Acto fallido (cuento)

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Not Her – André Kohn

La previa de la tarde -llámese hora de la siesta en algunas latitudes- me sorprendió cansada a pesar del corto entrenamiento,  y ya estaba dispuesta a sentarme a “mirar algo” hasta que se hiciera la hora del trío café-ducha-trabajo. Mientras miraba “algo” me encontré con un ejercicio literario al que hace rato que no recurro. Consiste en tomar un fragmento de un libro o una frase y desde ese punto narrar una historia. Y así se me pasó el tiempo, volando entre palabras y lugares desconocidos. Puro placer.

“El doctor Max ha dicho que me quería cerca y ha mantenido su palabra. De hecho, mi despacho está enfrente del suyo, separado sólo por el pasillo. Es una habitación minúscula, que antes era el aseo privado del doctor Max; han quitado la taza del retrete y el lavabo, y ahora estoy yo, con una silla, una mesa, un cenicero y un perchero junto a la ventana.” (1)
Por una fracción de segundo siento una leve sensación de ahogo. Seguramente es la combinación de la oscuridad reinante en la estancia más la pintura marrón con que están pintadas las paredes.
El pequeño ventiluz no me deja adivinar siquiera la presencia del incipiente otoño. Apenas si se filtran por éste el ruido de los transeúntes, el murmullo de las señoras que circulan con la bolsa del mercado, el rasgar de una escoba sobre la acera, y el ladrido de los canes que corretean por la cuadra detrás de los pocos vehículos que circulan.
La silla hace un largo chasquido, es su forma de quejarse ante mi presencia sobre ésta. Soplo por encima del escritorio y veo dispersarse en el aire miles de partículas de polvo que de pronto quedan estáticas en el aire, como si alguien estuviera sosteniéndolas. Dejo caer la cabeza sobre mis brazos apoyados sobre el escritorio y ya no escucho nada. La ciudad está muerta, y de alguna manera yo también.
No escucho el crujido de los pasos del Dr. Max sobre el piso de madera, ni el chillido de su secretaria al atender el teléfono. Miro el cenicero y analizo la posibilidad de encender un cigarrillo. Seguramente no esté tan moribundo como pensaba y un poco de humo a mis pulmones no restará nada. El sabor del tabaco se suma al gusto amargo de mi boca, previamente invadida con lágrimas internas, derramadas en la absoluta soledad del simulador.
Miro el perchero y colgado en él, un portafolios desgastado de cuero. Mientras el silencio de la parálisis externa me lo permite, me muevo hasta éste sin poder evitar la repetición de los quejidos de la silla y del piso, que se arquea con mis pasos apesadumbrados. Son los únicos sonidos existentes es este pequeño universo que no es más que un cuarto de baño disfrazado de oficina.
Qué ironía. Mis días iban a terminar en un baño.

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Cinco vidas: el arte de escribir incoherencias

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 Arte: HELENA JUSCHIN

 
 

Me persigue la muerte y pisándome los talones la vida, pidiéndome ambas explicaciones de estos cinco días que quedan para terminar el mes.
Me quedan cinco vidas para que llegue abril, sin contar el 31 que estaré descansando de mí misma. Volveré a repetir en mi mente el sueño de todos los abriles antecesores: ese que se estrelló contra el piso y quedó formando una alfombra de cristales hirientes.
Dejo de pensar en lo que escribo, porque si reviso, acomodaré cada palabra para que se ajuste a un destino que no me pertenece. Dejaré fluir una a una las sílabas y que vuelen, como ya lo están haciendo algunas hojas que se desprenden de los árboles, huyendo incansablemente del destino de estar amarradas a troncos inmóviles.
Anoche soñé que había sido joven y hermosa; y que vivía en un pueblo junto al río. Me observaba mientras bailaba en sueños, elástica, etérea, en paz. Y yo que ya había olvidado que alguna vez bailé.
Dos por tres los fantasmas vienen a buscarme, me muestran quién fui y qué sueños tenía en mis vidas anteriores. A veces siento que los defraudé, que vuelven para recordarme algo.
Trato de escucharlos, otras me hago la distraída y dejo pasar los abriles. Espero como cualquier otro mortal que suene el timbre de mi puerta, aunque sé que no ocurrirá nunca, pero es una idea que reconforta -que a uno lo vengan a buscar y que no sea la policía- y ayuda a dormir más horas seguidas.
Me persigue la muerte aún en sueños, o será mi propia vida disfrazada una vez más de probables frustraciones por venir, o probables sueños por decaer. Un abril más deseando la misma ilusión que no sube a la categoría de hecho y derecho, cumplido, merecido, obtenido . . . la voz de mi madre que desde muy lejos pregunta: Qué estás buscando?
In others words, please be truth . . . canta Frankie y me río de mis gustos musicales de una mañana nublada. Me distraigo de mis propios desvaríos.
La cuenta regresiva no paró nunca de contar y aquí estoy, parada en el borde del abismo de los últimos cinco días -más el de descanso- antes de empezar a descamarme, arrancarme mis deudas, las dudas, terminar de llorar, vaciarme, cansarme, abrir los ojos y renovar los votos conmigo misma.
Y por qué no, para empezar a escribir algo con más coherencia.

