“Y bien compañera, ha llegado el día….”

“….el día y la hora del último beso.

(…)

No llores querida…No hay por qué llorar.

Arréglate el pelo, toma tu manchón,

la cartera de oro, la piel de renard.

Hay un frío afuera y una cerrazón”.

El adiós – Belisario Roldán – Frag.

 

Nostalgias, viaje de vuelta – Martinez Ponce

 

El día estaba cantado. Otra vez la obsesión aparecía en mi camino como si fuera miel derramándose sobre una tostada de pan integral. Dedos pegoteados sumados al calor del día, sin poder disfrutar la dulzura de lo básico.

Me senté en la cocina y leí de un tirón un libro de testimonios de gente sola, gente buscando, gente encontrando, gente obsesionada, en definitiva gente a la que le suceden cosas como a todo el mundo. De pronto llegó el capítulo en donde estaba parte de la historia de mis últimos dos años. No puede ser dije, no soy yo. La chica inteligente que había caído en la trampa de una relación de toma y deja. Treinta millones de sesiones de terapia y aún no me había quedado claro el tema, hasta que lo leí con las palabras de la calle, por no decir sin Freud interfiriendo a cada rato y recordándome que todo se trataba sobre mi madre.

El tipo no sabe que quiere de su vida y a vos te parece que aparecer en ella es lo mejor que le puede ocurrir. Una cosa lleva a la otra y lo que era no comprometerse te hunde de barro hasta la cabeza. Sos la salvación pero no te das cuenta de que estás desapareciendo de tu vida, de tus cosas por una causa injusta.

De pronto el cliché ese que dice que en el amor todo es fácil y sin tantas vueltas, es sólo eso, una frase que repetís después de cada vez que él desaparece porque “sos mucho para su vida”.

Mientras tanto, intentás cambiar tu temperamento, porque sin duda alguna, para una relación buena o mala hace falta dos, entonces te subís a la cruzada de que hay que cambiar de actitud para que el otro cambie. Dar espacio, omitir reclamos y reproches, estar cuando hay que estar y si no nada, esperar que desee que estés.

 

Esperando al pintor de paisajes – Martinez Ponce

En estos momentos prepararse para ser la primera dama o acompañar en la campaña presidencial de mengano parece mucho más sencillo que todo este asuntito donde te metiste.

Pasan los meses y vos decís que lo lograste, lograste cambiar a “alguien” que ya no es tu esencia, tanto cambio y te perdiste a vos misma. Pero en el ínterin te das cuenta de que tan solo hubo una tregua en donde las cosas parecían funcionar. Nada funciona, llega el día D y el hombre vuelve a desaparecer agobiado por el peso del fantasma de  una posible  relación madura y funcional.

Las desapariciones son totalmente a favor de uno y en contra del otro. Mientras uno masculla sus propias inseguridades, vos te encontrás chupando un clavo oxidado, de pronto sin apetito ni de comida ni de diversión, la vida se vuelve un hueco interminable porque pensás que no sos suficiente. Y es cierto, nadie es suficiente.

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La puerta del oeste

Ira Block

 

Me senté tarde. Ya el sol se había escondido en el horizonte y solo quedaban estelas doradas reflejándose en el mar. Llegué tarde o temprano, aún no lo sé y aunque esperé no nos encontramos. Si vos ibas yo venía, si te acariciaba te retirabas, si te acercabas yo partía. Ridículamente habíamos nacido en puertos diferentes, y por cuestiones del azar estuvimos varados en tu puerto.

Fue la llegada de  un  tiempo incierto, sin tiempo o algo así  en el que el reloj de arena se detuvo justo antes de que cayera el último grano.

Simplemente el atardecer quedó estampado, se congeló la brisa, y nuestros ojos quedaron estáticos sin poder mirar otra cosa. Éramos un hermoso cuadro, en un portarretratos hecho de papeles de colores y caracoles recogidos de la playa.

Al Este estaba nuestro castillo de arena y piedras, no muy grande, de un solo ambiente, con penumbras y sombras difusas. Sin cajones ni lugares para esconder cosas. Tan solo un suelo mullido que nos cobijaba en la eternidad de ese atardecer.

Nunca pudimos ver las estrellas juntos, ni sufrir la tempestad de la tormenta, ni ver más allá de nosotros, ni cerrar las cortinas para no dejar entrar a los fantasmas. Ni dejar entrar a nadie, ni siquiera huir de nosotros mismos.

Un poco lejos, al Oeste, estaba la puerta a la que acudiríamos juntos algún día, cuando estuviéramos listos para dejar correr el tiempo y ajustarnos, caminar a la par, tal vez encontrar otro descanso, sin hacer trampas ni adelantarse.

Escribí mi primer y último libro en esa eternidad, apenas de una hoja en blanco, porque nunca tuve la suficiente claridad para escribir derecho o apropiado. Tan solo es que no podía dejar de mirarte.

Y la mirada tiene eso, a veces puede ser mortal, otras incandescente, enceguecedora o  embriagadora.

