Besos en la playa

Arne Westerman Lost in Thought

No se que estaba pensando, tal vez nada. Cuando aparece uno lo siente y listo. Es una mezcla de familiaridad que nos acerca con el otro en el momento menos pensado.

Mientras mi cuerpo aún me permite escribir, caminar, correr y reír, las travesuras de hace más de veinte años, me parecen dulces y no tan lejanas. Se nos presentan como una película sepia, y hay que agudizar la vista para volver a ponerle colores. Se corta y alguna que otra  parte directamente no se puede ver ni siquiera de manera borrosa, pero después la cinta vuelve a correr, y así es como llegamos hasta aquí con fragmentos de sensaciones.

Decidida a que el pasado no se acumule en mis hombros, todos los años hago limpieza. Reviso los libros de feng shui que dicen que hay que deshacerse de lo viejo para que entre lo nuevo y me dedico a tirar papeles, descartar ropa, ordenar, y cariñosamente vuelvo a anudar con una cinta algunos recuerdos amarillentos, que aunque me decidiera a desecharlos sé que no se reciclarían nunca.

Con cuidado desdoblé el bosquejo, la figura que vi dibujada en éste, me hizo recordar a mi amiga mientras lo delineaba. La sombra de una pareja se besaba y a sus pies y con la misma tinta rezaba la inscripción: “No hay olvido para un amor vivido”.

En ese momento estábamos seguras de que el amor era uno solo, y tal vez sea así, tal vez no. Espero poder escribir alguna línea el ultimo día de mi vida, para que conste que fueron uno o varios amores, o ninguno y muchos espejismos.

Por alguna extraña razón tenía la idea fija de que el otoño era el tiempo para el inicio de los amores duraderos;  y que el verano para amores más livianos, más intensos, prontos a terminar o directamente irrealizables.

El hecho de que el mar fuera el entorno natural de este romance en particular, me daba la pista de que la mezcla del agua salada con las algas marinas generaban un aroma que al entrar por las vías respiratorias causan estos efectos de marearse y enamorarse velozmente.

La cosa es que con carnes firmes y pocos años, lo vi alto y hermoso, sonriendo como solo un protagonista de novela romántica puede hacerlo: dientes blancos, tez bronceada, torso marcado. O serían los años transcurridos los que le sumaban detalles fantasiosos al hombre?

Arne Westerman Beach Kiss

La belleza entra por los ojos de una manera muy insospechada, y moldea todas las virtudes que se deslizan como helado de chocolate derretido por nuestras mentes. Las palabras dulces son nada más y nada menos que confetis de colores. Esto sumado a la inconsciencia de la adolescencia viene a ser más o menos como un paseo en un carrusel nocturno lleno de farolas blancas.

Un verano, una playa y unos arrumacos inocentes,  parecen suficientes para un corazoncito descuidado, que vuelve al pueblo a seguir viviendo de la misma manera que hasta unos días anteriores. Pero el sabor en los labios queda, el hecho contundente de que haya sido tremendamente corto y fulminante no hace más que ensoñar algo que por nuestros días es más práctico o eso al menos disimulan los que lo cuentan: dos personas que se encontraron y luego partieron uno para cada lado.

Imposible recordar como transcurrió el año, no hubo cartas ni lagrimas, sí el palito apenas dulce de un chupetín gastado.

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Lo que tarda en llegar la primavera

Mariya Konstaninovna Bashkirtseva Autumn

Muchas veces para cambiar de actitud solo es suficiente con cambiar de calzado.

Unos tacos hacen ver todo en perspectiva, y no solo por estar nosotras unos centímetros más elevadas del suelo, sino por el repiqueteo al caminar, la sensación de contonearse, la sutil sensualidad que trepa por las piernas y nos sube la autoestima.

Diana nunca usó tacos. No recuerdo tampoco que hiciera demasiado esfuerzo en destacar su aspecto exterior o maquillarse. Con cuarenta y un años vivía en el barrio de siempre, ese que está detrás de las vías, cerca del rio y más cerca aún de la capilla donde me casé con su hijo. Nos casamos de apuro, claro. Con diecisiete años me encontré viviendo en casa de mis suegros, estrenando marido y panza, dejando un amor de verano detrás y viendo a mi futuro como si fuera zumo de limón recién exprimido.

Dejando el jugo de lado, Diana estaba peor que yo. De buenas a primeras se desayunó con el abuelazgo, con “invitados” en la casa y con una nuera con la que había de todo menos química.

