Brindemos

Al momento del brindis todos nos ponemos sentimentales, utópicos y hasta exagerados. Continuemos con el ritual y hagamos un brindis cibernético por las mismas cosas utópicas de siempre y por otras más realistas.

Este fin de año quiero brindar primero por mis amigos blogueros, por mi musa inspiradora “abogado en línea” que es la artífice de que hoy tenga un blog (aparte de muchas otras cosas que me brinda), por este espacio que aún no ha aprendido a caminar por sí sólo pero espero que pueda hacerlo, por la conciencia, el despertar, estar atentos al otro, escuchar, seguir aprendiendo y creciendo.

Y sí, vamos por la utopía: brindemos por el cese de todas esas cosas que muchas veces no nos tocan pero existen y nos contaminan: la violencia, la guerra, la discriminación, el engaño, el abuso, el sometimiento, la intolerancia…

Brindemos porque lograr un estado de conciencia sea posible. Evolucionar como personas también es una opción.

Salud!

Por ahora los dejo descansar unos días… Este “irse” es con regreso.

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Irse

Cerrar la puerta. No mirar atrás. No volver. Irse.

Estos actos ocupan un lugar en la fantasía de muchas personas. Mientras que para algunos irse es sólo un acto imaginario y lleno de especulaciones, para otros es casi una realidad que puede avecinarse en cualquier momento de desborde.

Podemos contemplar una despedida, una carta, una última mirada, el vacío y la soledad de no despedirse, el portazo que indica el agotamiento. Cargaremos la mochila con nuestros elementos indispensables: los que nos permitan mantener la esencia de quiénes somos y otros que ayuden a cortar las amarras con el pasado. Sí, dejamos una mochila y nos llevamos otra.

Yo me fui alguna vez. En principio fue un acto muy poco contundente… había dejado algunas cosas desparramadas que me pertenecían. Eso hizo que tuviese que volver, que tuviese que irme varias veces más, alargando el acto definitivo de no estar.

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Soneto a mamá

Este Soneto a Mamá personalmente me parece muy bello y lejos de los temas y poemas convencionales dedicados a la madre.

Aunque Serrat deja una huella de nostalgia y de recuerdos sobre su madre, también nos ilustra de la cantidad de cosas que aprendió lejos de ella.

Es esa dualidad, ese crecer junto a una madre y luego volar fuera del hogar para seguir creciendo, lo que me gusta del tema.

En definitiva, como padres, como madre, acompañamos a nuestros hijos hasta que están listos, y si podemos, luego los dejamos ir.

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Lo que queda de la comunidad de la plaza.

Es sabido que el calor espanta a más de uno. Al parecer en verano los vecinos prefieren sacar sus sillones plásticos -entrada la tardecita- a la vereda y tratar de recibir alguna briza del este.

La misma plaza superpoblada hace apenas unas semanas, apenas si acusa la presencia de algunas palomas, una sola pareja de novios que superaron la prueba del verdadero amor, y algún caminante ocasional.

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No es igual quién anda y quién camina

Estoy llegando a la conclusión de que nuestras diferencias con la Iglesia indirectamente nos alejan de Dios. Seguramente alguien más iluminado que yo ya lo advirtiera anteriormente.

Nos enojamos con los representantes de “Dios” en la tierra y arremetemos contra todo.

Pero como “ex”, uno siempre deja una parte del corazoncito guardado por allí.

La realidad nos dicta que cada vez somos menos tolerantes a los dichos de las autoridades de la Iglesia. En este mismo espacio me he encargado de tratar de traducir algunos de los disparates que han dicho (como el caso de la muerte del limbo).

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La vida que no es cuento

Para estas fechas no es inusual ver todas las versiones del cuento de navidad, habidas y por haber, en televisión.

Entre las opciones para evitarlas podemos alquilar alguna zaga lo suficientemente larga como para ni siquiera verlas en el zapping: por ejemplo Piratas del Caribe con sus tres partes y el Making Off: fácil seis horas de entretenimiento.

Luego de corroborar que no tienen tentáculos en la barbilla y con ganas de tirarse de alguna cuerda, pensamos en el temita este del cuento…

La base del cuento es que la avaricia conduce a la soledad, al encierro y por qué no a un final de vida macabro. También incita, por supuesto, a pasar las navidades reconciliados con nosotros, nuestra familia y el mundo. Amor, amor, amor.

Pero qué pasa cuando solucionado el pecado de la avaricia uno no puede solucionar la cuestión de la reconciliación?

Los cuentitos estos, los sermones en la iglesia y los consejos del vecino siempre simplifican la cuestión: con voluntad se puede pasar la topadora a todo el pasado y empezar de nuevo como si nada hubiese ocurrido.

Por fuera opinamos, “Pero cómo es que no te hablas con tu hermano!” (Reemplacemos por padre, madre, hijo, etc, etc), sin saber en realidad si la herida existente requiere ser reparada, o en la distancia está la propia reparación.

Muchos creerán que estoy haciendo apología del distanciamiento. Pero preguntemos: se puede perdonar el abuso, la falta de cariño, la mentira, la violencia y muchas otras situaciones que hacen que muchas personas no se junten para Navidad? Otra pregunta: sólo se trata de perdonar? Creo que muchas de estas cuestiones se resuelven con la distancia porque sólo se trata de protegerse a uno mismo: terrible acto de egoísmo éste.

La vida no es un cuento de Navidad. Estas fiestas demos una vuelta de tuerca, prioricemos nuestro deseo (no estoy poseída, lo digo en serio), nuestras necesidades, la intuición que nos alerta cuando alguien realmente no nos tiene afecto. Lo importante no es estar rodeados, lo importante es estar en paz con uno mismo. Cómo se llega a ese horizonte? Y bueno, eso ya es mucho pedir.

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