Tan solo un parpadeo y nos perdimos. Tal es así que di la vuelta sin mirar atrás, y al cerrar la puerta del oeste tras de mí, cayeron el último grano de arena y tu primera lágrima.

 

Ira Block

 

“Sólo tengo ojos para tí
no te das cuenta, no lo has notado
Y te quiero más de lo que hoy puedo decir
Sólo tengo ojos para tí

Sólo busco el tiempo para tí
vaya manía de estar a tu lado
y lo eterno cabe, en tu minuto enamorado
Sólo tengo ojos para tí

Te veré como siempre en el rincón
donde guardo el corazón y tan sólo vives tú
y aunque el mar pierda una orilla
y el comienzo su partida
sólo tendré ojos para tí.

Sólo tengo ojos para tí
no de das cuenta, no lo has notado
Y te quiero más de lo que hoy puedo decir
Sólo tengo ojos para tí

Te veré como siempre en el rincón
donde guardo el corazón y tan sólo vives tú
y aunque el mar pierda una orilla
y el comienzo su partida
sólo tendré ojos para tí.

Sólo tengo ojos para tí

Juan Luis Guerra

 

Ira Block


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Recuerdos del futuro

Yin Yang Asha Menghrajani

 

“Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida”.

Eso es lo que dijo Woody Allen o lo que le adjudicaron que dijo en algún momento de su vida. No está mal, a todos nos interesa el futuro. Futuro puede ser a las nueve de la noche plantearse qué va a ocurrir a las diez o de qué manera cósmica nos va a entrar el sueño a las doce, o futuro puede ser dentro de diez años, o en abril cuando les toque el pequeño stellium a los taurinos según Horangel.

Futuro en algunos puede ser esperar un rayo o algo que cambie sus vidas drásticamente. En otros futuro es esperar, en otros es tratar de cambiar, en otros es tratar de adivinar. Siempre pensé que la mejor manera de armarse de un futuro es ponerse en acción, pero mientras nos ponemos en acción por qué no consultar a ver qué onda?

Así es como luego de renegar conmigo misma y mis preconceptos fui a una nueva – para mí- tarotista. La calle decía mil y pico, calle de tierra, casa humilde. Rosita me dijo que había llegado temprano. Llegué temprano a mi futuro? Oh  My God!

Mientras mi cuadro sub realista se disfrazaba leyendo una revista Gente del  año 2008, cuando aquella chica de tapa parecía inteligente y tenía la mitad de tetas y escándalos que ahora, quise entrar a pensar algo congruente, y ahí fue cuando me hicieron pasar.

Mi futuro estaba hermosamente reflejado en un vaso de agua. Desde cuándo un vaso de agua de la calle tiene tanta información sobre mi?  Seguramente la planta potabilizadora no estaría funcionando como la gente. No crucé ni las piernas ni los brazos, eso lo tenía sumamente incorporado de visitas anteriores –hay que estar abierto no solamente de mente sino de brazos y piernas- y me dediqué a escuchar cómo entre el vaso de agua, el tarot de Marsella y el tarot de Osho se dibujaba mi porvenir.

 

Solstice Asha Menghrajani

 

Poco amor inmediato, muchos cambios, algunos viajes, dos hijos, mudanza, herencia, firma de papeles. Me pregunté si se habían puesto de acuerdo todas las tarotistas del planeta para decirme lo mismo o si sólo era coincidencia, sobre todo lo de la parte de esperar el hombre de afuera, que está ahora viajando, ocupado o prestando atención a su propia vida como para intentar encontrarme en la otra punta del planeta.

Luego de desembolsar sesenta preciosos pesos y de corroborar que Rosita tenía la agenda más cargada que yo, me marché de la misma manera que había entrado y preguntándome por qué cazo terminé perdiendo una hora de mi vida en cuestiones del azar.

 

Recuerdos del futuro Asha Menghrajani

“EL futuro es espacio,

espacio color de tierra,

color de nube,

color de agua, de aire,

espacio negro para muchos sueños,

espacio blanco para toda la nieve,

para toda la música.

Atrás quedó el amor desesperado

que no tenía sitio para un beso,

hay lugar para todos en el bosque,

en la calle, en la casa,

hay sitio subterráneo y submarino,

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Vaivén

Lit et Deux Tables de Nuit Salvador Dalí

Me senté a escribir y de pronto todo parecía una porquería. Muy empalagoso, muy autoayuda, muy personal, muy impersonal. Sería que hoy me levanté despeinada, y olvidé ofrecer esa sonrisa especial que tenía guardada para salir de casa.

Si bien el corazón estaba manso y en paz, la noche me sorprendió con una sobre actividad cerebral, mental, diabólica, mirando como la noche daba lugar a la luz del alba y se llevaba consigo las horas que podrían haber significado mi descanso.

La última copa de vino que bebí junto con mi comida “vianda a domicilio”, no alcanzó para acallar los murmullos que desde algún lugar venían fastidiosos e insistentes. Me estaría convirtiendo en la típica mujer que se acuesta con el pote de helado a llorar frente a películas románticas?

