La pava

Baltus – Girl and cat

Dejé el zaguán detrás de mí, sintiendo la puerta arrastrarse pesadamente

mientras emitía el mismo quejido de todas las mañanas.

No quise quejarme yo también, después de todo ya estaba libre,

caminando bajo la sombra pobre de los sauces que lloraban sobre la avenida.

Un rato antes la había ligado la pava, la de acero inoxidable,

que hueca de agua temblaba sobre la hornalla.

El último grito que escuché antes de lanzarme fuera contenía varias veces la palabra pava,

por lo que supuse que ésta y yo teníamos el común no sólo el nombre

sino también tanto vacío en la panza y en el alma.

Al cruzar las vías, en la plazoleta de las dos hamacas,

me encontré con otra cara joven ajada. Juntas caminamos hasta la escuela,

en donde en una carrera de obstáculos saltamos airosas todas las burlas.

En el salón, el chillido de la tiza dictatorialmente afirmaba:

Hoy es un día soleado.

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Autorretrato

Perro enterrado en la arena – Goya

Para hacer el retrato de un perro

Primero que nada tengo que registrar la obra:

Autorretrato.

Pondré el lienzo en el piso

Y pasaré varias veces del salón al pasillo

Donde frente al espejo

Lameré mi propia imagen reflejada

Tratando de que se grabe en algún lugar libre

Entre mis ojos y mis orejas

Con tan perfecta instantánea

Cojeré entre mis dientes el pincel

Con el que haré un solo trazo curvilíneo

Será mi lomo?

La cola?

Mis saltos?

O la sonrisa de mi amo?

Yo

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Retrospectiva

Malcolm Liepke “Seated Profile”

Cuando mis ojos lograron adaptarse por fin a la penumbra, pude tener un panorama de la estancia. En otras épocas hubiese entrado a obscuras, y aún así esquivado airosamente cada mueble de la casa, adivinando el acceso al pasillo y encontrado en la cama el destino final a cualquier día de mi vida anterior.

Mis ojos gastados danzaron unos minutos con el lugar polvoriento y los pisos rasgados.

Sobre la mesa algunas huellas indicaban el paso de un felino que se había colado por el ventiluz del baño. Tal vez asustado por tantos recuerdos flotando había volcado lo que antes era un centro de mesa: una copa sucia con un esqueleto de tallo sediento y agrietado.

El otoño había dejado marca dentro de la casa, instalado infinitamente y sin percatarse que afuera el olor a jazmín luchaba por entrar.

Me senté y jugué un rato con una caja de cartón abandonada sobre una bandeja. Soñé despierta con que al abrirla el brillo suplantaría al polvo y los días del ayer se estirarían hasta mañana.

Nunca supe si me faltó o sobró coraje, lo cierto es que cerré la puerta para nunca más volver.

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Impar


El Arca de Noé – Lissandra Neiley Molina

Me acurruqué como pude, en el último rincón del Arca, juntando mi hocico con mi cola, como hacía cada vez que me sentía abandonado.

Mi jornada había empezado como termina un cuento de hadas: maravilloso, feliz, soleado. Revolcando mi lomo en extensos prados, mordisqueando el cuello de mi compañera y levantando mi hocico cada tanto para aspirarlo todo, como si el todo se fuera a terminar.

No lo pude advertir. El diluvio barrió mi totalidad y alguien me rescató de la eternidad de la muerte.

Y allí estaba, viviendo el frío y tiritando soledades.

El único entre tantos pares.

Yo que había nacido para ser dos, estar a los pies, lamer la mano, mover la cola, esperar y recibir.

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