Desear mucho y pedir hasta el infinito.

Amy Lind –  Mark of a mother

Qué es desear?

Cuánto es mucho?

Dónde queda el infinito?

Si es sobre desear el tema, descubrí esa palabra en alguno de los libros amarillentos de la biblioteca. Es imposible que no hubiese estado ni una sola vez presente en alguno de ellos.

Los escritores, desde el más pequeño hasta el más iluminado nacen con deseo. Deseo por succionar y luego escupir. Algo así como un toma y da que genera historias que nacieron de un deseo

Tal vez fuera eso, simple y llano. En mi nacimiento sólo hubo expulsión, una obra del deber por fin acabada. Y ante el primer instinto por succionar y desear, otra vez el deber y el poder, como una barra de acero que indica que de crecer hay que hacerlo derecho.

El deseo es un estorbo, o eso al menos decía el eslogan en la etiqueta de la barra de acero.

Aprendí a patearlo pa’ delante, y menos mal que mi deseo era redondo, para así poder seguir pateándolo hasta el infinito. Sería mucho?

Cuánto es mucho o demasiado? Mucho deseo o mucha distancia?

Hubo un día, por allá atrás, con una hora en particular. Fue cuando perdí de vista la pelota., que un poco abollada de tantas patadas se disfrazaba de capricho disparatado, cosa totalmente inaceptable siendo de derecha con  objetivos mediatos de la mediocridad.

Pero la hora pasó, también el día y las estaciones.

Y aunque sigo pateando deseos, al menos ya sé dónde queda el infinito

Amy Lind – By the Window

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Y qué hacemos ahora.

Llévame contigo – Luis Beltrán

Y qué hacemos ahora

Que el otoño cerró sus puertas

Dejando al desnudo

El alma y sus miserias.

Traéme la manta,

Esa de telar,

Y auyentá

Todos los miedos y escalofríos.

Mirá:

En el cuarto de al lado

El amor se mece.

Alcanzás a oír un susurro?

Son las canciones de cuna

Que ya no nos pertenecen.

Es el amor que se escurre.

Es el invierno sin sopas, ni leños

Ni mantas de telar,

Que se filtra por tus pupilas.

Y que hacemos ahora

Atrapados por tanto frío?

Yo

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Desarraigo

Corre – Luis Beltrán

Soledades anidadas con una cinta amarillenta

En la calle peatones desconocidos

Un enjambre de hombres grises y mujeres de tacos altos

Tratando de ganarle al tiempo.

El sol distante y oculto

Detrás de los oscuros edificios de hormigón.

Escucho al río,

Sus aguas lamiendo las piedras

Y el roce de los sauces con el viento,

Lejos, donde lo dejé

A millones de años luz del concreto

Y de carteles de neón automatizados.

Corro la cortina queriendo no ver.

Adentro

Música en una lengua que no me pertenece,

Pone en alerta a mis sentidos.

El invierno navega sus últimos días,

Y la primavera se avecina

Despojada de jazmines y violetas.

Lo miro,

Sentado en el sillón

Hundidos ambos, con los ojos secos.

Intento ver en él,

Alguna de las letras que me lleve a mi hogar.

En vano.

Todo lo que nos unía no cabía en las maletas.

Sonrío tristemente y pienso en el río,

Su corriente y en lo que fue nuestro,

Inevitablemente muriendo en el mar.

Yo

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Prefiero amor, amar.

Goyo Dominguez

Amar…. Amo.

Las líneas, las formas, el andar.

La nostalgia de recuerdos que aún no existen.

El mar cobijándose en una bahía.

El sueño de una noche de verano en la playa.

La fruta madura descolgándose de las plantas.

Los caminos vecinales empapados de canto rodado.

Mi lapicera con tinta negra.

Las carcajadas de mis amigas.

El futuro incierto despojado de promesas.

Las gaviotas saludando con sus alas.

El sol acariciando mi nuca.

Las piedras jugando con la espuma de las olas.

Las especias añorando a los utensilios.

Tu presencia en mis sueños.

El jazz, el cantautor y la cocina de autor.

Las páginas en blanco esperando ser llenadas.

Las algas enredándose en mis pies.

Las plegarias que se cumplen.

Las risas frescas de los chicos.

La verdad.

Las frases de amor olvidadas en un armario.

El pacto pre acordado con la soledad.

El lienzo acariciado por un pincel rojo.

El amor que aún sabe que es amor.

El olor a los libros, viejos o nuevos.

Las sábanas empapadas en la brisa de la mañana.

El silencio cómplice.

La cuerda de una guitarra acunando la tarde.

El sonido alegre de tus vocales.

Tararear por que sí.

Recorrer miles de kilómetros en un instante.

Bailar salsa, rock, lentos, bailes de salón.

El murmullo del río que se regocija con las caricias de los sauces.

El otoño que anida en amor del verano.

Hacerte reír.

El final empalagoso de una película.

Mirar a tus ojos sin pestañear.

Correr ganándole al viento.

Nadar en un río dulce y verde llamado El Durazno.

Seguir amando a los que fueron.

Amo mi cuaderno de notas.

Que me recuerdes como realmente fui.

Descubrir un gesto nuevo cada día.

Lo espontáneo y natural. Lo que es.

Ser querida, leída, observada.

Tu caligrafía detenida en un papel amarillento.

Las postales de lugares a conocer.

El abrazo fuera de circunstancia.

Tu alma detrás de un cuerpo desconocido.

Los sueños renovados de mi juventud.

Las hojas caídas del calendario.