Ya no importaba cuánto escribiera, cuánto limpiara o me ocupara, o trabajara, o caminara perdiéndome entre la gente en el centro. No había lugar en el que pudiera escapar de mis propios pensamientos que no hacían más que preguntar: y ahora qué?

Por primera vez no quería huir. Eso era bueno. O no?

 

Nada de rutas anónimas y kilómetros gastados para irse lejos de uno mismo. Buen intento para otras ocasiones similares, malo para el bolsillo, inútil para el alma, sabiendo que nos persigue a todos lados y será nuestra sombra aún en la noche.

Proyectos dispersos sobre mi mesa de trabajo me daban una perspectiva distinta de hacia dónde iba. Tal vez no estaba evaluando bien la situación. Las afirmaciones que había hecho apenas en agosto, llegaron a la costa en diciembre, muchas o pocas horas, depende, pero estaban materializadas y yo ahí, viendo qué hacer con todo eso.

Si, hoy me levanté sin mi mejor sonrisa, un día gris que podría convertirse tal vez en otro color con un poquito de onda.

La noche me encontrará conmigo misma y con otra copa de buen vino, buscando el sueño reparador o al menos un turno para firmar un contrato con mi mente, uno en el que yo me comprometa a escuchar durante el día y ella a callarse por las noches.

 

El “Mirage” Salvador Dalí

 

“Tu caricia no me afecta,

yo la puedo tolerar,

sin mover una pestaña,

sin parar de controlar

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El último abrazo

El abrazo – Oleo de Enrique Chernaez

 

El entró con el ímpetu de siempre, con esa presencia y estampa hermosa, la misma estampa que otras veces había hecho de ella una furia, una pasión, un berrinche, un desconsuelo.

Su sola presencia bastaba para todo, era el tsunami que venía a batir la sangre lenta convertida asi en torrente burbujeante golpeando las paredes del corazón.

Ella tenía presencia, apenas delicada, otras veces brusca, caprichosa y delirante.

Lo vió más indefenso y pequeño, tal vez porque ahora venía desarmado, amorosamente entregado a un tiempo que ya había pasado.

Recordó el primer encuentro, cuando no había podido sostenerle la mirada, y relajada, se dejó posar sobre los ojos de él, como quien hecha a dormir una siesta en verano.

Qué triste final y que reposado, acaso era posible sentir paz en ese momento?

Si tan solo se pudiera volver el tiempo atrás pensó él. Si tan solo no hubiera sufrido tanto, pensó ella.

Pero hay veces en que el amor se transforma y tiene esa cosa maravillosa de no morir y de dejar ir. Por un segundo ella lo abrazó, con fuerza, con cariño y con la dicha de haber amado.

Las despedidas son tristes, pero cuando se amó, no puede haber otra cosa más que el abrazo en el cual se funden todos los días vividos y se firma la hoja, esa que hace un tiempo estaba en blanco, y hoy es un pétalo de rosa escondido entre los libros de una biblioteca. Un final guardado entre otros finales.

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Banquetes clandestinos

Letters 18 Carin Rehbinder

 

Una cosa lleva a la otra, y la otra a la otra. Siempre es asi, incluso cuando nos encontramos chupando un clavo o asombrados porque terminamos sentados de cola en el asfalto.

Bueno, yo terminé sentada, no en el piso, pero si repasando lo que me desvela desde que aprendí a leer y alimenté mi mente con cuentos como La Cenicienta y luego con libros de colección, entre ellos mi querido Papaíto piernas largas, todos de finales felices. Sepan entender, eran principios de los 80.

La falta de olores en la cocina y de arrumacos en el pasillo, hacía que de niñas, tuviéramos carnet de biblioteca, privilegio comparable al de tener uno de conducir hoy en dia. Y de la biblioteca, a la habitación, juntando las rodillas, y sintiendo en la punta de los dedos como corren las hojas amarillentas y ásperas del libro usado.

No lo voy a negar, los libros crecieron junto con nosotras, que si bien no leíamos ni a Cortázar ni a Borges, nos regodeábamos con historias de amor que iban incrementando ya en pasiones desatadas.

Es asi como el camino que hacíamos hacia la escuela, lo utilizábamos para recrear nuestro futuro, que no era más que un rejunte de un capitulo de un libro mas tres de otro. Mientras cruzábamos las vías del tren, recitando nuestro nombre de atrás para adelante, nos acercábamos paso a paso al destinatario de turno de nuestras ilusiones, quien obviamente ya estaba en el aula.

Pero volvamos a donde estaba sentada: arriba del romance, los tiempos del romance, y ustedes saben:  las cartas, el cortejo, la primera cita, la flor arrancada al pasar por alguna vereda…

Existe o solo es el fruto de mi mente quemada con tantos cuentos de amor y finales felices?

Y si empezamos con un instructivo para escribir cartas de amor?

Tiempo de espera  – Carin Rehbinder

 

“Para escribir cartas de amor

no es necesaria

la cautela

ni el orden

ni encontrar la perfecta esquela

tan sólo encender la lámpara

como se enciende el cuerpo del amor.

Untarse toda,

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