldeanos, compartiendo con ellos sus conocimientos y su ética. Una vez cumplida su misión, volvió al árbol con flores y ascendió a los cielos donde se unió con su alma gemela, el hijo del sol.”

Vendrás caminando, lo sé.

Por la vereda alfombrada

De dulce abril y estelas doradas.

La espera durará menos de una eternidad

El abrazo fundirá el tiempo

Y llenaremos las calles

Con nuestra melodía.

Vendrás caminando en otoño

Por la vereda dulce y amarillenta

Cobijado bajo el manto resplandeciente

Del recuerdo de mi sonrisa.

Y seremos allí

A mitad de cuadra entre tu deseo y el mío

Como la flor azul del jacarandá

Que se ríe de las estaciones

Mientras juega con el viento. 

Yo