Sucesión vacante

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Artist: Melissa Gann

Antes de que sigan leyendo, les aviso que no es lectura apta para “impresionables”.

Y cualquier parecido con la realidad no es coincidencia, el relato se basa en una nota de un diario capitalino del día de la fecha.

María Cristina falleció un día como hoy hace aproximadamente diez años.

 No, perdón: María Cristina falleció un día no registrado hace más o menos diez años.

Esta incertidumbre me recuerda la canción que dice “Sabe el hombre dónde nace pero no dónde va a morir”.   Ciertamente no se sabe, pero luego de la muerte siempre queda algún testigo que se encarga de terminar el capítulo, poner The End, liquidar los bienes materiales, esconder los chanchullos, escoger la prenda final, pagar el servicio, mandar a poner una frase motivacional en la lápida o en su defecto mojarse los pies al tirar las cenizas al mar.

“Off the record” una amiga una vez dijo entre copas que ya no era salubre ir al mar y posar los pies desnudos sobre la arena, refiriéndose a la cantidad de cenizas que pululan por ahí.

Si morirse no está de moda, incinerarse sí.

Esa misma amiga –creo-, cumplió ayer 53 años, Y estuvimos de snacks y copas. No faltó nada: desde la edad murmurada, comentarios a media voz que no se pueden traducir públicamente, y la típica equivalencia de edad dicha de a un dígito: cinco-tres.

También hubo lugar para una posible especulación sobre cuál sería el temario dialéctico en un cumpleaños de setenta.

Pues no sé qué decir. Escuchando a mis clientas mayores puedo adivinar que se hablará de la presión arterial, de los descendientes, del asilo, los difuntos, del viejo sentado en el sillón -o del sillón vacío-, y lo que hace millones de años era hablar de ortodoncia ahora sería dentadura postiza o algo más elaborado de haber buenos ingresos.

Falta tan poco y tanto que me despreocupa.

Tener amigas que estén en más o menos la misma franja de edad –qué son diez años más o diez menos- hace que a veces nos veamos reflejadas en el prójimo –llámese la otra amiga próxima cercana-.

Hoy creo que más que reflejadas, lo que solemos hacer es vernos  expulsadas. Una expulsión es tal cuando la oración comienza con un: “Avisáme cuando yo esté gagá…”, o “cuando me parezca  a…” quien no es más que  nuestro espejo ahí parado de frente pero  con otro pelo y otros gestos.

Si tan sólo fuera estar gagá pero feliz, o gagá y reírse, o/y no poder subir escalones, olvidarse las fechas, babear dormitando –eso no lo estamos haciendo ya?-, hacer el ridículo, usar flores en el pelo, dejar que los jóvenes se rían sin pensar que es de uno, rezar más, temer más a la muerte o no temerle nada.

Si tan sólo fuera estar gagá, me reconfortaría porque sólo sería un detalle y yo igualmente estaría varios pasos más delante de donde estoy ahora. Y me seguiría riendo de mí misma.

Anoche no lo supe, no supe a qué le temía.

Hasta hoy por la mañana en que leí el diario y conocí a María Cristina.

Y si me muero sola?  Sola en el mundo.

María Cristina estaba en su casa sola, posiblemente un día de verano, desnuda, tenía más o menos 51 años y un PH en un barrio lindo de capital.  El departamento hermético y solitario fue el único testigo de su derrape al lado de la mesita que estaba en el patio.  Ahí se quedó por unos cuantos años. Inmóvil. Rígida.

Murió así sin más, sin violencia –de momento, mañana será otro día y puede cambiar con un giro drástico la trama de esta información-.

Qué son diez años más o diez años menos? Es el tiempo que pasó esta señora sin ser reclamada.  Y podría haber pasado mucho más. Nadie notó su ausencia ni su presencia.

Tristemente fue reclamado en primer lugar el inmueble.  Una vecina entró por la puerta del frente diez años tarde. Tarde pero temprano aún para pedir la sucesión vacante sobre la propiedad.

Cómo corno es desaparecer del planeta y que nadie nos reclame? Cómo es irse a dormir con la certeza de que nadie nos sueña? Cómo es no existir después de muertos?

Hay personas que nacen después de morir. Mueren y pasan a tener una vida llena de anécdotas difíciles de comprobar pero que se convierten en pequeñas grandes leyendas que entretienen las reuniones familiares. Muchos aparecen en sueños, usurpando la tranquilidad de los vivientes, otros siguen sonriendo desde portarretratos multiplicados en una sala de estar  y convertidos en objetos devocionales.

El mito que acaba de nacer con la muerte misma.

