Pequeñas muertes matutinas

1511546_644231795643269_406212657_n

Heading out – Vincent Giarrano

La mañana se presenta definitiva, es un golpe certero. Son varios golpes, uno cada día a lo largo de semanas y meses. No puedo dejar de  pasar por la mañana sin magnificarla, ni a sus ceremonias, a las melodías que rebotan en mi cabeza antes de abrir los ojos o a las frases escritas en la pared apoyadas en las líneas que forman el sol a través de la persiana.

Los rituales se suceden cambiando de posición como mis piernas entre las sábanas de algodón.  Sin ser Sri Gurú Gita, las señales llegan y yo las recibo desarmada, entregada tal vez a esa voz que me habla de no sé dónde y pone oraciones en mi cabeza para que las mastique a lo largo del día.

Si por las noches luego de catorce horas de maduración, tan sólo no estuviera tan cansada de mis temores diarios y pudiera presionar el botón play, grabaría un montón más de delirios existenciales, los cuales al momento de repetir en posición fetal a un costado de mi cama, tendrían  un sentido amplio y claro. A la noche todo tiene sentido, me cobijan sueños teñidos de infinitos colores y las respuestas llegan a raudales para irse sigilosamente a la madrugada.

A veces me lo creo realmente. Me creo la frase y su cauce, me creo la imagen del río que va siempre al mismo lugar con alguien parecido a mí que navega por éste, cumpliendo por fin la promesa de llegar a destino. Cuántas bifurcaciones más debo tomar?

Algunas mañanas la voz me pide fidelidad, otras tranquilidad, siempre esperanza. Cuánto más tiempo paso sin interactuar con otros seres humanos, la voz se vuelve más potente y resuena como si fuera un monstruo a punto de darse a conocer.

Fantaseo con la soledad eterna, deambulando entre frases mecanografiadas sin sentido, solitarios amaneceres llenos de aroma a café con mapas heridos con chinches, marcando lugares nunca conocidos,  convirtiéndome en un espejo distorsionado de alguien que en realidad no soy. Delirios.

Dicen que lo único que sabemos del futuro es que será distinto.

El contacto con la realidad me despierta. Alguien me escribe. La escritura es impersonal, letras que aparecen en una pantalla de celular. No es alguien. Es una computadora.

Acaricio mi agenda y puedo oler la tinta, el café derramado sobre el quince de enero. Recuerdo la existencia de notas y cartas manuscritas. El acto de abrir el sobre, imaginar que la otra persona estuvo apoyada sobre cada palabra que iba escribiendo. Una intimidad etérea y dulce.

Retorno de esos años luz donde estoy y llego hasta hoy. Me inserto a la vida.

No hubo noticias. O sí. Pero ya estoy lejos de éstas. Las calles húmedas me parecen hoy distintas. Despiden un aroma raro. Insectos y roedores salen al centro luego de meses de sequía.  La actividad de hoy es  la indispensable, no más.

Charlo impersonalmente con mis clientes y asesino al día.

Anuncios

Hoy el diario hablaba de vos.

0001

Foto: Waiting Alex –  Greenshpun – 500XP

Trescientos milisegundos. Ahora lo sé. Tantos años preguntándome cuánto había durado la gestación de tu recuerdo. Debo reconocer que a esa catarata de tiempo milimétrico, le sucedieron millares de segundos más, los cuales cumplieron con la tarea de Miguel Ángel: esculpir el recuerdo hasta convertirlo en una obra de arte.

El recuerdo muchas veces tiene pulso propio y late con menor o mayor potencia,  de acuerdo a las circunstancias actuales; qué  paradoja,  ya de actuales no tienen nada y esa frase de que “la vida es ahora” clava puñales diminutos en mi alma: el ahora se escapa, se evapora, huye  y me atosiga dejando millones de posibilidades descansando en el pasado.

Vaya si son determinantes esos famosos trescientos milisegundos que hoy encabezan los  titulares. Mientras dejaba que  tu primera sonrisa invadiera mi universo por ese entonces despoblado, las otras neuronas no tuvieron capacidad de reacción alguna. Dejaron formar el recuerdo que se esparció  tan rápida y contundentemente que casi no dejó espacio para otra cosa.

Lejos de querer borrarlo acudo a él cuando necesito cobijo. Tu recuerdo es como una manta suave y levemente perfumada en el invierno.  Tu recuerdo es como muchas otras cosas que amo. Seguramente puedo ponerme a divagar más y más, compararlo con otras miles de situaciones que causan placer, y sin embargo nunca encuentre la palabra perfecta para definirlo.

Es por eso que me quedaré saboreando este dulce momento en esta gris mañana que no alcanza a despertar.  Degustaré  esos trescientos milisegundos. Esos cinco minutos definitivos en una vida de millones de vueltas de aguja en un reloj.  Más de lo que tarda una lágrima en recorrer una mejilla, menos de lo que se tarda en tomar una decisión.

Aunque,  si mal no recuerdo (sic), en esos primeros minutos mi decisión fue rápida: devolverte la sonrisa y apostar a que tuvieras tu propio recuerdo grabado de ésta.

Fuente: Descubren cuánto tarda en formarse un recuerdo

Despertando otras estaciones.

