Ese temita de la nostalgia

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Pino – Beach Walk

El asunto este de invocar a la nostalgia para escribir es que se corre el riesgo derrapar.

La nostalgia humedece los ojos, afina el olfato, hace más agudos todos los sentidos y con ella se vive en riesgo permanente.

Riesgo de atesorar un pasado irrepetible, o para el caso riesgo de volver a pitar un cigarrillo justo ahora que me estaba volviendo saludable.

Si tan sólo fuera volverse nostálgico para escribir…

Me sentaría, echaría mano de ésta como si fuera un recurso extraordinario y luego de que cumpliera su cometido,  la metería en el cajón azul, junto con las hojas mecanografiadas, el saquito de té que no fue, y el estuche de los anteojos.

Entonces, luego de bajar de la cima del ensimismamiento absoluto, de danzar feliz en esta vorágine hermosa que es escribir, el nivel de nostalgia volvería a estar en cero.

Y desterrar junto con ésta olores, imágenes o sonidos que remitan a algo que no sea actual. Nada de olmos secos, algarrobos, sauces al borde del río llorando desde alguna canción, menos acordes de una guitarra o el sabor a sal en la boca, que siempre se las ingenia para viajar kilómetros vía terrestre.

Labios curvados e invadidos por olas de alegría y tristeza.

Anhelos confusos, piel de gallina, frío en la espalda.

Sensibilidad que arremete y hace que todo se vea en cuatro dimensiones. O sobredimensionado, que para el caso da igual.

No hay cajón para la nostalgia, ni manera de doblarla y acobacharla.

En caso de abandonarla se corre el riesgo de perderla para siempre.

Afuera, más allá de mi escritorio, del otro lado de la puerta imaginaria entre este ahora y la realidad,  alguien presiente que intento abandonarla y la defiende.

Todo está sincronizado, es un complot universal.

Y yo lejos de alejarla la atesoro, junto con estas ansias que me entran de camuflarme entre las letras durante estos minutos robados.

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Incongruencias

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Bev Jozwiak

Me levanto tardíamente a la mañana y automáticamente pienso en escribir. Siento que debo escribir.

Afuera la humedad imperante hace que las escenas en la calle transcurran en cámara lenta. Y aunque mi desayuno y llegada al trabajo demoran ese deseo insistente, llega el momento del encuentro con mi Lettera.

Ante la tozudez de una maquinaria vieja que se empeña en trabarse, arrojo las primeras dos hojas al piso vacío.

La imagen romántica de mis dedos tipeando incongruencias ya no es tan así a medida que la máquina de escribir se vuelve indomesticable.

Me niego a despojar una hoja más,  y mientras mis imprevistos pugnan por alejarme de la idea inicial, me concentro en la primer palabra que taladra mi cabeza: nostalgia

Pienso que para escribir no solo es necesario plasmar dos o tres frases congruentes, sino también teñirlas del ocre nostálgico que cubre muchos episodios pasados de nuestras vidas.

Algo así como el Instagram para las fotos. Esa máscara que transforma a los sucesos reales en hechos distorsionados, exagerados, aggiornados si se quiere. Hechos en los que nos  basamos para armar historias dejando muy en claro que al fin de cuentas, esas historias no nos pertenecen.

Cuanto puede haber de ajeno en un relato escrito de puño y letra, de golpe en golpe? Es como pedirle a un pintor que plasme la obra de otro y no ejecute ninguna de sus pinceladas.

En algún momento premeditado de mi trayectoria por estos lares, intenté cambiar mi versión nostálgica de las cosas por una más alegre y futurista, seguramente inspirada en un montón de bibliografía acorde que no solo me impulsaron a vivir el presente, sino también destiñeron mis ansias de expresarme por medio de la escritura. Días convulsionados, distraída tirando recuerdos amarillentos, ahogando fotos en una bañera, desarmando cuadernos con recortes de poesías de una adolescente aprendiz.

