La cruzada del placard

Judy Drew
Australian
1951-
Symphony in Red

Mientras voy dando pasitos hacia mi nuevo emprendimiento laboral, mis días carecen de horarios de “esos”: tengo que, debo que, abro a tal hora, cierro a tal otra.

Los horarios con los que convivo son puestos por mí y están muy lejos de ser forzados o de manifestarse a punta de pistola. Hay días que cierran y veo que avancé mucho y otros que simplemente pasaron. Pero esta vez estoy decidida a dejar que el chocolate se derrita en mi boca.

Mientras mi vida cambia porque así lo quise el día en que me animé por fin a tomar la decisión de vivir de otra cosa, he dedicado un par de domingos a la liberación del placard y demás cajones. Consiste en una especie de cruzada por las habitaciones tratando de descomprimir ropa, dejando entrar el aire, pasando la aspiradora y lo más bello para mí personalmente: dejando ir.

Elemento principal para la tarea: bolsas de consorcio.

A pesar de que tengo la idea de que estas actividades las desarrollo una vez por año más o menos, creo que pasaron un poco más de 365 días de la última vez que hice semejante cosa. Posiblemente haya acomodado un poco por arriba y descartado alguna remera manchada, pero no más que eso.

Para ser sinceros la última gran redada del orden fue luego de mi separación: paso ineludible para que no queden vestigios en la casa de la presencia de la otra persona y también es un paso directo a la apropiación del otro lado del placard.

First of all: vaciar el lugar: si es cajón volcarlo íntegro sobre la cama y luego volver a poner las cosas que sirven, no están rotas y tratar de ordenarlas temáticamente. Los cajones de la mesa de luz son terriblemente coleccionistas, y van a parar allí desde monedas, tickets, tarjetas hasta gotas nasales.

Luego está el placard: el sector de las perchas también sacarlo absolutamente todo fuera, dejando las perchas por un lado y la ropa por el otro. Y aquí viene lo bueno.

Personalmente soy una persona que tiene varios talles para usar en el transcurso del un año. Por suerte no solo he engordado, a veces he adelgazado también. Entonces mis pantalones varían entre tres o cuatro talles, los cuales los voy eligiendo de acuerdo al apetito de mis caderas. Pero seamos realistas: encontré un par de jeans que eran hermosos hace cuatro o cinco años, tal vez seis – si hago más finamente los cálculos descubro que hace diez años que los tengo-, los dejé colgados porque son los que uso esas ocasiones que pierdo gran peso: termino con la nutricionista y me los pongo. Por el estado óptimo en el que están los debo haber usado tres o cuatro veces lo cual afirma la teoría de que una vez que uno descendió mucho de peso, luego viene la etapa en la que recobra un par de kilos, en donde si uno no se bandea se estaciona allí y punto.

Volví a mirar los jeans, me miré en el espejo. Mi cuerpo y yo estamos reconciliados desde hace algún tiempo. Paradójicamente no nos amigamos en un estado ideal: no cintura, presencia de rollos, efecto de gravedad y la balanza que acusa un número que no me gusta para nada. Me encantaría pesar tal vez seis kilos menos –ni hablar de diez- , pero también me gustaría conservar el estado mental que tengo ahora, no histeriquear con la comida, poder tomar cerveza cuando quiera, y dejar de vivir restringiendo: he corroborado que la psicosis de la restricción arranca con la comida y sigue con el dinero, el sexo o cualquier otro placer al que haya que cortarle la cabeza. Ya llegará el momento de pijotear, por ahora nones, y de paso le hago honor a las frases de nuestro poeta Arjona en su himno  Señora de las cuatro décadas.

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