1210697451rewriting-the-chapter_450

Turning Leaves – Duy Huynh

Hoy tuve una revelación.

Sumado a que la ley de atracción no me permitía despegar de la cama, una vez que lo logré, fui despertando a la casa mediante el acto metódico de subir persianas y crear ruidos a cada paso. Dejé que una fracción de ciudad semidormida se colara por los ventanales,  junto con una luz apenas teñida de celestes y grisáceos.

El sol, perezoso, anunciaba una jornada fresca de verano. Levanté mi barbilla hacia el horizonte, cerré los ojos y abrí los poros.

Ahí estaba: un atisbo de que el verano poco a poco va preparando sus bártulos para irse y dar lugar a mi parte favorita del año. Probablemente mañana o pasado el calor golpee con contundencia mis ventanas recordándome  que no hay pasaje hasta el 21 de marzo,  cuando llegue el tren del equinoccio de otoño a llevarse calor, plumas, flores  y hojas en sus vagones.

No desespero, sé esperar.

Mientras huelo la ilusión que derrama el aire, descubro que estuviste en la misma carretera que yo, con diferencia de años y estaciones.

Qué loco es este mundo plagado de coincidencias, desencuentros, rutas, caminos de tierra,  autopistas transitados por eternos desconocidos, diferentes usos horarios; ilusiones que se desintegran a la velocidad de la luz, mientras las líneas de la ruta van desapareciendo a nuestras espaldas.

Es una señal  de que transitamos diferentes momentos, y tal vez al final de cuentas, el lugar pueda ser determinante sólo en la medida en que miremos el mismo paisaje y nos reconozcamos en éste, dibujemos una imagen con el dedo que acaricia el cielo, en un intento de dejar un mensaje que recorra el tiempo o que se quede allí, para ser recogido por quien necesite respirar ilusiones.

El verano trae esos espejismos, como cuando el sol cae perpendicular sobre las eternas rectas de las rutas patagónicas y nos hace ver una fuente brillante de agua cristalina al final del camino.

Acaricio mi lapicera mientras saboreo un poco de folk que juega con la luz del final de esta mañana, y me empiezo a despedir del verano y sus ensoñaciones.

Sogno d’ amore

0005 (10)

Foto: Pinterest

Hay un poema de Alda Merini que habla de un sueño de amor, de besos ardientes, un perro lamiendo las heridas debajo de la mesa y de la alegría absoluta de un abrazo.

No imagino nada más expresivo de amor que el abrazo silencioso entre dos personas.

Estar  enamorado,  en mi humilde opinión,  es estar vivo y  ser apasionado en la vida.

Estar enamorados y amar para mí es casi lo mismo, digan lo que digan los estudiosos de la universidad de Syracuse. Puede que el amor tarde cinco segundos más. Lo otro que llaman también enamoramiento no es más que calentamiento global, y yo hablo de otra cosa.

Al primer instante -esos cinco segundos fatales- la sangre circula más rápido, un aglutinamiento de sentimientos y confusiones varias pelean en nuestro interior pugnando por estallar. Y sin querer un día de esos, el amor y su definición empiezan a invadirlo todo,  el enamoramiento se expande. La felicidad se contagia, todo  es más verde, más azul, más perfumado.

Químicamente nos volvemos más bellos y buenos. ¿Y qué importa si se origina en el corazón o el cerebro? Se siente de puta madre.

No creo en el fin del enamoramiento. Aunque todos los días –casi- encuentro adeptos que intentan convencerme de lo contrario. Así como cuando volvemos al mar luego de mucho tiempo y lo miramos embelesados como el primer día, así es que seguimos enamorados.

El estado ideal llega cuando a la exaltación y el burbujeo constante le suceden  la paz que sostiene lo radiante de la situación, la calma que permite vivir esa felicidad a veces efímera de manera tal que soñemos con extenderla.

El amor es como un mediodía cálido en el mes de abril o como pan recién horneado untado con miel. Como esta carta que recién está pugnando por ser escrita, el guiño detrás de los anteojos, las hojas amarillentas de un libro de poesía, como dormitar en un sillón debajo del alero, como mirar el horizonte mientras se camina por el medio de las vías del tren. Es mirarse y reconocerse. Es cerrar los ojos y sonreír. Es el alma que sale a bailar con el alma del compañero. Es la complicidad. La palabra no dicha. Acurrucarse debajo de la manta. El chocolate caliente. El susurro que dice “tengo frío” en invierno. Es haber sido amado. Es seguir amando.

Y por qué no extender todo esto ¿Por qué no vivir enamorados, manteniendo la pasión, buscándola en las cosas que amamos? ¿Por qué optar por volvernos gruñones, tristes robots grisáceos que pugnan por sobrevivir en la jungla?

Hoy es un buen día para recordar que estuvimos enamorados, y que el amor llegó en el mismo instante en el que nacimos.

Sogno d’amore

 

Se dovessi inventarmi il sogno

del mio amore per te

penserei a un saluto

di baci focosi

alla veduta di un orizzonte spaccato

e a un cane

che si lecca le ferite

sotto il tavolo.

Non vedo niente però

nel nostro amore

che sia l’assoluto di un abbraccio gioioso.           

Alda Merini