De vainilla y soledad

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Jeremy Lipking

 

 

 

Mediados de agosto. La primavera se anticipa filtrándose por las ventanas. Mientras me estiro, escucho el revoloteo de los pájaros en el patio. Gorriones? Palomas? Alguna mensajera tal vez?

Casi percibo un olor distinto en el aire, cómo describirlo?

Olor a menos ropa encima, a solcito tibio por las mañanas, a brotes verdes luchando con la sequedad de la rama, a vainilla. Se huele a vainilla y sabe a marroc, aunque la primavera esté aún a unas estaciones de tren de distancia.

Como todos los años el invierno no termina su cometido y es arrasado por la impaciente primavera,  que se adelanta con sus ruidos, aromas y brotes.

Estoy sola. Una soledad reciente, o eterna, da lo mismo.

Estar solo es un estado civil que define, marca; es algo así como un tatuaje o un sello en la frente. Un estado distinto al de ser soltero.  Soltero se “es”, solo se “está”.

La casa parece llenarse de viejas ausencias.  Salgo de mi habitación y un pasillo demasiado largo me espera. Lo transito con valentía y desparpajo.

Veo sombras que en otros tiempos fueron cuerpos proyectándose, escucho sus ruidos. Las paredes desnudas se llenan de movimientos. Somos la casa y yo, desnudas, libres y con recuerdos.

 

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Jeremy Lipking

 

Te veo venir por el pasillo haciendo muecas y payasadas con los pies descalzos, el pelo enmarañado y los ojos llenos de sueño. Una mirada casi violenta de quien no quiere ser molestado en ese primer nacer del día,  me atraviesa. Y en ese instante, te esfumas.

El pasillo vuelve a quedar silencioso.  Entro en las habitaciones y voy dejando entrar el día a medida que subo las persianas. La penumbra deja de existir. Todo se tiñe, y los fantasmas se van retorciendo en los rincones hasta desaparecer.

La cocina espera expectante a que la encienda, la entibie, la inunde de suave olor a café, a que derrame la espuma de la leche sobre la mesada, y que salten las rodajas de pan recién tostadas.

Le doy el gusto y desayuno conmigo misma.

Trato de recordar otros desayunos y parte de la memoria se va a jugar por ahí.

Lo único que se multiplican son los recuerdos de desayunos solitarios. En esta casa, en otra; esporádicamente en el bar de una ciudad con sierras, en una villa con el mar cerca, en una cafetería de una ciudad grande.

No me atrevo a adornar mis recuerdos inventando desayunos y personajes ficticios. No le veo la necesidad ni el esfuerzo.

Escucho la puerta de entrada golpear, y ese golpe seco interrumpe mis pensamientos.

Te fuiste, cerraste con llave y ya estás probablemente caminando hacia la esquina por la avenida.  Caprichosa tu sombra, huye sin siquiera pasar por la cocina y directo a la calle. Ni un beso. Sólo mi voz ronca que dice tu nombre.

Termino mi café y preparo mi salida no sin antes pasar por la ducha. Lavo uno a uno mis recuerdos y los tiendo junto a los toallones.

Mañana, o esta misma noche, volverán a deambular emitiendo sonidos, gruñidos, susurros y creando sombras chinas por los rincones.

Nunca le creas del todo a alguien que dice estar solo.

 

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Jeremy Lipking

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De amores y sueños ridículos

Elliott Erwitt

Elliott Erwitt

Hace un tiempo que tengo la ridícula idea de que nos encontremos.

Ridícula porque no hay “nosotros” ni “encontremos”.

No hay historia que nos ubique en una posición de encuentro programado.

Pensar en vernos fortuitamente es inimaginable, cuando el azar nos ha mantenido distantes todo el resto de nuestras vidas.

Aún así, sigo imaginando en mi cabeza el encuentro que no será.

Primero pensé en invitarte a bailar.

Me pareció un método de aproximación original, acorde a nuestra inexistencia, pudiendo evadir una conversación.

Para qué obstaculizar el sonido de la música con explicaciones vagas sobre lo que ha sido de nuestras vidas.

Se me cruzaron por la mente hermosas imágenes fílmicas sobre bailes. Amargamente pensé que esas cuestiones sólo suceden en Hollywood.

Tengo todas las condiciones para el baile, menos el vestido, los zapatos y el partener. Claro . . .  ya entendí. Con la música sola no llegamos a ninguna parte.

Volviendo  . . .

Intentaríamos ir al compás.  Colisionar al sólo efecto de amalgamarnos en un ritmo cualquiera, que permita sostener tu mano en mi cintura y la mía en tu hombro.  Mi mejilla descansando en tu pecho húmedo por mis lágrimas, las mismas que estoy vertiendo en este momento.

