Mesa para uno

Jack Vettriano – Table for one

Este último tiempo estaba confirmando que es mejor estar solo que mal acompañado, y lo estaba poniendo en práctica estoicamente, hasta el punto tal de disfrutar tanto de mi compañía que no había competencia en el horizonte.

Lamentablemente –a veces- uno flaquea, y dice ¿por qué no?

La cita tuvo lugar un miércoles a las diez de la noche. El señor en cuestión es un visitante ocasional de la ciudad: un viajante. Esa raza extraña que vive yendo y viniendo por varias ciudades según la zona que le toque. Para remitirlo a otros tiempos, los viajantes serían ahora parientes muy cercanos de los antiguos marinos, esos que tenían una novia en cada puerto.

Este marino en cuestión venía haciendo camino desde hacía diez años, y no sé por qué cazo ese miércoles se le ocurrió que podíamos “hacer algo” juntos. Obviamente interpreté hacer algo como tomar algo, cenar o salir. En fin, sin dejar mis proyectos del miércoles de lado acordamos una cita para las diez de la noche, momento en que yo me desocupaba.

Primer error: el marino me pidió que lo pasara a buscar por el hotel. Dejé pasar el error y acudí al lugar haciendo caso omiso de la primera señal en el camino.

Segundo error: el marino no tenía nada proyectado, no lugar, no hambre, no sed. Ante el hermoso panorama de un hombre dubitativo sentado en el asiento del acompañante de mi auto, y careciendo mi auto de un sistema de eyección automático, decidí tomar las riendas –conste que ya estaba haciéndome cargo del volante-, y dirigirme a un restaurante ni muy muy ni tan tan.

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Al final de la rotonda

Genevieve Jost  – Liberté

Me ha llevado toda la vida llegar hasta aquí.

Esta es la frase –favorita de muchas películas de amor- que me vino a la cabeza cuando llegue por fin a mi destino: Tandil.

Pero empecemos por el principio. El sábado amaneció tranquilo, breve remoloneo en la cama, desayuno extendido, orden en la casa y preparativos de viaje corto, estamos hablando de una hora cuarenta o dos con toda la furia, dependiendo del tráfico.

Recordando que una de las cuatro gomas del auto hacía tiempo que se resistía a contener todo el aire, lo llevé a la gomería que tengo frente a casa. Luego de un leve cruce con el propietario, quien me pareció que se quedó con la impresión de que yo desvariaba con el asunto de la pérdida, se constató que efectivamente existía, hubo cambio de válvula, cuarenta pesos en el intercambio monetario y listo el asunto.

El siguiente paso era preparar música para escuchar en el camino, elegí a mis amigos cantautores –lejos la decisión mas acertada del dia- , los   ordené por carpetas en el pen drive, y luego de preparar una muda de ropa y pasar por estación de servicio ya estaba lista para la ruta.

Lo último que recuerdo del placentero viaje es que Aute cantaba el Aleluya Nº5, me reí un poco con la combinación entre religiosa y lujuriosa de la letra – “condéname por los siglos de los siglos a vivir clavado a tú carne apasionada”– , y antes del último aleluyaaaaa me detuvo un control caminero apostado en una rotonda previa a Juárez, casi exactamente mitad de camino hacia mi destino.

El control estaba comandado por dos mujeres. Debí pensar al instante que esa era una mala señal para mí, ya que ninguna mujer sobre la tierra me quiere a mí de buenas a primeras. O tal vez estaba equivocada, les causé tanta sensación que quisieron tenerme casi toda la tarde en el símil destacamento al costado de la ruta.

Ante el pedido del papeleo de rutina que uno debe llevar encima en el auto, me dispuse a buscarlo, y es así como oh sorpresa, me había faltado subir el último comprobante de pago del seguro. Podría haber remarcado que llevaba las luces prendidas, el cinturón de seguridad ajustado, el botiquín de primeros auxilios y un matafuegos en el baúl. Pero hubiera sido una pérdida de tiempo. Querían a toda costa ese papelucho o mi cabeza.

Bien, a continuación mi cabeza.

Una de las cosas que debemos agradecer por estos tiempos es el uso de celular, tenerlo encima, tener crédito y que esté con la batería cargada.

