Si al fin el pronóstico es sólo una sensación…

Diane Millsap

Es difícil ser el señor del tiempo.

Vaya si lo es.

Acariciar mapas lisos y azules.

Delinear climas que no alcanzan a sentirse.

Porque no es lo mismo veinte grados en Capital que en Ushuaia o Misiones.

Mientras unos sienten apenas una briza que se cuela entre la humedad,

Los del sur apenas si pueden moverse sin sudar y doña Rosa en Misiones

Probablemente amanezca con una mañanita sobre sus hombros.

El señor del tiempo canta decepciones,

Promesas de lo que será,

El corazón cálido u oprimido,

La lluvia molesta y el agua que brota debajo de las baldosas.

El olor de la humedad que aspiran los enamorados

Mientras corren bajo el agua riendo a carcajadas.

El viento que termina por derrumbar al otoño,

O que manda a volar pétalos y alergias en primavera.

El que marea navegantes y pasea soñadores

Que vuelan en globos aerostáticos.

Diane Millsap

Al menos una vez por semana el señor del tiempo miente.

Baja la humedad y suaviza la tensión que ejerce el sol sobre el asfalto.

Sujeta al viento hasta convertirlo en briza.

Redondea sensaciones térmicas y hectopascales.

Acaricia el fondo azul y guiña un ojo.

Si al fin el pronóstico es sólo una sensación

De cómo podría usted sentirse mañana.

El dice que bien y ambos sonríen.

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Como quien baja una escalera agarrado de la baranda.

ESPEJISMO NEOMODERNISTA CON ALMENDROS - ALEX AMELA

Hay tardes que se convierten en eternidad

Tal vez fue el aroma que volvió a mí, unos años después, en una esquina de otra ciudad.

El olor era marrón, y tenía gusto a almendras envueltas en hojas de parra resecas por el otoño.

La luz del sol caía perpendicular, acariciando los adoquines  del cordón de la vereda.

Casi no lo vi.

Lo sentí.

Una fragancia alimonada rodeaba al anciano alto de lentes.

Levanté la vista y clavé mis ojos en su mirada verde musgo.

Nadie dijo nada.

Lo sé porque escuché el silencio previo al tumulto de recuerdos que me envolvió como un remolino.

El, alto y joven.

Yo, ágil y delgada.

Gastando adoquines con nuestros pasos en una tarde almendrada y llena de esquinas en otra ciudad.

El amor era tan nuestro como lo eran las farolas de la plaza del centro, llena de artesanos y bailarines descarados, que abrazaban la tarde contoneando las caderas.

Era todo tan suave y tan etéreo.

Creíamos que el tiempo estaba de nuestro lado, y que iríamos tomándonos de él como quien baja una escalera agarrado de la baranda.

La joven que se escondía dentro mío miró al anciano, que desorientado, sólo atinó a preguntar la hora.

BOSQUE VIENTO HOJAS Y FLORES  - ALEX AMELA

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Buscando hojas amarillas mecanografiadas.

Spring Street Signage by Patti Mollica

Entre mi biblioteca y la de mi padre hay varios abismos. De chica me acercaba a sus libros sólo para olerlos y pasar mi mano por sus tapas duras. De encuadernación perfecta, me llamaba la atención el entramado que en la parte interior del lomo unía las hojas. Nunca leí más allá del índice o de las letras doradas de los títulos.

Hoy no recuerdo la temática de los mismos, pero sí la alineación casi perfecta en la estantería, o al libro olvidado en la mesa ratona cerca de una taza de té.

Tal vez me enamoré del acto silencioso, solitario e introspectivo al que obliga la lectura. Una relación absolutamente monogámica entre mis dedos y las hojas, entre mis ojos y las palabras.

El ritual de andar con libros por doquier, doblar los extremos de la página para señalar, firmarlos al inicio y desear que se borre la editorial o el año de impresión, pero nunca la propiedad o el momento de apropiación. La firma estampada junto a una nota que dice que el libro lo ha elegido a uno, saltando desde un escaparate y rogando para que me lo llevara.

Deli in Tribeca by Patti Mollica

Cruzando el abismo está mi biblioteca, que vive lejos de la filosofía y de los autores de culto, lejos de Borges y de Rayuela, obviando prosas y poesías. Plagada de historias mínimas, autores desconocidos, tapas blandas, desorden temático, calles de mi niñez, frases cursis y alentadoras.

Mis libros son como las hojas caídas de otoño, todas del mismo árbol, jugando en la vereda y adquiriendo diversos matices.

Aún en los libros que he abandonado hay una oración que me pertenece.

Sueño con unir todas esas oraciones en un nuevo libro de tapa blanda, letras rústicas y hojas amarillas mecanografiadas.

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Tristeza

Luis Beltrán – Llévame contigo

Amanece el día, antes de que suene la alarma del celular.

Me siento perdida, luego de una larga noche en donde sueño la realidad. Ni siquiera cerrar los ojos me da la posibilidad de abstraerme, no tengo donde esconderme de ella. Vuelvo a ser la niña triste que fui casi siempre. Las lágrimas se me agolpan en el mismo instante en el que empiezo a caminar, acomodando pequeños detalles, ordenando, disfrazando la casa con orden.

Ni siquiera pienso, respiro como si fuera un pulmotor, mecánicamente. Lavo mi cuerpo tratando de exorcizarme. Los demonios están muy arraigados dentro de él, imposible sacarlos.

Mi alma es un gran hogar, en donde la tristeza se encuentra a sus anchas y me lo hace saber exteriorizándose todo el tiempo.

