Si supieras

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Si vos supieras el miedo que arrastro, los sueños atesorados en una mochila rosa con dibujos desteñidos, el anillo olvidado envuelto en un pañuelo blanco con un borde de crochet tejido por mi abuela, la rosa desecada y comprimida dentro de un libro de tapa dura, la primer carta manuscrita del padre de mis hijos, un proyecto para abrir un barcito con música de jazz y mesitas redondas con luces tenues, carillones que suenan en el balcón para hacerme compañía durante la noche, el corazón resguardado en el cajón de los cubiertos, una lista interminable de amores platónicos, demasiados lunares, un cobertor rojo carmín, pelos del perro acumulados debajo del sofá, una colección de películas vintage en dvd, la décima carta a papá noel antes de rendirme, un frasco con pocos caramelos, el agotamiento extremo de lo que siempre está por llegar, miles de fines de semana en soledad, una ciudad amurallada donde guardo mis problemas, un doble fondo en el mueble del lavadero con las fantasías inconfesables, manos con manchitas que parecen más viejas que mi rostro, mi primer can enterrado bajo la sombra de un árbol en el patio, telas de araña en el rincón de una pared, el temor de haberlo hecho todo mal, un camino que ya tiene menos recorrido hacia adelante que por detrás, demasiado pasado para tan poco presente, dudosos gustos musicales, la recalcitrante soledad que corroe cada vez más, los enemigos que viven debajo de mi cama, una herencia que consta de dos juegos de sábanas y algunas toallas que claman por reemplazo, ganas de todo y ganas de tan poco, un baúl lleno de inseguridades, noches en las que ya no sé cómo ponerme para dormir, una pierna que arrastro junto con penas, dolor crónico, un globo terráqueo con las coordenadas de miles de destinos que no son para mí.

Si vos supieras que soy una oración sin punto final, sin recorrido estipulado, a punto de convertirse en poema, novela de ficción, relato de terror o divagación existencial sin sentido, no me estarías mirando así.

Patricia Lohin

Imagen: Jean-Paul Belmondo and Jean Seberg in À bout de souffle (1960)

#patricialohin #escritos #escritora #oración #amor #mirada

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Olvido

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Te escribo una vez más

por enésima vez

por millonésima vez

y no creas que

me canso

de escribirte tanto

aunque venga haciéndolo

desde antes de nacer

y antes de morir la vez anterior

de la vez anterior

de todas estas vidas

que vamos viviendo

codo contra codo,

pecho contra pecho,

resistiendo los embates

de mil desencuentros.

Es evidente

que no nos pondremos de acuerdo

en el amar

y en el despertar,

en el recordar

y en el acordar,

o en alguna otra cosa

existencial y terrenal,

que sume dos o cuatro

o doscientos setenta y dos

que no son pasos

sino millas

multiplicadas por años luz

que es lo que me está llevando

este olvido,

este amor.

Me conformaré

con escribir

esta historia

con los dedos

en el mismo cielo

que te vio volar.

Patricia Lohin

Imagen Tumblr

#poesía #escritos #escritora #pasos #amor #blog

 

Luna en Tauro

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Comer algo rico.
Beber.
Comer postre. 
Irse a dormir.
Que la cama arrulle.
Que el sueño cobije.
Dormir toda la noche.
Que venga la mañana,
con el café caliente
y espuma flotando
del borde de la taza
al labio superior de mi boca.
La ducha tibia
y burbujas de jabón
que se escapan del baño.
El sol que ilumina
al salir a la calle,
no tener que pedir verdades,
ni besos, o ayuda,
no suplicar clemencia.
Que de tu boca
no surja el viento,
que se crucen de calle
los estafadores,
que se queden sin oportunidades
los ventajeros,
que tu alma esté tibia,
y el abrazo sea completo.
Terminar enero
y vivir para contarlo.
Comer algo rico,
reír,
y dormir con tu respiración
en mi espalda.
Patricia Lohin
#patricialohin #escritos #escritora #poesía
Foto by Deda Flickr

Café

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Te llamé. Atendiste. Esperaba el desprecio. Sin embargo aceptaste un café.

Fui en modo de apachuchada, pero nunca me hice la víctima. Junté todas las mierdas en una bolsa de consorcio verde y te las planté, ahí, sobre la misma mesa cuadrada de madera de la cafetería de la esquina, donde nos encontramos por primera vez.

Me escuchaste con los mismos ojos bondadosos de siempre. Aunque me miraste con una expresión nueva y desapegada. No pude adivinar tus pensamientos ni sentires. Yo ni siquiera estaba compungida, arrepentida o mortificada. Tampoco podía tirar culpas a nadie más. Quise ser lo más objetiva posible.

No me salieron las disculpas. Tan sólo te mostré de una, que no habías estado conmigo, sino con un holograma de alguien parecido, uno de esos adaptadores que vienen para enchufarlo todo, pero ahora, frente a vos, era yo: una mina insegura, con errores a granel, con inseguridades varias, a la que le gusta caminar bajo la lluvia -eso lo sabés, porque me besaste bajo la lluvia un sábado en el patio de tu edificio-, y la que tenía un pasado sin resolver.