Plan A: llamar a la compañía de seguros para solicitar remitan un fax a la comisaría de la ciudad situada unos seis kilómetros de donde yo estaba. Luego de varios intentos con una computadora que no podía procesar los datos correctamente…

Plan B: llamar a una amiga, hacer catarsis, que me viniera a buscar para poder ir a buscar el papel mientras mi auto quedaba secuestrado en la caminera. Una de las cosas que más me llamó la atención fue la recomendación de uno de los uniformados de dejar el auto bien cerrado, no sea cosa que le pase algo…. Como qué?  Acaso no estaría recontra seguro en las afueras del destacamento o como se llame!!!

La ley de Murphy dice que cuando necesitás que tu amiga te atienda el teléfono no está. Haciendo caso omiso, la llamé reiteradas veces al teléfono fijo, dos móviles y al teléfono del marido por las dudas…..

Plan C: tratar de localizar a “M”, única persona que tenía acceso a mi lugar de trabajo donde residía desde hace unos días el maldito papel. Mi amiga ya había contestado las múltiples llamadas perdidas y “M”   resultó que estaba sujeta al pie de la letra a la Ley de Murphy: celular apagado, fijo no contesta, nadie en la casa.

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La lista

Tamara de Lempicka – The Model

Sentir y pensar, confirmar y hasta aseverar que todo tiene un nombre, un espacio, su causa y efecto, un por qué, un color, un sabor y una temperatura, hace que tener que confeccionar una lista de sensaciones sin nombre sea una utopía.

Qué es eso de sentir sin ponerle nombre? Si casi como usurpando la sensación o el sentir ya estamos etiquetando. Inmediatamente a la cuestión sensorial llega la fatal clasificación. Y esta tarea se ve forzada muchas veces, ubicando estas menudencias importantes en donde quede un hueco, sobre todo si no queremos ahondar mucho en el tema. Así es como algunas terminan en el cajón de la ropa interior, donde también fueron a parar en un acto de descuido pañuelos, breteles, cinturones, botones caídos y cuellitos.

Y si la sensación de casi vacío de la tarde que fue rotulada con un “te extraño” no fuera tal? Cómo se llama a eso de anhelar momentos selectamente felices sin por asomo desear volver a recrearlos?

Y al sentir emancipación mientras aún se están confeccionando las alas que nos permitirán volar?

Y al silencio de la noche que ayer fue cobijo de amargas soledades y hoy sólo trae paz?

Y a la certeza de que sucederá, “eso”, tal vez mañana o pasado, y aunque todo siga igual hoy, sentir el aroma del lugar de llegada?

Y a las caricias suaves, o a los susurros entrecortados que no fueron amor ni pasatiempo?

He de revisar mis cajones de certezas equivocadas, y así tal vez, deje que sensaciones anónimas que nacen y mueren sin pena ni nombre, caigan como caigan.

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Vanidad opacada

Carpas Koi – B. Lee

Cerré los ojos ante tanto resplandor

Ocultando mi vanidad opacada

¿Cómo suenan los carrilones en el agua?

Gritos metálicos ahogados

Entre borbotones que nacen entre las piedras

Zambullidas cada tanto

Y a lo lejos río arriba

La furia de una cascada

Apagada por el viento

El cielo mudo observa el chillido

De los insectos a salvo del agua

Un último aleteo a ras del agua

Y supe que era la despedida

Yo

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Palabras

Connie Renner

He tratado de reunir pacientemente

Algunas palabras

Pero todo es en vano

Los días desamorados

Y la rutina implacable

Atentan contra cualquier

Reunión de palabras coherentes

Si con los torbellinos de emociones

Surgían palabras

Que golpeaban como granizo en mi cuaderno

Hoy la tan ansiada paz

Se convirtió en enemiga

De cualquier manifestación escrita

Que suponga una reunión acertada

De dos, tres o mil palabras

Que no suenen a dejadez y hastío.

Yo

Connie Renner Westardly Winds

“…Todo lo que usted quiera,

sí señor,

pero son las palabras las que cantan,

las que suben y bajan.

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Huellas

Margarita Accurso

Las huellas de mis pasos

Quedaron por detrás y por delante

Y sin saber por qué

Una larga interrupción de vacío

Donde tendría que estar la intersección

Entre el ayer y el mañana

Por más que afirmara mis pies

Haciendo fuerza

Sobre la tierra esponjosa y mullida

No nacían huellas ni sombras

Ni recuerdos ni olvidos

Tan solo incertidumbres

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