No hay nada más sensato para un recopilador de historias, propias o ajenas, reales o disfrazadas, que nutrirse de la nostalgia. Y aunque es tarde para revolver entre naves quemadas, no es tarde para remontar historias anidadas.

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Una mujer en el mercado.

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Monica Castanys

Sábado por la tarde. Casi siempre es sábado. Una rutina más entre miles de rutinas.

Las góndolas esperan repletas, alineadas, formando pasillos temáticos que huelen distinto.

La mujer entra arrastrando la puerta vaivén que dejará a su alma fuera.

No hay lista.

Los mecanismos repetitivos para los que está preparada, la hacen prescindir de una lista. Repetitivos y mecánicos. Así son los pasos y los movimientos.

Ve gente y en realidad no ve a nadie. Escucha murmullos de charlas ajenas, risas lejanas pertenecientes a otras felicidades. Parejas prontas a llenar alacenas, niños embadurnados con confites de colores, una viejita apoyada en el carrito de compras, un señor que se queja de los precios, un tomate que se cae y de pronto ella que se encuentra reflejada en el espejo que cubre la sección de la verdulería.

La imagen le devuelve unos ojos café profundo y húmedos, recostados sobre aureolas oscuras y perfectamente redondeadas,  que completan las sombras de un rostro sin expresión.

Esta –la imagen-, intenta decirle algo pero sólo emite un sonido gutural y ahogado.

Ella –la mujer-, casi suplica que se calle, mientras una lágrima escapa de su ojo izquierdo y se lanza hacia el mentón pasando por la mejilla.

Todos los mecanismos de defensa y los escondites tan bien atesorados durante la semana, se volvieron obsoletos en el mismo instante en que el alma,  abandonada adrede detrás de la puerta vaivén del mercado, se colaba para fugarse a la verdulería y hacerle una jugarreta la mujer adormecida.

Ese sábado se repitió durante muchas semanas.

Un encuentro obligado, un reflejo ríspido, un choque, un breve despertar.

Un ritual, en donde el rímel no alcanzaba a esconder la tristeza insondable de la pupila que habitaba el ojo izquierdo.

El río de mi vida

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Río Colorado – Río Negro – Argentina

Puede ser que nacer, lo que se dice nacer – con fecha, hora y lugar- sea cuestión de destino.

 Y hasta el momento en que no emitimos nuestro primer llanto que abre la inmensidad del resto de nuestras vidas, hasta ese preciso momento, el destino ni siquiera es nuestro, sino de nuestros padres.  A ellos que les tocó al azar, tal vez, el lugar dónde naceríamos, sin preguntarse si eso significaría algo para nosotros algún día.

Me siento como esas personas que se dan cuenta que el género que figura en el documento no coincide con el género de su esencia.

Pues, digamos, tengo el mismo problema, pero con mi lugar de  nacimiento.

El metro cuadrado donde se escuchó por primera vez mi voz no me pertenece ni le pertenezco.

Fue un desamor a primera vista.

Tal vez alentado por la circunstancia de que en esas tierras, llamadas oportunamente “Distrito”, no existía el alma del pueblo o sus chusmas, sus veredas bañadas de otoño, escuelas y plazas, calles de tierra, pescadores, un río abajo, la casa de la portera al lado de la escuela, un árbol gigante de eucaliptus frente a la casa, las vías y el tren despertando a deshoras, el silencio de la hora de la siesta.

Hoy sé de dónde vengo y dónde ocurrió mi primer llanto verdadero.

De ese lugar a la orilla del río con agua pesada y oscura, por trayectos torrentosa, traicionera y acogedora. De ese pueblo que duerme en un valle a la ladera de una barda, con meses verdes, y otros con la interminable nostalgia de polvos, piedras y vientos.

El agua dulce de río cruza definitivamente mi vida y comprendo que es necesaria esta nostalgia nacida de la distancia, para poder adueñarme de un lugar de nacimiento que me pertenece tan sólo por amor. Primero. Único.