Delirio existencial

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Foto : Facie Populi

Viernes que araña el mes de febrero. El sol se cuela por todas partes furiosamente, aprovechando los espacios que dejé abiertos para que entre aire fresco. Me despierto con una energía desconocida. Seguramente la dosis de chocolate de la noche anterior está circulando aún por mis venas.

Veo un leve desorden del día anterior y lo evado. Sigo el ritual de cada mañana, desayuno acotado por la “dieta nuevos propósitos del año nuevo”, zapping entre series yanquis con carcajadas de fondo, paneo rápido en la notebook por los principales medios nacionales de mi incumbencia.

La presidente tuvo una mala noche, necesitó hacer catarsis nacional por medio del Twitter. La comprendo. Cualquier pelagatos hace catarsis por las redes sociales. Está en todo su derecho. La imagino en bata, tal vez acostada con una netbook del  plan social “Conectar igualdad”, mirando, escuchando, sondeando qué dicen de ella.

Festejo ser una desconocida. No soportaría que se estuviera hablando de mi persona todo el tiempo. Aunque  no preocuparme por mi economía no me vendría nada mal.

Siguen apareciendo los titulares despiadadamente y sin anestesia. Esquivo news sobre el efecto “tango dólar”.

Gente que desaparece y aparece, viva o muerta.  Asesinatos. Accidentes. Incendios forestales. Gente extraviada. Me convenzo dos décimas de segundo que estamos todos perdidos o a punto de desaparecer.

Recapacito. Nunca pensé esas barbaridades ni las volveré a contemplar siquiera.

Los manteros del barrio de Once que si no les dan la vereda para comercializar ilegalmente que les busquen un lugar.

 Todos chillan. Todos reclaman. Usurpan y que después los compensen por usurpar con una casita blanca en un barrio de viviendas sin veredas.

Me agoto física y mentalmente.

Leo en algún lugar que los chinos no persiguen la felicidad, sino la armonía. De lejos parece que los chinos tienen un millón de problemas, como nosotros. Pero la teoría de lograr vivir en  armonía no me parece descabellada.

Ya miro mi día de trabajo con sobrado pesimismo. Cometí un error al desayunar tan pesado de información.  Un desayuno americano con huevos revueltos y “bacon” me hubiera caído mejor.

La buena noticia es que mi auto ya casi vale cien mil pesos. Sumando el valor de mi casa casi soy  millonaria! Todo sin aplicar los consejos de Robert Kiyosaki.

Me desapego de los editoriales.

 Tomo una ducha intensa para revivir mis rulos y mi alegría extraviada.

Elijo mi pantalón verde de la suerte y una blusa blanca. Apenas si acomodo superficialmente mi cutis y paso por debajo de un rocío de un perfume liviano y fresco.

El día anterior no estuve tan iluminada, ni el anterior del anterior.

Ya en el auto saco un Cd de una vieja colección de música para viajar. Sorpresa! Bob Marley canta Is this love.

Empiezo a reír como la loca que soy. El verano baila en el asiento del acompañante, mientras bajo el vidrio y dejo que me pegue el sol en la cara, observo las calles de mi barrio mientras acaricio las veredas con mi música a todo volumen. No manejo, vuelo.

En una misma cuadra un señor mayor lucha para completar algunos metros con un artefacto de cuatro patas; mientras un joven albañil, con su torso desnudo y una fuerza demoledora, prepara una mezcla en la hormigonera.  Pienso que podría ser el mismo hombre en dos diferentes etapas de su vida.

Sigo regenerándome cuadra por cuadra.

La recuperación es cada vez más rápida. Antes cualquier delirio existencial que sudara pálidas, duraba una semana o más. Ahora noto que refloto con mayor velocidad. Serán los años, o el pantalón verde, o el nuevo año chino que empezó ayer.

Oh sí, el perrito ve venir al caballo y mueve la cola!

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What’s?

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Foto: Pinterest

Viajar y detenerse.

Anclar en un lugar desconocido y apropiarse.

Recoger el mar en una botella.

Arrancar el asfalto del alma.

Arrodillarse en la hiedra.

Por las noches colgarse de las estrellas.

Dejar hamacarse por el destino que ya está escrito en el horizonte.

Negarse a  ser un número.

Reinar con mano suave y caricias de miel.

Honrar. Amarse.

Desaparecer del mundo conocido.

Volver. Nacer. Elegir.

SER

Uno quiere, desea, arrincona, despedaza, putea, respira, atosiga.

Uno ama y odia en el mismo plato. Uno intenta pero no es suficiente.

Uno quiere un cambio ya y cuando llega es mucho para un solo aviso, entonces uno muere.

Desperté por la mañana con la misma clase de pensamientos obsoletos de la mayoría de mis días. El pasado viene como un fantasma a invadir mis neuronas que intentan vivir el día a día, y cuando escuchan la mar de zonceras dicen “¿What’s?”.

Sacudo la cabeza y desparramo los pensamientos que salen de mi cabeza como insectos infecciosos a adosarse en la pared. Pronto sin proteínas morirán y yo habré ganado la batalla de la mañana en contra de mí misma.

Salgo a la calle, en un enero con calles platinadas, semáforos opacos, gente perezosa que se arrincona debajo de los carteles en búsqueda de sombra.

Somos pocos. El resto está vacacionando en la villa. Vinieron muchos de la gran ciudad a apurar el paso a éstos “paisanos” de acá, que se debaten brevemente entre estar tranquilos y ganarse la temporada.

Llego a mi trabajo. No hay luz. Espero. La espera me lleva a un libro y mis neuronas contentas danzan entre un montón de palabras que llegan a mi alma por medio de un conducto desconocido científicamente.

