Tristeza

Luis Beltrán – Llévame contigo

Amanece el día, antes de que suene la alarma del celular.

Me siento perdida, luego de una larga noche en donde sueño la realidad. Ni siquiera cerrar los ojos me da la posibilidad de abstraerme, no tengo donde esconderme de ella. Vuelvo a ser la niña triste que fui casi siempre. Las lágrimas se me agolpan en el mismo instante en el que empiezo a caminar, acomodando pequeños detalles, ordenando, disfrazando la casa con orden.

Ni siquiera pienso, respiro como si fuera un pulmotor, mecánicamente. Lavo mi cuerpo tratando de exorcizarme. Los demonios están muy arraigados dentro de él, imposible sacarlos.

Mi alma es un gran hogar, en donde la tristeza se encuentra a sus anchas y me lo hace saber exteriorizándose todo el tiempo.

Quiero esconderme de mí misma y desaparecer.

Desaparecer para siempre sin dejar rastros. Huir y vivir sola en la miseria absoluta de la soledad.

La vida parece una mentira, o tal vez lo es porque la dejé entrar en ella, junto con miles de fantasmas que me gritan para que me rindiera.

Recomienzo, levanto la cabeza, inspiro, aspiro, respiro. Cuento para atrás y para adelante, tengo paciencia e impaciencia. La calma llega, la soledad me invade, el desamor siembra, el libro parece estar escrito ya hasta el final de los días.

Me siento una pequeña hormiga en un gran universo en donde todo me pasa de largo. La humillación sale desde mi propia boca. Soy yo la que crea y destruye, la que esquiva el camino y agarra la recta más difícil. Soy una niña triste, que no puede culpar a nadie de serlo, la tristeza me viste con un manto de melancolía y tiñe mis ojos de un color más claro, y en algún lugar eso me identifica.

Nunca sabré que es más triste, si dejar de amar o de ser amado.

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Perderse, encontrarse, caminar….

 

Caminar, perderse, hacer silencio, mirar estaciones abandonadas, recorrer lugares viejos, verlos distintos, mirarse al espejo, hablar con uno mismo, perderse, encontrarse.

Vestirse mejor, reírse de uno mismo, alejar la mufa, despejar las neuronas, perderse, encontrarse.

Siempre es más o menos lo mismo. Uno toma bifurcaciones que llevan a lugares que no estaban previstos, porque es imposible prever.

Y al que quiera prever, oh que mala noticia le tengo. Al que quiera prever, buscando adivinos de un futuro insondable, le espera eso que le prodigaron ese día, en una mesa redonda con cartas haciendo semicírculos.  Ni más ni menos, ni mejor ni peor, irá como vaca al matadero a nadar en la fatalidad del destino inconmovible.

Tomo un respiro como siempre que me paralizo, como siempre que dejo de ser yo porque estaba distraída. A la vera del camino espero el reencuentro con mi propia carcajada y con mi propio llanto, éste preferentemente mirando al mar.

El agua del charco de las lluvias de un día de estos, devuelve mi imagen tergiversada. Creo que son mil imágenes, mil facetas, mil muecas. Agito el agua y trato de que se unifiquen para reconocer si el contorno es al fin redondo, alargado o tal vez para ver si el aura se refleja también o es puro verso.

Puro verso es el que no me sale. Inicio la escritura automática, automatizada. La mano yace medio muerta apretando las teclas del ordenador. Las palabras se juntan sin decir nada.

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