Quiero esconderme de mí misma y desaparecer.

Desaparecer para siempre sin dejar rastros. Huir y vivir sola en la miseria absoluta de la soledad.

La vida parece una mentira, o tal vez lo es porque la dejé entrar en ella, junto con miles de fantasmas que me gritan para que me rindiera.

Recomienzo, levanto la cabeza, inspiro, aspiro, respiro. Cuento para atrás y para adelante, tengo paciencia e impaciencia. La calma llega, la soledad me invade, el desamor siembra, el libro parece estar escrito ya hasta el final de los días.

Me siento una pequeña hormiga en un gran universo en donde todo me pasa de largo. La humillación sale desde mi propia boca. Soy yo la que crea y destruye, la que esquiva el camino y agarra la recta más difícil. Soy una niña triste, que no puede culpar a nadie de serlo, la tristeza me viste con un manto de melancolía y tiñe mis ojos de un color más claro, y en algún lugar eso me identifica.

Nunca sabré que es más triste, si dejar de amar o de ser amado.

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Perderse, encontrarse, caminar….

 

Caminar, perderse, hacer silencio, mirar estaciones abandonadas, recorrer lugares viejos, verlos distintos, mirarse al espejo, hablar con uno mismo, perderse, encontrarse.

Vestirse mejor, reírse de uno mismo, alejar la mufa, despejar las neuronas, perderse, encontrarse.

Siempre es más o menos lo mismo. Uno toma bifurcaciones que llevan a lugares que no estaban previstos, porque es imposible prever.

Y al que quiera prever, oh que mala noticia le tengo. Al que quiera prever, buscando adivinos de un futuro insondable, le espera eso que le prodigaron ese día, en una mesa redonda con cartas haciendo semicírculos.  Ni más ni menos, ni mejor ni peor, irá como vaca al matadero a nadar en la fatalidad del destino inconmovible.

Tomo un respiro como siempre que me paralizo, como siempre que dejo de ser yo porque estaba distraída. A la vera del camino espero el reencuentro con mi propia carcajada y con mi propio llanto, éste preferentemente mirando al mar.

El agua del charco de las lluvias de un día de estos, devuelve mi imagen tergiversada. Creo que son mil imágenes, mil facetas, mil muecas. Agito el agua y trato de que se unifiquen para reconocer si el contorno es al fin redondo, alargado o tal vez para ver si el aura se refleja también o es puro verso.

Puro verso es el que no me sale. Inicio la escritura automática, automatizada. La mano yace medio muerta apretando las teclas del ordenador. Las palabras se juntan sin decir nada.

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El retrato de Clarise

Un día cualquiera del año 1945 en Roma, Giorgio de Chirico, retrataba a la escritora Clarise Lispector.  Y al respecto decía: “Podría haber pintado interminablemente este retrato, pero temo estropearlo todo.”

Pienso en el cuadro que aún no he visto,

Retrato consentido de un rostro estático.

Me la imagino absorta,

Nadando en millones de palabras absurdas,

Que ante una mínima oportunidad

Terminarán hilvanadas

El líneas horizontales,

Formando párrafos distanciados entre sí

Por siete pasos de silencio.

La palabra y la soledad,

La lejanía absoluta con el medio

La  lengua y la tierra.

Luces y sombras de Roma

Dando un perfil insospechado,

Develando pasiones ocultas.

Es el alma del pintor que las lee

Fijando sus pupilas

En las comisuras de sus labios

Y estampando con el pincel

Lo insondable.

Yo

Es allí a donde voy, de Silencio – Clarise Lispector

“Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy. La punta del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espalda magia: es allí a donde voy. En la punta del pie el salto. Parece historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy. ¿O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Te espero. Es allí a donde voy. En la punta de la palabra está la palaba. Quiero usar la palabra “tertulia”, y no sé dónde ni cuándo. Al lado de la tertulia está la familia. Al lado de la familia estoy yo. Al lado de mí estoy yo. Es hacia mí a dónde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adónde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después de todo es real. Y el alma libre busca un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien me dirá con amor mi nombre. Es hacia mi pobre nombre adónde voy. Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa. En la extremidad de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamenta. Pero la que canta. La que dice palabras. ¿Palabras al viento? Qué importa, los vientos las traen de nuevo y yo las poseo. Yo al lado del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto. Oh, cachorro, ¿dónde está tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente. ¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros. “

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Cuadrados, cuadrados….

Dancing in the water – Maxine Price

“Yo misma he vertido ayer una lágrima,

Dios mío, cuadrada.”

Alfonsina Storni

Cayó como un dado sobre la mesa,

Dejando al descubierto

Un punto negro.

El vacío.

Un túnel existencial

Que une el final del comienzo.

Lágrima cuadrada

Que hirió al ojo derecho de muerte.

Otro final,

Un parto expulsando con hastío

Algo parecido a un sentimiento.

Y sin más,

El corazón decreta desarraigo

Y decide abandonar el cuerpo

Y matarse allí,

Junto a la huella oxidada de la lágrima,

Que fue dado, túnel y vacío.

Yo

West Texas sunset Maxine Price

“Cuadrados y ángulos 
Casas enfiladas, casas enfiladas,
casas enfiladas.
Cuadrados, cuadrados, cuadrados.
Casas enfiladas.
Las gentes ya tienen el alma cuadrada,
ideas en fila
y ángulo en la espalda.
Yo misma he vertido ayer una lágrima,
Dios mío, cuadrada”.

Alfonsina Storni 

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