Las lágrimas que no vuelven a ser derramadas.

Mi nombre fuera del árbol genealógico.

Los capullos de ese mismo árbol.

A mis hijos, y a los hijos de mis hijos.

El hilo del sol bordado en tus pupilas.

Que mi recuerdo te haga cosquillas.

Amo la poesía, los acordes del viento.

Ser cobijada después de hacer el amor.

Las sorpresas esperando en la boletería de la terminal.

El sonido de un mensaje.

Los mensajes en una botella.

Las frases cursis con imágenes paradisíacas.

Hacer balance y estar a favor.

Poder vivir con poco.

Lo fantástico de ser una fantasía.

Creer en milagros.

Creer en mí. Seguir apostando.

Amo la valentía con la que callas para mantenerme viva en tus sueños.

Yo

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Una llave

Parisian Keys I Marc Olivier

Una llave

Cajones. Puertas cerradas. Baúles. Cartas secretas.

Besos olvidados. Pañuelos bordados. Puntadas de luz en la obscuridad.

Caligrafía tierna. Estampillas amarillentas.

Largos pasillos detrás de la llave que abre la puerta.

Crujidos. Tierra. Moho.

Silencios. Arrebatos escondidos.

Un jardín encantado en el sótano.

Carpetitas tejidas a crochet.

Una biblioteca naciendo de la pared.

Instantáneas. Una biblia gastada.

Botones olvidados. Postales del verano.

La torre Eiffel durmiendo sobre un lienzo.

Herramientas oxidadas. Hojas secas de una parra.

El menú de un bar.

Notas de amor en brillantina.

Afuera o adentro.

Herrumbre u olor a hierbas.

El pasado y el presente enmarañados.

Una llave. El futuro.

Yo

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El último vagón

Fotografía Luis Beltrán www.luisbeltran.es

Sonó el silbato del tren

Y fue un alivio

El silencio estaba matando abruptamente

La nada que quedaba suspendida

En lo que era un pasado sin olvido

Desee subirme al tren

Y escaparme a otro destino incierto

Con la ilusión de que varios chaparrones

Terminaran de liquidar tintas amargas

Y labios desiertos.

Otra vez el acordeón desangrándose

Tratando de rescatar a un tango

Famélico y hambriento de lágrimas.

El tren pasó y se convirtió

En promesa incumplida

Al igual que nosotros.

Llueve mucho.

Llueve en la cocina.

Llueve bajo la cama

Y sobre el escritorio de la sala

Quedaron humedecidas

Las promesas de ayer.

El tren quedó en el olvido

Y nuestra historia en el último vagón

Sólo con pasaje de ida.

Yo.

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Sin una palabra

Joan Miró

Me desperté, como casi siempre, despreocupado y liviano; sano y turgente.

Anhelando la llegada de un día sin sol para poder recibirlo, tal vez mañana, con más expectativas,  como una novedad o como una sorpresa.

Pero ahí estaba, insistente y testarudo, dorado, acalorado y furioso; implacable y soberbio, sabiéndose un dios.

Sobrevivir a mí mismo no era nada. Sobrevivir sin tinta, ni papel, o cualquier otro elemento que me permitiera acariciar la palabra me estaba matando.

El espejo del agua me devolvía mi propia imagen: arrugada, reseca, desgastada, endurecida y resignada. Probablemente mi edad rondara los ciento veinte años, algo así como una eternidad repleta de soledades, a un abismo de una vida con un libro, un renglón, un anotador, una caricia, un malbec haciendo remolino en la boca, una pelea o una reconciliación.

“Hoy día de expedición”, me dije y salí a recorrer unos kilómetros hacia el este. La excursión duró varios días con sus noches, pernoctando en lechos confeccionados con diferentes hiedras, disparando instantáneas con mi retina y descubriendo que los insectos eran siempre más de lo mismo.

Al quinto día, me intrigó un pozo situado en el centro de una pequeña arboleda. El pozo era sumamente redondo y tenía en su interior un poco de agua, la cual seguramente se había devorado a la tierra que lo cubría. El sol se colaba por el anillo que formaban los árboles en la altura. Y allí abajo, brillando, el destello verde de una botella. Mientras caía la luz y el día se me escurría de las manos, yo seguía indeciso, estupefacto, sin saber qué hacer con el hallazgo.

Y si la rompía y el papel que estaba dentro se desintegraba? Y si era un mensaje de alguien más que aún vivía? Y si me pedía socorro? Estaba yo preparado para eso? Y si lo que leía finalmente trastornaba lo que parecía hasta entonces una apacible existencia? Después de todo, lo que otrora había conocido como real estaba muerto.

Dormí mal por primera vez en mis últimos largos años. Al alba, la botella seguía allí, verde y desafiante.

Los  miedos viajaban desde mi cabeza hasta mis manos y con movimientos  torpes y sin pensar más, la asesiné estrellándola contra una roca.

El papel yacía intacto, con múltiples dobleces y rodeado por infinitos fragmentos de vidrios opacados.

Lo seguí mirando como si fuera a desplegarse sólo.  Me acerqué de a poco, sin hacer ruido, casi sin respirar. Y con la misma delicadeza con la que hubiera tocado a una mujer de haber existido, lo abrí lentamente, pliegue por pliegue.

Y sin querer lloré, no por lo que leí, sino por ella: la palabra, que intacta me miraba desde el papel como si nunca nos hubiésemos separado.

La acaricié, la acuné y la llevé conmigo de regreso.

Por fin, ya no estaría más solo.

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