Lo mejor de vivir en el pueblo donde yo viví, o al menos como yo recuerdo haber vivido, es que éramos todos de la misma estatura, la ropa iba y venía en orden descendente, por peso y por estatura, se remendaba, se cocía. Se caminaba, se remojaban los pies en el rio al lado de cualquiera, y parar a ver el tren pasar era todo un placer. Los carnavales cortaban la calle principal, y los sauces lloraban todo el año remojando sus largas ramas en el agua colorada. Entre tanta piedra, barda y tierra, éramos un puñado de gente de todas partes, interactuando mientras cruzábamos la plazoleta que llevaba al centro de dos cuadras por tres.

Nunca supe como fue la cosa, si de mañana o de tarde, tal vez en alguno de los trabajos que ella tenía.  La cuestión es que paulatinamente las telas con las que cocía ya no eran color beige; sino rosas, verdes, amarillas; telas coloridas, estampadas, alegres y con vuelo. Los párpados se tiñeron con alguna sombra a tono y tal vez apareció una colonia de verbena en la estantería del baño.

Las mañanas empezaron a ser más alegres para ella y por ende para todos.  Atrás habían quedado las discusiones entre nosotras sobre como lavar los pañales de tela o el tiempo de exposición al sol para que no se pusieran amarillentos. Mientras mi hija y yo nos presentábamos en esta vida, la abuela desapareció con el vaivén de un canturreo que terminaba en el mismo instante del encuentro. Encuentro furtivo al otro lado del pueblo, otra cocina, otros sabores.

Mientras todos estábamos distraídos con el bebé, el futuro incierto y el poco espacio que teníamos para acomodarnos, la noticia llegó como una explosión nuclear que nos despertó un día de semana por la madrugada.

Ella se había ido, mi suegro iba y venía por la cocina destemplada tratando de masticar impotencia, furia y llanto. Y el resto de los hombrecitos no colaboraba con nada para aplacar la situación. A mí, que la vida siempre me pareció muy tragicómica, me costaba hacer un esfuerzo para no soltar una carcajada.

Obviamente en un principio los primeros comentarios tenían  en cada oración la palabra muerte, matar o algún sinónimo de ajusticiar y de final.

La carta con el comunicado de la desaparición yacía sobre la mesa redonda de la cocina. No haberla secuestrado para transcribirla ahora!

Imaginemos la palabra perdón y la frase no lo puedo evitar, también confusión y no traten de ubicarme.

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Entre hojas

Sandra Bierman – The garden of Eden

 

Mi patio ya está cubierto de hojas, algunas se escapan por debajo de las puertas, no importa si es la puerta trasera o la principal. Se cuelan sin permiso afirmando su presencia. Cariñosamente las devuelvo a la vereda, sin preocuparme por erradicarlas.

Creo que mis vecinos me miran mal por no juntarlas, y  de sumar adeptos iniciaría un movimiento “pro no quememos las hojas en otoño”. Cierro la puerta antes de que alguno me pida que me sume al exterminio y vuelvo a mis pensamientos.

Mientras espero que el resto de mi piel caiga junto a los recuerdos que golpean cada tanto insistentes por volver, trato de cerrar el paso a la incertidumbre, y caigo en el devaneo de relatos ajenos.

La nada aparentemente espera en el horizonte, y yo busco en los detalles diarios una chispa, un pétalo de rosa caído en la vereda o un destello en los ojos de alguien. Niego los lugares donde he amado como si nunca hubiesen existido, en un intento más por eludir el fracaso y aceptar lo inevitable.

Ante tanto vacio aparente, los cajones se van llenando de nuevas citas y frases, música distinta acompaña las horas, y por qué no alguna lectura que certifique que al menos en el papel tipografiado todo puede ser distinto.

Más de lo mismo: un amor inalcanzable para mortales terrenales se dibuja en las primeras páginas del libro decorado por círculos irregulares de varios colores. No me castiguen, fue compra compulsiva alguna tarde de sábado. En el relato ellos son hermosos –claro-, él deslumbra, ella seduce. Infaltable resulta en una buena narración que alguno de los dos dude, o haya tenido otros planes hasta ese momento, que tal un novio?,  que la vida y el corazón den un vuelco al unísono mientras ambos se mecen en alguna embarcación que se dirige hacia el atardecer del final de la vida tal y como era hasta ese entonces.

El amanecer resulta hermoso mientras ambos sortean los primeros obstáculos y saltan de las dudas a las certezas de saberse en casa.

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