Tragedy

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© Birka Wiedmaier

Metiste el dedo ahí donde tengo cosquillas, ahí donde duele, ahí donde soy feliz, ahí donde me siento insegura, ahí donde me enciendo.

Apretaste el botón desestabilizador de sentimientos, me inyectaste adrenalina, se encendieron las luces todas y empezaron a sonar mil estaciones de radio en frecuencia alterada: todas al mismo tiempo.

Una tragedia.

Recién acabo de leer por ahí que esta semana tengo que estar en silencio para escuchar a mi intuición. A la mierda con el silencio. Estoy más perdida que un satélite ruso fuera de órbita.

¡Mirá si no tenía disponibilidad de días libres para dejar de pensarte! Te fuiste y me dejaste una licencia con goce de sueldo, y con libertad horaria para no seguirte el vuelo. Mi pasaje estaba abierto, yo sólo tenía que ponerle el destino, usar la fucking tarjeta de crédito y gastarme todo a cuenta.

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De amores imposibles (cartas de amor)

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Rene Stuardo

Hola hermosa:

Te escribo un domingo de invierno, aquí sentado en un rincón del patio luego de terminar de cortar el pasto. Estoy sólo, inmerso en una soledad que cala tan hondo como el frío. Los árboles frutales y añejos me miran desnudos con tristeza y consternación. En el medio ha quedado la pileta hasta la mitad de agua, esperando que llegue el calor.

Sí, ya sé que estás pensando. Es domingo, la familia hace otras cosas en el interior de la casa, y para vos el domingo era el maldito día en el que  yo no te amaba. Qué equivocada estabas! Si hubieras sabido que era el día que más necesitaba de vos como mi eje invisible, mi sostén, mi amor. Seguramente te amé de la manera más egoísta y cobarde que pueda ofrecer un hombre.

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Miradas equidistantes

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La espera como un manjar.

Un manjar delicioso.

La cocina que se inunda de sabores exóticos.

La boca que hace agua y saliva.

El mar revuelto que ruge.

El ser que se humedece en una jungla repleta de minutos

Que faltan para que la espera deje de ser.

Seamos vos y yo mientras el sexo se despierta

Y el despertar urge.

La urgencia que no se puede tapar.

El rollo existencial de saltar los días, abreviarlos.

El deseo que parece un planeta suave, mullido y húmedo.

El apetito existencial por tocar.

La música que murmura desde el parlante.

El eco de esa música que sale por mi boca.

El susurro que penetra el alma.

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Casi que estoy bien

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Casi que te extraño, como quien extraña algo que nunca ha visto. Pero yo sí te ví: estabas de pie frente a mí, y capturé con un destello esa imagen lejana, para ponerla en un rincón del cajón de la mesa de luz, donde se guardan las partidas de nacimiento y los divorcios.

Casi que te anhelo, de una manera aggiornada, descongelada, descongelado conmigo, descongelados ambos.

Casi que deseo tu piel perfumada como si fuese el último alimento disponible para mí, casi que muero de inanición. Casi que en tu ausencia nazco y muero intermitentemente, ochenta veces al día, repitiendo la serie de números que me llevan hasta vos vía wi-fi, los que de tanto intentar borrar ya tengo memorizados. Casi que necesito un reseteo, y nacer de nuevo pero sin vos.

 

Casi que levanto un muro a lo Trump, casi que me declaro zona peligrosa, no apta para la construcción; casi que te olvido, casi que me olvido.

Casi sin querer te espero, muy en contra de la corriente, muy a pesar de mí misma, como si lo que espera fuese un ente que se ha apoderado de mí contra toda voluntad. Casi que te sigo resistiendo. Casi que estoy bien.

 

Patricia Lohin

Rendirse

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© Swee Oh

 

El camino rural termina siendo una alfombra de tierra por donde mis pies corren. Corro para que no se pare el mundo. Corro para curarme, aunque a veces no sé bien cuáles son mis heridas. Corro hacia, corro desde.

Mientras las pisadas se suceden veo venir a un hombre caminando. Se me antoja que cuando me lo cruce le preguntaré “¿Qué es rendirse?”

No sé. O sí sé. Lo que no estoy segura es de si él tiene la respuesta, porque para el caso sigue avanzando, igual que yo.

Nunca disparo la pregunta, pero tampoco me olvido de la escena. Busco alguien que justifique el por qué no he de rendirme, cuando seguir es tan cansador.

Necesito parar y descansar. Que el dolor se mitigue, que la vida sea por un momento como esas tardes de otoño en las que no hace ni frío ni calor, y el viento es apenas un vals que se cuela por las hojas a punto de caer moviéndolas imperceptiblemente. Todo me parece parado, estacionado, congelado, pero a pesar de toda esa muerte temporal, todo me parece hermoso.

¿Qué es rendirse?

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No sé si fue para tan poco.

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No sé si fue para tanto.

Me paré de la silla y fui directo a besarte.

Odio esos preámbulos que se hacen eternamente prolongados, tanto que son dignos de cualquier saga de película taquillera.

Es el momento en que la mirada implora para que el gol sea de media cancha, o para no ser rechazados, o alguna de esas verduras en donde parece que uno gana y el otro pierde. Sea como fuere, el fardo me quedó a mí que resolví la cuestión por muerte súbita.

Tampoco sé si fue para tan poco.

Es decir: el beso estuvo lindo, fue uno de esos sucesos que te shockean, donde lo primero que pensás es en que podrías dedicarte a eso por siempre:  “quiero besarte siempre, always, forever”, casi como el slogan de una publicidad de manteca de cacao. Una pelotudez ambiental que se cruza por la mente como si fuera un mosquito que transmite dengue.

Veamos:

¿Cuánto dura un primer beso promedio? ¿Un minuto? ¿Dos? ¿Veinte segundos?

En tal caso ese tiempo es suficiente para redactar cualquier guión de película. Y película posta: una que tenga misterio, suspenso, romance, pasión, drama, comedia. Los otros rubros dejémoslo de lado, que nadie quiere un dramón policial y menos una de terror en el primer encuentro.

Seguramente en ese intercambio iniciático, que ahora me pinta más al Bing Bang que a un simple beso, nacen más cuestiones de las que suponemos. Y ojo, que puede ser el nacimiento de algo que perezca en el mismo microsegundo en el que finalizó el beso: ese momento en el que tu boca se separó de la mía con la convicción acérrima de que tal cosa no es vital para la supervivencia de tu especie o de la mía, y se puede vivir sin ello feliz y livianamente.

Ahí es donde el cartel de neón del hotelucho que está frente a la comisaría se enciende diciendo “No era para tanto.”

Pero, volvimos a insistir.

Y el beso se repitió en algunos momentos esporádicos y oportunos, aunque sin darle tanta trascendencia.

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“Estoy hecha de sangre.”

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© Ricardo lúcidos

“Creías saber tanto de mí, pero olvidaste lo esencial: no estoy hecho de frases, sino de sangre.” Carlos Skliar

Mucho se dice sobre la gente que escribe.

Que te vas a enamorar de mí o de mis palabras -mentira, si hay una frase pelotuda y que circula por las redes es esa que empieza con que un escritor o una escritora pueden enamorarte-, que escribimos para curarnos las heridas, que las palabras salen del chakra cardíaco o de las venas, que son ríos que desembocan sobre un renglón o pasos que se dan tipeando un teclado. Que es terapéutico, sanador, canalizador, herramienta de autoconocimiento.

Yo puedo decir que escribir fue mi condena.

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