Tres y media

Paradox – Andrei Protsouk

Tres y diez.

Las horas no pasan. Tampoco pasa este amor librado a los minutos del destino.

Por allá, como diez minutos antes, la savia roja de los sentimientos fuían en un ir y venir de proyectos y sueños.

Tres y cuarto.

Cada cinco minutos se abre una rosa y sus espinas sangran y hacen sangrar.

Tu boca se tensa preñada de orgullo y tozudez. El orgasmo previo fue como una explosión que dejó la base llena de escombros.

Tus ojos áridos no se humedecen ante ningún sentimiento universal conocido por el hombre.

El resto de la cara solo habla de sequía, del no saber y de miserias pasadas imposibles de dejar atrás.

Tres y veinte.

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Helena, cuantos días hace?

Entre Visillos – Elia Haro Carvajal

Helena es cualquiera de por ahí, única, hermosa, mujer, resplandeciente, contradictoria.

Helena brilla y toda su casa la acompaña, devolviendo el mimo de estar en cada detalle. Se levanta con las sabanas blancas a cuestas, para sacudirlas y airearlas, haciéndoles entrar sol por donde sea, estirándolas, acariciándolas, preparando el sueño de la noche de antemano.

Helena se mira al espejo y ve siempre sus ojos y los alrededores. Como un paisaje marítimo que a veces se convierte en vertiente derramando lágrimas. Estepas, planicies, cordilleras y sierras rodean el mar de sus ojos, paisajes erosionados por un sinnúmero de emociones.

Va a la cocina y deshoja una nueva hoja de almanaque, mientras se nutre de un café bebido de a sorbos cortos,  como su vida, un sorbo tras otro, dulce, tibio, reconfortante.

Y es cuando corre las cortinas para vestir a la mesa, que todo sonríe, y el blanco del día tiñe los platos y el mantel.

El color? En su delantal.  El amor? En la mesa con distintas sonrisas y edades, conversaciones, guardapolvos, tareas, peleas, o al menos el recuerdo de todo eso, como una película en blanco y negro que se reproduce en la retina durante la hora de la siesta.

Helena se ha marchado y ha vuelto, se ha resignado y ha decidido, se ha embarcado y ha regresado a su propio puerto.

Siempre alguien la espera en silencio, alguien que no supo amar ni volver ni pedir perdón ni bajarse del caballo negro del orgullo.

Sale a la calle y sufre, porque cada tanto lo ve de lejos encorvado, triste y resignado. Se vuelve a preguntar durante apenas solo unos segundos, si ella puede hacer algo para devolverle el brillo a su vida.

Luego recuerda, no sin dolor, que todo lo dio y todo le fue pisoteado.

Helena nació para amar, pero también para ser amada.

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