Un día perfecto

Carl Larsson “Sunday Rest”

Madrugada. Mis pies descalzos yacen sobre el piso de la cocina. El alba se ciñe sobre los álamos dispuestos en hilera al borde del canal. Mis pies que despiertan con el frío de los mosaicos y de allí en más, todos mis sentidos se van alertando. Sentí su olor, antes siquiera de verla: la reina de la cocina. Mi estomago crujió de satisfacción pensando en el mediodía y en un plato humeando el verde aroma de la albahaca.

Los utensillos forman un coro de ruidos: la pava, la cucharita contra la taza, los leños de la cocina, tapas y tapitas, tarros, sillas corriéndose, risas y manos buscando el azúcar: arena blanca y dulce, brillante y fiel compañera del mate, ensaimadas y quemaditos, alegre transporte de hormigas trabajadoras.

Llega la hora del recorrido por la quinta, frutos maduros, aguas, surcos, semillas de futuros manjares, me acompañan un sequito de mascotas mientras yo la busco con su piel rugosa pero suave, y la encuentro radiante a punto de caer de su rama. Dócil la mandarina abre y muestra sus gajos, siento su elixir deslizarse por mi boca y muero de amor.

Walter I. Cox “Wine for Two”

Ya de vuelta, la sombra del alero me atrapa y me acuno en la hamaca, mientras mi vista juega con los colores del piso, mosaicos con cuadros y triángulos caprichosamente alistados. Me paro, me ubico y voy caminando por una hilera saltando de dos en dos como cuando era chica y acortaba el camino hacia la escuela.

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