Es una mañana soleada, y me parece increíble que esté lloviendo sobre mi escritorio. Más cuando escucho los acordes que seguramente bailaremos, distintos a los que bailamos hace años en una esquina devorada por el fuego del tiempo.

Ya no somos los mismos. Vaya novedad.

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Luego de imaginar el baile juntos en una terraza desolada de cualquier ciudad llena de smog de por aquí, fui más práctica y me dediqué a pensar en un acercamiento geográfico concreto.

Adosado al asunto de que no nos vemos desde la otra vida, no nos hemos acercado desde hace miles de kilómetros  y no hay rutas de unión entre mi mar y tu cordillera; sólo pampas húmedas, estepas con pastizales, arroyos, lagunas y largas mesetas desoladas.

Podríamos acordar el encuentro en alguna aldea intermedia, cerca del agua y los recuerdos. Tendríamos que acortar caminos explorando nuevas rutas y allanando los miedos y oscuridades que nos acecharán constantemente.

Seríamos como niños jugando al gallito ciego en amplios territorios de recuerdos por crear.

Puedo prometer no hablar mucho, después de todo no hay nada de qué hablar. Todo lo hemos ido transitando en esta hermosa lejanía, acortada por asiduas visitas en sueños.

Sueños silenciosos, sostenidos por miradas francas, pupilas abiertas al corazón, manos tiernas extendiéndose, felicidades a flor de piel.

Pasan los minutos en esta mañana casi cálida de invierno y a mis lágrimas se suman palabras que salen a borbotones.

De pronto la palabra ridícula –para describir esta situación- me parece totalmente insuficiente.

El encuentro, acortando espacios y vidas intermitentes,  podría ser letal, y no me resigno a no verte más en sueños.

La pena para tal pecado capital sería el infierno sin espuma y ni nubes, sin música ni  plegarias, eternas mediodías sin atardeceres refrescantes, frutas con sabor a nada, café incoloro por las mañanas, la vejez prematura de un amor perfecto.

Me decido a juntar mis breves fantasías matutinas y las guardo en un papel impreso.

Vacío mi alma de lunas reflejadas en extensas arenas de una playa con acantilados y camino suavemente sobre las huellas que dejamos esa noche caminando a la luz de la luna.

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Banalidades

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Alexey Zaycev Прощание с морем

María Bethania suena de fondo con uno de sus acordes lacrimógenos. Estoy en un lugar placentero, en un momento en que no me da placer estar aquí. Irónico?

Un  lugar deja de ser placentero porque a uno no le place estar ahí un sábado por la tarde?

En el mismo instante en que dejo que la irritabilidad domine mi cuerpo y mi mente,  aparecen espejos míos entrando por la puerta.

Dejo de ser miss simpatía para convertirme en alguien más intolerante, impulsivo, cara llena de muecas, gestos de disgusto.

Fueron varios instantes.

Me reto, me aíslo, no dejo la butaca. Miro mi escritorio despoblado. Respiro.

Nada de té hoy. Opto por buscar el placer. No debe estar escondido muy lejos.

Desde hojas nuevas, Rosa Montero me habla de duelos. Hace unas horas empecé el libro y ya me quedé con ganas de subrayar varios párrafos

Pero ahora, en el final de la tarde, el libro yace sobre el mostrador. Dejo correr las horas pensando en las cosas que estaría haciendo de no estar allí.

En un rapto de incoherencia pienso en lo desagradecida que soy, en otro rapto similar pienso en cerrar e irme. Que retroceso! Todo me resulta familiar. El malhumor, la inquietud, el querer estar en otra parte, es desear otra cosa, el que estalle algo, apretar los dientes.

Respiro.

Busco el placer. A falta de máquina de escribir, abro un Word y me lanzo al acto de escribir banalidades.

Pienso en escribir y ensayo. Hablo en voz alta y lo tipeo. Miro la hoja que comencé ayer y que fue arrancada esta mañana al venir el técnico de máquinas de escribir. Todo un tesoro en la ciudad, un personaje que ya no dejará descendientes en su oficio.

Por suerte es más joven que yo, y con viento a favor me sobrevivirá, pudiendo llamarlo cada vez que ésta se indomestique, como lo ha hecho toda la última semana.

Creo que lo que le ocurrió fue lisa y llanamente que estaba ofendida por mi largo receso. Es que me fui con los números y la dejé allí, descansando sobre el escritorio blanco con cajón azul.

Lo de los números es otra banalidad. Pitágoras, letras que son números, numeroscopios, todo para certificar que uno es como es y no otra cosa.

Mi escritorio es como un desierto sembrado de libros, un mate que hace de lapicero, un portarretratos familiar que me recuerda que alguna vez sembré hijos, hojas en blanco y en el cajón azul, hojas mecanografiadas con miles de divagaciones sobre acontecimientos de mi vida. Una vida hilvanada de hechos y con palabras.

Por fin.

Me relajo.

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