 

Ya sé. Cuando alguien se presenta en tu vida y dice “pasado sin resolver”, el resto de la humanidad debería de salir corriendo. Debería de existir una chapa o un cartel que dijese: “Inviable emocionalmente”, “Cagado emocionalmente”, “En reparación” o algo así.

Dijiste que ambos habíamos pasado por muchas cosas. Que yo merecía más.

Tan sólo quise sanar mis viejas heridas con caricias nuevas. No sé si alguna vez se termina de resolver el pasado. Tal vez no, tal vez sólo se acepta. Tal vez haya que colgarlo en el cordel de la ropa, junto a la pared, como una media vieja y agujereada. Dejar que la lluvia, el frío y el viento lo desintegren, con y sin violencia, con y sin piedad.

Después de todo, gracias a esa media moribunda, gracias al broche que la sostiene, pudimos tomar ese café.

Gracias por la cuenta, yo pago.

 

Patricia Lohin

 

Imagen: DuRall Photography

Simulacro

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Leí por ahí que enero no cuenta. Podemos tomar el mes gratis y de prueba, como con Netflix. Enero es el simulacro.
Simulacro de incendio, simulacro de tsunami, simulacro de qué haríamos si se acaba el mundo. En la primer semana me tocó el simulacro de incendio.
Al instante en que se prendía fuego el sector oeste de mi azotea, me di cuenta de que no había atendido a las señales.
Cuando el señor de los matafuegos vino, y colgó el aparatejo en la pared, sobre un hermoso recuadro blanco y rojo, dijo algo Algo del tipo “instrucciones para apagar el incendio”.
Me saqué un dos en la prueba. De más está decir, me perdí la charla explicativa de cómo se usa un matafuegos, y cuando quise accionarlo estaba trabado y yo obnubilada.
El dos me lo pusieron porque gracias a mi fuerza bruta, pude accionarlo rompiendo el precinto, para cuando el fuego se apagó ya lo había consumido todo menos la losa.
La segunda semana me tocó simulacro de inundación. Dios santo, ¿de dónde viene tanto agua? El lugar elegido para cobijarme era el mismo lugar que se me había prendido fuego la semana anterior: la azotea. Ahí me acosté panza arriba sobre las cenizas, a esperar que la evaporación, la permeabilidad de la tierra y otros menesteres que desconozco hicieran lo suyo. Aún no fui a retirar la nota.

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Vacaciones

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Nunca entendí por qué enero es tan largo. Desde que tengo uso de razón, enero es un mes por demás extendible, las horas parecen multiplicarse dentro del día que estaría sobrando para todo.
Y no es que quiera asesinarlo, ni apagarlo, ni defenestrarlo.
Aquí estoy, en algún lugar del país, en donde las sierras se extienden frente a la cabaña de alquiler con dos pisos totalmente amueblada. Lejos de ser sierras desapegadas entre sí, son como un cordón sin picos, una uniformidad que asusta. Algo está unido en la naturaleza. Esta semana nos tocó luna llena, y por la noche dejamos la ventana abierta, permitiendo que se vea desde la cama esa bola grande, inmensa y plateada besar el lomo de las sierras; mientras vos besás mi espalda
Miro a mi hombre que se ha afeitado, y parece un niño. Jugamos a que no nos conocemos, y luego de un rato tomamos el desayuno con un café lleno de azúcar y unas ensaimadas de manteca. Habrá tiempo luego para cuidarse.
La mejor noticia la trajo el diario. Dice la segunda página que los primeros labios que hayas besado para año nuevo, se quedarán con vos el resto del año. Menos mal que me besaste, y lo volviste a hacer luego. Menos mal que te dejé disfrutarme, y me permití disfrutarte.
Salis a correr por el sendero que baja hacia un arroyito, un hilo de agua con nombre de fruta fresca y dulce; sabiendo que yo necesito más café y silencio para arrancar mi día.
Mientras, yo me dedico a hidratar mi cuerpo en la pileta desierta y a dibujar tu sombra con palabras hilvanadas con hilos dorados. La hora del almuerzo tardío llegará más tarde, con esa misma lentitud que tiene enero para manifestarse.
Nunca entendí por qué enero es tan largo. Tal vez para inmortalizar estos momentos, para que el primer beso del año dure todo el año, para que pueda ver tu cara de niño detrás de tu rostro recién afeitado.
Patricia Lohin
#patricialohin #blog #vacaciones #amor #enero #relatos
Foto: Cristina Venedict

Lluvia

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“Domingo, tarde.

Qué hago mirando la lluvia

si no llueve.”

Karmelo Iribarren

 

Si tu amante sale caminando

en medio de esta tormenta

de lluvia y viento,

en donde las gotas castigan el lomo,

y mientras esto acontece,

avanza con los ojos entrecerrados

hacia la puerta de tu casa,

toca el timbre,

y se te aparece mojado

hasta el alma, hasta los huesos.

No confundas

su ímpetu querida mariposa,

no confundas su camino

con el tuyo.

Sólo quiere llegar y cobijarse,

llegar y vaciarse,

no sin antes sacarse la ropa,

dejarla en la puerta de entrada,

y mientras te mira con ojos de verdugo

asesinar a puñaladas

el nacimiento de tu deseo,

entrecortar tu respiración

y hacer que te rindas

desnuda

sobre el tapete redondo

del líving.

Luego se secará con una toalla,

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