El protagonista vive aislado. Es como un sabio de la montaña por lo que leo hasta ahora.

Sueño con vivir en alguna clase de descampado, cerca del agua y las sierras,  viviendo de lo que cultivo. En alguna casa de barro tal vez. O sustentables como las llaman ahora.

Estoy derrapando. O tal vez no. Imagino por un instante en este silencio obligado por la falta de energía eléctrica, cómo sería necesitar menos, mucho menos. Cómo sería no tener la cabeza embotada de números y horarios, de mails, de cables, de luces de colores, de reproches y boletas de estacionamiento.

No  alcancé a caer. Tampoco a levantarme, sólo anoté dos o tres líneas sin conducción, que seguramente vendrán a hacer ruido otra mañana de éstas, cuando repita mi gesto con la cabeza en un intento vano de exiliarlas de mi propio país.

Para siempre

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Alexey Zaycev

Estar muerto.

Por cuánto tiempo?

Para siempre. . .

Ellos vivieron en un poblado al sur del planeta en el último rincón del mundo, allá por los años ochenta de la era cristiana.

El pueblo que no alcanzó nunca la categoría oficial de ciudad por no contar con una cúpula de iglesia que superara los ciento veinte metros, no era más que una colonia de gente hipócrita rejuntada y exiliada de otras vecindades que aspiraban a mejorar su idiosincrasia.

La hipocresía era considerada en ese entonces como un bien común, un puntal para la supervivencia dentro de una ciudadanía poco afín a la realidad de cualquier tipo.

No había sierras, ni mares o alamedas, tampoco lagunas. El paisaje era liso y llano. Una inmensa estepa plagada de malas yerbas carcomía el caserío desde los cuatro puntos cardinales. Las calles, desprovistas de pavimento y sembradas de canto rodado, eran vías rápidas sobre las cuales rodaban grandes matas de cardos rusos en los días ventosos.

Las cien casas del lugar se encontraban armoniosamente distribuidas, cada una plantada dentro de un cuarto de manzana y rodeada de prolijos alambrados romboidales. Brillosas chapas negras  formaban dos aguas y se apoyaban en paredes confeccionadas con ladrillos opacos y deslucidos. Las ventanas pequeñas orientadas hacia el oeste. Puertas de madera oscura y pesada que contaba con dos orificios: un visor y otro para la correspondencia. No es que sus habitantes escribieran muchas cartas y menos aún que tuvieran preocupación en ver quién estaba del otro lado de la misma. Sencillamente era el único modelo de puerta que hacía el carpintero del lugar.

Las mascotas de la casa dormían en los patios traseros, colocándose cerca de la puerta sólo en invierno o días de lluvia. No muy cerca de sus dueños de quienes desconfiaban a pesar de ser sus amos.

En una tierra sin ornamentos es fácil distraerse con forasteros. Estos eran identificados, catalogados y observados al primer minuto de arribo. Por lo general muchos pasaban de largo rumbo al horizonte, pero ella sembró sus anclas.

La muchacha  provenía de una ciudad rodeada por sierras, en donde el sol se colaba entre las rocas para alcanzar a los edificios que no pasaban de las tres plantas, las cuadras estaban libremente parquizadas y había más plazas que antenas.

El la vio mientras ella se bajaba de su bicicleta violeta y aparcaba fuera de la bicicletería de Alfonso.

 Ella no caminaba, se deslizaba.

El no caminaba, volaba. Y como un gavilán se dirigió en picada sobre tan pequeña belleza.

Lo que ocurrió después poco importa. Fueron los comienzos genéricos de cualquier historia de amor: dos seres convulsionados y obnubilados que se encandilan con el sueño de llegar a ser quien el otro desea.

Al compás del tiempo se amaron imperfectamente, tapando baches y agujeros con galletitas de miel y jengibre.

Se asentaron en una casa temporal de tejas rojas y abandonada construida  en el límite de la zona urbana, en donde llenaron canteros de siemprevivas y madreselvas. Tuvieron un can que dormía en el felpudo de la puerta delantera de la casa, revestida ésta con piedras traídas de las sierras. Se fueron amuchando una bicicleta con rueditas, escaleras, rastrillos y palas, patines de cuatro rueditas, regaderas de lata y mangueras de color verde.

Una única habitación con una cama cubierta con un paño de flores estampadas, cortina con volados en la ventana del oeste. Un vehículo de cuatro ruedas y dos plazas. Un colibrí exótico que pasó el verano del ’85 en la higuera. Un álbum de fotos con recortes de sonrisas, una colección de  sonidos africanos y un reloj cucú en el pasillo que iba al baño.

Un hogar sin leños, almohadones de plumas de ganso sobre el sillón.

Tuvieron mucho y todo, poco y nada.

Hasta que se mataron.

Ella lo asesinó primero. Lo dejó de mirar, de hablar, de tocar.

Lo dejó de existir, como quien deja una hoja tirada en la vereda.

Una mañana de abril se fue caminando por la calle principal sin mirar atrás,  mientras intentaba sobrevivir a su propia muerte.

El intentó respirar, y como quien absorbe una bocanada de aire luego de casi ahogarse, comenzó a caminar una vida sin siquiera su recuerdo.

Nada es para siempre. O al menos eso dicen.

Y con un siempre de dudosa existencia, la muerte se transforma  en un hecho limitado como la vida misma.

Ella, sin “siempres” ni “muertes” que duren, siguió renaciendo y muriendo en otros pueblos cerca del mar, a la sombra de las montañas del este.