Hoy, que ya digerí la copa que bebí ayer, que se avecina el no festejo de mi cumpleaños. Hoy que no me preocupa mi edad ni mi posición social, ni el qué dirán.  Hoy que evado intransigencias, prejuicios,  banalidades y a la gente que los porta. Hoy que soy más “yo” que nunca: hoy me inunda la melancolía que tal vez no sufrió María Cristina.

Hoy supe que temo morir sin dejar rastro y que ni siquiera Dios me reclame.

Mi vida, no hay derecho.

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Foto: Pinterest

En una esquina, el supermercado. En la puerta,  un hombre mete su dedo en la oreja insistentemente. Lo saca, lo observa y lo vuelve a meter. Nada lo distrae.

El universo del miércoles por la mañana viene con un pizarrón de descuentos,  precios con decimales y una aclaración fundamental: llevar carné que atestigüe haber cursado la materia de sexagenario jubilado, o en su defecto estar a punto de morir. Sólo así harán el famoso descuento del veinte por ciento del diez que compren en la verdulería, siempre y cuando la mercadería que escojan corresponda a la descarga del camión de la semana anterior.

En la otra cuadra otro viejito escribe sobre un pupitre de cuatro ruedas: una clase de vehículo de última generación que sirve para trasladarse, apoyar cosas, llevar la eco bolsa con las verduritas de oferta y el diario viejo que le regaló la vecina de la otra cuadra.

Algunos padres ponen la quinta marcha justo antes de frenar enérgicamente en el semáforo, invadiendo  la senda peatonal con las ruedas delanteras.  En los asientos de atrás yacen hermosos críos  enfundados en uniformes escolares azules y verdes. No es día de guardapolvos ni de tizas o cerbatanas en escuelas públicas.

Que el lunes fue feriado, que el martes también, y que febrero “fueron” vacaciones y que la oficina postal dio de baja las comunicaciones.

Que se viene la fiesta, y la ciudad está invadida de senegaleses y oro amarillo. Que una señora no se anima a bajar del auto mientras pasan caminando tres individuos. Que la oscuridad da miedo pero no siempre mata.

Ni rastro de arena en la ciudad queda del desahuciado verano, apenas si algún toque amarronado en algunas caras juveniles.

Aplaudo en silencio el deceso del verano.

Mientras el mundo de por aquí llora amargamente la despedida de los días calurosos, mi sangre galopa energéticamente con las frescas brisas que corren en las mañanas. El sol tiñe de otro color las casas y las cosas. Las calles y las veredas pronto tendrán alfombras de hojas doradas, crujientes.

La vecina tendrá,  como único objetivo existencial, acabar con semejante desparpajo de la naturaleza desordenada y capturar a las insurrectas hojas que osan bailar en su vereda.

Cómo reprimir esa mudanza inevitable de piel? En qué se convertirán  el árbol y mi perro luego de haber perdido todo el pelaje?  En quién me convertiré yo pasando  el invierno?

Ella quiere el control, pero si hay Dios es sabio y se guarda el control remoto bajo la almohada.

Respiro el día. Es el último de los últimos que me tocan vivir. Sueño, leo, corro, escribo, me deslizo, río, bostezo, me aburro; dejo pasar las horas para luego tratar de aprisionar otras. Me contradigo. Es un pecado vivir sin contradicciones. Evito ciertos temas. Evito todos los temas. Me estoy convirtiendo en espectadora de vidas que ni en un millón de años luz me interesaría vivir. Seguramente sus protagonistas piensan lo mismo de la mía.

Lo que escapa del sector “auto censura”  de mi persona es el cinismo. Este se manifiesta a través de trescientos mil gestos que mi cara hace en décimas de segundos.

De todas maneras son imperceptibles.

La mitad de mis clientes ya ni siquiera saludan al atravesar la puerta. Tal vez esperan que los atienda una máquina, como el autoservicio del banco.

Está la señora que camina con el carrito de las compras, el de dos ruedas y lona desgastada. Ella sí saluda, se para detrás del mostrador, habla de sí misma y de su marido, al que deja todas las tardes para respirar libertad haciendo los mandados. Sale siempre a la tardecita, en ese momento justo en el que se prenden las luces de la calle y se apaga el sol.

Nos parecemos en algo, o eso me parece. Ambas salimos siempre a la calle con la certeza de que nada malo sucederá. Tengo la teoría de que los “chorros” huelen el miedo como los perros, y hacia allí van. De todas maneras, siempre hay tiempo para que un ateo diga una plegaria, para un último cigarrillo o para ser tapa que certifique que las estadísticas son semi correctas.

Me cuenta que el marido le dijo que no saliera más a esas horas, que dejara el carrito para evitar accidentes, que los huesos, que la calle, que los autos, que la noche. Que mejor un bastón a primera hora en la vereda y para ir al almacén zonal de la esquina. Que él seguirá ahí, en el sillón hundido, guardando informaciones varias del telediario para compartir a su regreso las últimas dos gotas de silencio de la jornada.

Ya sin luz solar, a los pies del día que se termina de escurrir, hago un recorrido por pequeños comercios locales evitando los grandes supermarkets.

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